La FIFA ha dado un paso de alcance estructural en el fútbol femenino al aprobar una normativa que obligará a todos los equipos participantes en sus torneos femeninos a contar con una mujer como entrenadora principal y/o al menos una asistente, además de garantizar la presencia de una mujer en el personal médico y de al menos dos oficiales femeninas en el banquillo. La medida, ratificada por el Consejo de la FIFA el jueves, se aplicará desde este año en el Mundial sub-20 de Polonia, después en el Mundial sub-17 y en la Copa de Campeones Femenina de la FIFA 2027, y alcanzará también al Mundial de 2027 en Brasil.
La decisión no necesita presentarse como un gesto simbólico para tener valor. Su alcance real está en que puede acelerar la profesionalización del fútbol femenino, abrir más espacio a entrenadoras que ya están preparadas y obligar a las federaciones a dejar de posponer un cambio que, en muchos casos, seguía dependiendo más de la voluntad interna que de una exigencia competitiva. Emma Hayes, seleccionadora de Estados Unidos, la definió en declaraciones a ‘USA Today Sports’ como “un gran avance para el fútbol femenino” y añadió que conoce a “muchas entrenadoras dentro del fútbol femenino que merecen la oportunidad de liderar o de formar parte de un cuerpo técnico de alto nivel”.
«No disponemos de suficientes entrenadoras»
La nueva regulación llega, además, en un momento en el que el crecimiento del fútbol femenino no se ha traducido todavía con la misma intensidad en los banquillos. En el Mundial de 2023, solo 12 de las 32 selecciones estuvieron dirigidas por una mujer, una proporción que sigue mostrando la distancia entre la expansión del juego y la ocupación real de puestos técnicos y de liderazgo. La directora general de fútbol de la FIFA, Jill Ellis, lo resumió con claridad al presentar la medida: “Hoy en día no disponemos de suficientes entrenadoras. Debemos redoblar esfuerzos para potenciar el cambio y crear estructuras claras, ampliar las oportunidades e incrementar la visibilidad de las mujeres en los banquillos”.
En ese escenario, la norma puede servir también para dar visibilidad y recorrido a mujeres que ya reúnen formación, experiencia y conocimiento del alto nivel. El caso de España encaja bien en esa lectura. Sonia Bermúdez, exjugadora internacional y ahora seleccionadora absoluta, representa uno de esos perfiles que ya han recorrido una parte importante del camino competitivo y formativo antes de asumir el máximo cargo en una selección. La medida de la FIFA no crea de la nada a esas entrenadoras, pero sí puede obligar a las federaciones a mirar con más decisión hacia una base que en muchos países ya existe y está preparada para ocupar más espacio.
España o Inglaterra parten con más estructura que otras federaciones
Esa posibilidad, sin embargo, no se reparte de manera uniforme. Habrá selecciones con más facilidad para adaptarse porque llevan años construyendo una estructura más sólida, con ligas domésticas más desarrolladas, mayor volumen de exjugadoras y un ecosistema formativo más amplio. España entra en ese grupo, e Inglaterra también, con un recorrido más avanzado en la consolidación de su fútbol femenino y con referentes visibles en los banquillos, empezando por Sarina Wiegman. A su alrededor han ido apareciendo además otros nombres ingleses en el panorama internacional, como Gemma Grainger en Noruega, Casey Stoney en Canadá o Carla Ward en la República de Irlanda.
Australia ofrece otro ejemplo útil para medir el punto de partida de algunas federaciones. La selección dirigida por Joe Montemurro ya cuenta con Emily Husband como asistente y con Leanne Hall dentro del cuerpo técnico, una composición que encaja con bastante naturalidad en el nuevo marco aprobado por la FIFA. Pero también ha visto salir al extranjero a varias de sus entrenadoras más destacadas, como Leah Blayney, ahora en Japón, Melissa Andreatta al frente de Escocia o Tanya Oxtoby en Inglaterra, lo que refleja que incluso los ecosistemas más avanzados aún tienen margen para consolidar esa base profesional dentro del propio país.
Las becas y la mentoría serán más decisivas en los países con menos tradición
Ahí es donde la segunda parte del plan de la FIFA cobra un peso especial. La obligación reglamentaria va acompañada de programas de mentoría, becas de formación y estructuras de desarrollo para entrenadoras, una inversión que no tiene el mismo significado en todos los contextos. Para una federación potente, con liga consolidada y más cantera técnica, esos recursos pueden servir para ampliar y perfeccionar el recorrido existente. Para un país pequeño o con menos tradición, menos licencias y menor volumen de jugadoras y entrenadoras, esas ayudas pueden ser directamente la vía que permita generar perfiles cualificados y sostener el cambio que ahora exige la norma.
Desde 2021, la FIFA ha apoyado a 795 entrenadoras de 73 federaciones con su programa de becas de formación, mientras que su programa de mentores para entrenadoras de élite y otras líneas de desarrollo buscan ampliar esa red en distintos continentes. La propia Ellis vinculó la decisión del jueves con esa estrategia a largo plazo al señalar que “los nuevos reglamentos de la FIFA, junto con los programas de desarrollo específicos, suponen una inversión importante en el presente y futuro de las entrenadoras”. El nuevo marco empezará a aplicarse en Polonia este mismo año, pero su verdadera dimensión se medirá también en qué federaciones llegan a Brasil 2027 con más mujeres en el banquillo por convicción estructural y no solo por obligación reglamentaria.
