Donald Trump y la Copa del Mundo de la FIFA recuerdan de qué está hecho cada país
Víctor García
julio 6, 2026

El fútbol y el deporte quizás no solucionen debates migratorios pero sí que se convierten en una potente herramienta para suavizarlos, acercar posturas y crear un envoltorio donde la coherencia y el ejemplo sirven como argumento en la discusión. El caso del futbolista Folarin Balogun con Estados Unidos funciona como una historia perfecta: nació en Brooklyn, creció en Inglaterra, tiene raíces nigerianas y eligió representar a Estados Unidos. Su biografía podría parecer excepcional, pero en realidad explica bastante bien el mundo en el que se juega este Mundial, incluyendo EEUU, donde la política de inmigración es tan protagonista. Donald Trump, adalid de cortar el paso a inmigrantes, ha dado las gracias a que este jugador pudiera jugar el siguiente partido.

Las selecciones no son fotografías de una identidad única, sino retratos mucho más parecidos a las calles de las grandes ciudades. En Inglaterra, Francia, Alemania, España, Holanda, Portugal, Canadá, EEUU… la identidad nacional se construye cada día con acentos, orígenes y recorridos familiares muy distintos. Para ejemplo cada equipo nacional de fútbol, deporte más practicado y seguido en todo el mundo. Selecciones formadas por jugadores de orígenes diversos, de familias migrantes, de barrios mezclados y de realidades que explican mejor la sociedad actual que muchos discursos oficiales. No representan una anomalía. Representan el día a día de sus países. Lo que se ve en el campo es lo que ya existe fuera de él.

«Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia». Trump mantiene una posición política contraria al ‘birthright citizenship’, el principio que concede la ciudadanía a quienes nacen en territorio estadounidense y la paradoja es que el presidente norteamericano celebró públicamente que FIFA dejara en suspenso la sanción de Balogun, lo que permite al delantero jugar el partido de octavos de final de Estados Unidos contra Bélgica pese a haber sido expulsado en el encuentro anterior. Por eso el gesto de Trump con Balogun tiene un valor que va más allá de un partido de fútbol.

Puede que no cambie ninguna posición política, pero sí deja al descubierto una evidencia como que Estados Unidos, como el resto de naciones, no se entiende sin las comunidades migrantes que lo han construido, enriquecido y representado. También en el deporte.

La inmigración no es una cuestión política, es una realidad compleja, con retos, tensiones y debates legítimos. El caso de Balogun ha recordado algo que a veces se olvida: cuando una sociedad integra, gana talento, cultura, energía y futuro. Y un Mundial, con todos sus intereses y contradicciones, sigue siendo uno de los mejores escaparates para entender de qué están hechos realmente los países.