Aleksander Ceferin fija distancia con la multipropiedad y respalda la inversión en el fútbol
Juan José Saldaña
abril 27, 2026

Aleksander Ceferin volvió a situarse en el centro del debate sobre el futuro del fútbol europeo con un mensaje tan directo como calculado. En un momento en que el negocio del deporte empuja hacia estructuras cada vez más complejas, el presidente de la UEFA marcó una línea clara entre dos modelos que hoy condicionan el presente y el futuro del juego: la multipropiedad y la entrada de capital externo. Lo hizo en The Forum, el encuentro impulsado por Atlético de Madrid y Apollo Sports Capital en el Riyadh Air Metropolitano, donde dejó una de las posturas más nítidas de los últimos años sobre la tensión entre crecimiento económico e integridad competitiva.

Su diagnóstico parte de una realidad incómoda: el fútbol necesita más recursos, pero no cualquier fórmula sirve para sostenerlo. Ceferin entiende que el ecosistema actual obliga a buscar nuevas vías de financiación en un calendario sobrecargado, con clubes que exigen más ingresos para sostener salarios, estructuras y competitividad. Pero también advierte que esa necesidad no puede diluir la credibilidad del juego. En ese equilibrio —entre la urgencia financiera y la confianza pública— se mueve hoy una industria que genera más dinero que nunca, pero que también enfrenta preguntas cada vez más profundas sobre sus límites.

La multipropiedad como amenaza a la credibilidad del juego

La crítica de Ceferin a los grupos multipropiedad no fue retórica ni decorativa. Fue una advertencia directa sobre uno de los modelos de expansión más agresivos del fútbol contemporáneo. Su preocupación no pasa únicamente por la concentración de poder, sino por el daño que ese esquema puede causar en la percepción pública del deporte. Para el presidente de la UEFA, permitir que una misma estructura controle varios clubes que compiten en torneos europeos erosiona el principio más sensible del fútbol: la confianza en que cada partido se juega en igualdad de condiciones y sin intereses cruzados.

La objeción de fondo no es jurídica, sino moral. Ceferin entiende que el fútbol puede sobrevivir a muchos cambios, pero no a la sospecha. Si un mismo propietario controla dos, tres o incluso cinco clubes con presencia en competiciones continentales, el problema deja de ser empresarial y se convierte en institucional. El riesgo no es solo la posible influencia sobre resultados o decisiones deportivas, sino la percepción de que el sistema puede ser manipulado. En un deporte cuya legitimidad depende tanto de lo que ocurre como de lo que la gente cree que ocurre, esa duda es demasiado costosa.

Capital calendario y el nuevo equilibrio del fútbol

Donde Ceferin sí abrió la puerta fue en la entrada de fondos de inversión, una postura que revela hasta qué punto el fútbol europeo ha asumido que el capital privado ya no es una posibilidad futura, sino una pieza activa del presente. Su argumento fue pragmático: si el fútbol no acepta ese dinero, ese dinero irá a otra parte. No hay romanticismo en esa visión, pero sí una lectura realista del mercado. En un ecosistema donde los clubes necesitan más partidos para sostener su estructura y donde las ligas se resisten a reducir volumen por tradición o conveniencia, el capital externo aparece menos como una amenaza que como una herramienta.

Esa lógica también se extiende a otros frentes que Ceferin considera estratégicos, como el fútbol femenino, al que definió no como un gasto, sino como una inversión. La frase resume bien su visión del momento: asumir pérdidas hoy para construir sostenibilidad mañana. La misma lógica explica el interés creciente de fondos como Apollo, CVC, Ares o Sixth Street en activos vinculados al fútbol europeo, desde derechos televisivos hasta estructuras comerciales. El mensaje de Ceferin no fue una defensa irrestricta del dinero, sino una toma de posición sobre cómo y dónde debe entrar: no en el corazón competitivo del juego, pero sí en las áreas que permitan sostenerlo sin alterar su credibilidad.