El Mundial 2026 no solo está midiendo la pasión de los aficionados, sino también su capacidad económica. La primera Copa del Mundo con 48 selecciones, repartida entre Estados Unidos, México y Canadá, ha convertido el seguimiento de un equipo en una operación financiera que puede incluir entradas dinámicas, vuelos internos, noches de hotel, alquileres, reventas, tarjetas de crédito, renuncias personales y decisiones familiares. Para muchos seguidores, ir al Mundial supone retrasar decisiones importantes de su vida para poder ver a su selección. Para algunos será una locura; para otros, el sueño de toda una vida. Lo que sí parece claro es que pagar ciertas cantidades por un partido de la Copa del Mundo ya supera lo habitual y convierte la experiencia en un privilegio para muchos, y en un sacrificio enorme para otros.
El caso extremo lo representa Sebastian Reader, un aficionado inglés de 28 años que, en una entrevista con Reuters desde Dallas, explicó que llegó a Estados Unidos con un presupuesto de unas 30.000 libras, alrededor de 40.000 dólares, para seguir a Inglaterra durante el torneo. Su plan no consiste en ir a un partido, sino en acompañar a la selección por distintas sedes, asumir más de 12.000 dólares solo en entradas y retrasar decisiones personales como comprar una vivienda. “Siempre ha sido un sueño ver a Inglaterra en un gran torneo, especialmente el Mundial”, dijo Reader, que volvió a vivir en casa de sus padres para ahorrar y resumió el viaje como “la mayor experiencia” de su vida: “En mi cabeza, es una gran inversión”.
La entrada barata también exige renuncias
En el otro extremo aparece Worchihan Zingkhai, un profesor y creador de contenido de India cuya historia fue contada en primera persona por Business Insider. Quería ver a Portugal, Inglaterra o Argentina, pero terminó comprando dos entradas de 140 dólares para un Chequia-Sudáfrica porque los partidos más atractivos quedaban fuera de su presupuesto. En su relato, explicó que tuvo que elegir “el partido que podía pagar” y no el que había imaginado al planear su primer viaje mundialista. Para poder hacer este viaje, aplazó además la compra de un portátil de más de 2.000 dólares.
El patrón se repite en perfiles muy distintos. Rory Phillips-Hunter, aficionado escocés de 37 años, contó en el mismo medio que llegó a usar tarjeta de crédito, cambiar de coche y reorganizar todo el viaje para poder seguir a Escocia. Su salario anual ronda las 33.000 libras, alrededor de 44.000 dólares, y una estancia en Boston para dos podía irse hasta unos 8.000 dólares, por lo que terminó buscando alternativas en Providence. “Ir a Estados Unidos es caro”, explicó, antes de encontrar en un grupo de WhatsApp de aficionados escoceses una forma de abaratar alojamiento y transporte.
Seguir a una selección o pagar una experiencia
El caso de Houssam Jeboni muestra el coste desde una economía muy distinta. Según The Guardian, el pescadero marroquí de 33 años calculó unos 6.000 dólares para seguir a Marruecos durante la fase de grupos, desde Nueva Jersey hasta Foxborough y Atlanta, antes de regresar a su país vía Miami. En ese mismo reportaje, otro aficionado marroquí resumió el sentimiento que justifica el gasto: “Ver a mi equipo no tiene precio”. La cifra de Jeboni queda muy cerca del salario medio anual de Marruecos, estimado en torno a 7.400 dólares.
El Mundial también ha creado una frontera entre seguir a una selección y comprar una experiencia puntual. Oli Lee, productor musical de Kent residente en Los Ángeles, contó a The Guardian que pagó 800 dólares por una entrada para ver Inglaterra-Croacia en Dallas. “Nunca había estado en un partido de un Mundial, así que pensé que era algo que no podía perderme”, explicó. En la misma pieza, Lee Williams, aficionado del sur de Londres, describió una ruta por Los Ángeles, México y Dallas con un coste difícil de asumir: “El coste es astronómico; me ha dado miedo mirar mi cuenta bancaria por las mañanas”. Su conclusión fue directa: “Vuelvo a casa a trabajar para pagar lo que me he gastado aquí”.
El Mundial y un evento para ricos
La paradoja es que el Mundial caro no afecta solo a quienes cruzan océanos. En una serie de testimonios de aficionados publicada por The Guardian antes del torneo, un residente de Atlanta calculó que llevar a su mujer y a sus dos hijos a un partido de fase de grupos podía costarle unos 2.000 dólares. “Me emociona mucho menos que en 1994, cuando el Mundial se celebró en Estados Unidos”, explicó. “Ahora parece un evento para ricos”. Daniel Maldonado, en México, apareció en una crónica en directo de Associated Press fuera del Estadio Azteca, con camiseta y bandera, entre los aficionados que no podían pagar una entrada pero querían sentirse parte del torneo desde la calle.
El precio no ha sido el único problema. Bina Ramroop compró entradas de 485 dólares en StubHub para llevar a su nieto al España-Cabo Verde en Atlanta, pero los tickets no se transfirieron a la aplicación de la Federación Internacional de Fútbol Asociación -FIFA- y acabaron fuera del estadio. “No quería un reembolso, no quería que me devolvieran el dinero”, contó a Associated Press. “Quería ir al partido”.
La reventa y el riesgo de quedarse fuera
El problema se repitió con otros compradores. Jeroen Boersma viajó de Denver a Dallas y descubrió que sus entradas de StubHub habían sido canceladas a última hora, lo que le obligó a recomprar por más del doble, según Business Insider. En esa misma investigación, un corredor de entradas de Florida resumió el fallo en que “ofrecer solo un reembolso es mala praxis”. La explicación apunta a las llamadas entradas fantasma, ventas de reventa que no siempre garantizan que el vendedor tenga realmente el billete cuando lo anuncia.
El resultado es un Mundial que agranda la distancia entre la promesa global del fútbol y la experiencia real de quienes intentan vivirlo en directo. Tomonori Akutsu, veterano japonés de seis Mundiales consecutivos, dijo a Associated Press que, si hubiera sabido lo caro que sería este torneo, quizá se habría replanteado asistir. Su impresión fue todavía más severa: “Esto es América, el capitalismo definitivo”. Su caso muestra que el problema no afecta únicamente a aficionados ocasionales o a países con menor renta, sino también a seguidores acostumbrados a viajar por el fútbol y a asumir los costes de una Copa del Mundo.
El Mundial 2026 ha llevado al límite una tendencia que venía creciendo: el fútbol como evento turístico, premium y cada vez más condicionado por el poder adquisitivo. La Copa del Mundo sigue siendo una celebración global, pero para muchos aficionados el primer rival ya no está en el césped, sino en el precio.
