El Mundial FIFA que retrata a la sociedad del «para ya»
Víctor García
junio 23, 2026

Siempre se dice que el fútbol es el deporte más imprevisible del mundo, quizás por ser el más popular (porque, desde luego, no es único). Y pocas veces se reflexiona acerca de que el fútbol es el deporte que mejor refleja cómo somos… Pocas cosas describen mejor a la sociedad actual que la velocidad con la que cambiamos de opinión y esta Copa del Mundo de FIFA lo demuestra.

No hay que realizar un análisis sesudo para llegar a esa conclusión, simplemente tomar los resultados. Alemania es uno de los mejores ejemplos de este Mundial. Empezó con una goleada rotunda por 7-1 frente a Curazao, un resultado que disparó la sensación de superioridad y colocó de inmediato a la selección alemana entre las grandes favoritas. Pero el siguiente partido ya cambió el tono. Alemania ganó 2-1 a Costa de Marfil, sí, pero lo hizo después de sufrir mucho más de lo esperado y en el descuento. De repente, el 7-1 ya no era una declaración incontestable. Era un resultado que necesitaba contexto. Alemania seguía siendo la misma. Sus futbolistas también. Lo único que había cambiado era la percepción.

España ha vivido una montaña rusa parecida. El empate sin goles frente a Cabo Verde provocó nerviosismo entre parte de la prensa y de la afición. Surgieron dudas sobre el nivel del equipo, sobre la falta de gol y sobre la capacidad real de llegar lejos en el torneo. Apenas cinco días después, el 4-0 frente a Arabia Saudí cambió el ambiente. La selección que parecía atascada volvió a respirar. La victoria pareció resolver todos los interrogantes y modificó por completo el estado de ánimo alrededor del equipo.

Brasil también ha transitado ese camino en cuestión de días. El empate 1-1 frente a Marruecos dejó sensaciones frías y abrió un debate sobre si la selección brasileña estaba realmente preparada para aspirar al título. Después llegó el 3-0 frente a Haití y muchas de aquellas dudas parecieron desaparecer tan rápido como habían aparecido. Como si un solo resultado pudiera borrar todo lo anterior.

¿Cómo se puede decir ya el Mundial de Messi?

Argentina, en cambio, ha alimentado el optimismo por acumulación. Primero ganó 3-0 a Argelia, con una actuación que reforzó la confianza en la vigente campeona del mundo. Después superó 2-0 a Austria, con dos goles de Lionel Messi, que volvió a ocupar el centro emocional y futbolístico del Mundial. Argentina no sólo gana: transmite la sensación de que cada partido suyo puede convertirse en un nuevo capítulo de una historia más grande. Hay quien dice ya que es el Mundial de Messi… ¡Con sólo dos partidos jugados! Sabiendo cómo funciona el aficionado medio, parece una burbuja porque el entusiasmo, cuando se acelera demasiado, también puede deformar el análisis. Seguramente, en el país de Scaloni, haya también quien se tome con más mesura estos resultados y no eleve tanto las expectativas… Pero eso es una inmensa minoría, como quien no se preocupó en España por el empate ante Cabo Verde o quien no se lo creyó en Alemania por golear a Curazao.

Francia atraviesa una situación similar a la de Argentina. Debutó con un 3-1 frente a Senegal y después ganó 3-0 a Iraq. Dos victorias, seis goles a favor, uno en contra y la sensación de que su candidatura se ha reforzado sin demasiadas grietas. Kylian Mbappé ha vuelto a marcar diferencias y Francia parece instalada en esa categoría de selección a la que se le exige ganar, convencer y no conceder ni una duda. Pero incluso en ese escenario conviene recordar lo mismo: dos partidos no explican un Mundial entero. Lo orientan, pero no lo sentencian. En el lado opuesto están Portugal y Cristiano Ronaldo… para muchos ya en crisis y en un callejón sin salida (sólo han jugado un partido).

Esto no es nuevo. En cada cita mundialista o importante alrededor del fútbol -donde todo se expone más que en ningún otro deporte-, se obtienen conclusiones tras cada partido. Aunque no proceda. Sí que es llamativo que ocurra en una época en la que el tiempo, los medios y la tecnología permite que se analice hasta el último detalle de cada partido y jugador. Nunca se han generado tantos datos, tantas estadísticas, tantos programas de televisión, podcasts, artículos y contenidos especializados. Millones de personas dedican horas a estudiar cada movimiento de un equipo. Sin embargo, parece que existe la misma incapacidad en general para contextualizar un resultado o ponerlo en reserva en lugar de sacar conclusiones. Un empate deja de ser un empate para convertirse en una crisis. Una victoria deja de ser una victoria para transformarse en una prueba irrefutable de que todo funciona… Da igual que haya jugadores que vengan de lesiones, que haya habido un viaje o adaptación… El contexto alrededor del partido no cobra la importancia que debe y sólo se debaten nombres y resultados. Una mentalidad cortoplacista y rácana.

Perspectiva, reflexión, paciencia

Los matices desaparecen. La reflexión desaparece. El contexto desaparece. Alemania pasó del vendaval al sufrimiento. España, del nerviosismo al alivio. Brasil, de la sospecha a la confianza. Argentina y Francia, del optimismo al casi convencimiento colectivo de que todo va en la dirección correcta. Y en todos los casos hablamos de selecciones que apenas han jugado dos partidos. Muy poco para emitir sentencias. Suficiente, sin embargo, para que el fútbol vuelva a activar esa necesidad tan actual de convertir cada episodio en una conclusión definitiva. Un click con caducidad y que puede quedar erróneo en unas horas (esto parece no importar).

No parece ser un problema del fútbol. Es el reflejo de la sociedad actual. La sociedad de las redes sociales, de las reacciones instantáneas, de los juicios emitidos en tiempo real y de las conclusiones elaboradas antes de que exista información suficiente para sostenerlas. Vivimos en la cultura del ahora. Del para ya. De la necesidad constante de posicionarse antes incluso de comprender lo que está ocurriendo.

Ojalá se vuelva viral la perspectiva, la reflexión, la paciencia y la capacidad de análisis. El decir que todavía no está visto para sentencia. La credibilidad de una opinión que se aguanta en el tiempo. Y que eso se exporte al día a día de la sociedad.