Cristiano Ronaldo ha demostrado durante más de veinte años de carrera cómo se lidera un equipo marcando goles. Ahora tenía la oportunidad de demostrar cómo se ayuda cuando le toca marcarlos a otro, pero no sabe o no puede. Su decisión de dejar la concentración de Portugal este miércoles deja una imagen difícil de conciliar con el compromiso colectivo que se espera de un capitán. Un futbolista o deportista puede seguir siendo útil sin aparecer en la alineación, sin salir en la fotografía y sin sumar un solo minuto. Y más Cristiano, un ser motivador por naturaleza al grupo que le rodea.
Cristiano abandonó por decisión propia la concentración de Portugal en Copenhague este miércoles, antes del partido contra Dinamarca, pero su comunicado no anunció una retirada definitiva. La salida llegó después de quedarse sin jugar en la victoria ante Noruega y de una conversación con el presidente de la federación, Pedro Proença. Prometió explicar sus motivos más adelante. Jorge Jesus, por su parte, había reconocido el error de mandarlo a calentar cuando no tenía previsto utilizarlo. Esa gestión quizás merece una crítica por cierta torpeza sabiendo qué tipo de jugador es, pero tampoco es como para tomar la marcha del capitán como una respuesta ejemplar.
También se ayuda desde el banquillo
Una semana antes, Cristiano había dicho que estaba disponible para «jugar, salir, entrar o no jugar» y que se marcharía cuando dejara de sentirse útil. Son dos afirmaciones que pueden contradecirse y que dejan lugar a dudas. La utilidad de un jugador también está en entrenarse con exigencia, acompañar a quien ocupa su puesto y aceptar una decisión que le disgusta. Su salida invita a pensar que, en su caso, esa disposición a asumir un papel secundario tenía menos recorrido del que anunciaban sus palabras. Es así, para bien y para mal.
El fútbol está lleno de terceros porteros que preparan un campeonato entero sabiendo que probablemente no jugarán. También de futbolistas que ocupan el puesto dieciocho en las preferencias del entrenador y resultan importantes porque compiten en cada entrenamiento, sostienen a un compañero o están preparados cuando llega su oportunidad. Su trabajo tiene valor aunque apenas figure en las estadísticas. Para todos ellos, marcharse al perder protagonismo difícilmente puede ser una enseñanza de liderazgo. Y, lo más importante, ese tipo de historias son inspiradoras para la sociedad. Nadie puede tirar la toalla cuando no ocupa un rol (aparentemente) principal. Todo el mundo es útil desde su lugar.
Los minutos de Modric y los 979 de Cristiano
El martes, un día antes de la marcha de Cristiano Ronaldo, su excompañero Luka Modric empezó en el banquillo ante España y entró en el minuto 81, con Croacia perdiendo 3-1. Su seleccionador había preferido administrar sus minutos, sabiendo que es alguien con seis Champions League a sus espaldas y que está considerado como el mejor futbolista en la historia de su país, y de los mejores de la historia del fútbol. Por ego (y por dinero), Modric también podía haber cogido un avión privado desde Sevilla de vuelta a casa. Pero es otro carácter y él sí valora que su importancia no había desaparecido durante los ochenta minutos anteriores.
Sería absurdo separar la carrera de Cristiano de ese impulso por jugar siempre, marcar siempre y superar al siguiente. A sus 41 años suma 979 goles entre clubes y selección, 146 de ellos con Portugal, y sigue persiguiendo los mil. Esa ambición explica buena parte de una trayectoria extraordinaria. También ayuda a entender la dificultad que muestra cuando debe ceder espacio: el carácter que le ha permitido prolongar su carrera parece resistirse a aceptar que todavía puede aportar desde otro lugar.
Cristiano tiene derecho a elegir cuándo terminar y a querer despedirse en lo más alto. Pero, mientras forme parte de una selección, comparte con sus compañeros la obligación de aceptar que el entrenador puede elegir a otros. En este episodio cuesta encontrar al gregario, al veterano que utiliza su autoridad para facilitar el relevo. Para el joven que casi nunca es titular, el ejemplo más valioso está en quien sigue trabajando cuando descubre su nombre entre los suplentes.
