Anna Pixner, la locura de bajar montañas en longboard y una pedida en el Himalaya
Javier Nieto
octubre 8, 2026

Anna Pixner terminó cuarta el lunes en la final de descenso de los World Skate Games, disputada en el Cerro Lambaré, en Paraguay. La austríaca compite sobre un longboard, una tabla alargada con la que puede alcanzar entre 90 y 100 km/h en carreras y recorridos cerrados. Pero empezó a patinar buscando algo bastante distinto: una actividad que pudiera practicar sola, sin sentir que otros la observaban. Desde entonces, la tabla la ha acompañado en viajes, talleres con niños y una expedición al Himalaya que también terminó con una petición de matrimonio.

Creció en Innsbruck, entre el esquí y la escalada, pero la presión competitiva y su timidez le hacían sentirse incómoda. Quería patinar, aunque le intimidaba entrar en un skatepark donde apenas veía chicas y otros podían observarla mientras aprendía. “Nunca me ha gustado que la gente me mire mientras aprendo algo nuevo”, explicó al European Outdoor Film Tour -EOFT-. Alrededor de los quince años compró un longboard por internet y empezó a practicar en un carril bici detrás de casa, sola y escuchando música. Avanzó despacio: “El primer medio año prácticamente solo practiqué cómo frenar”, contó a ‘Der Tagesspiegel’. Un taller en la ciudad la acercó a otros patinadores y, aproximadamente un año después de empezar, ya participaba en carreras.

La relación entre la velocidad y la meditación

En 2018 sufrió un accidente en Israel contra un guardarraíl. Según relató a ‘Der Standard’, se perforó un pulmón y se fracturó cuatro costillas y dos vértebras. La recuperación no terminó cuando pudo volver a moverse: al subirse a la tabla aparecieron ataques de pánico, especialmente ante lugares que le recordaban el choque. Acudió a terapia y empezó a escribir sobre lo que sentía; también leyó textos de psicología y filosofía para comprender sus reacciones. Con ayuda de una mentora incorporó yoga, meditación y ejercicios de respiración, incluso cuando su movilidad todavía era limitada. Su objetivo, explicó después al blog ‘#myinnsbruck’, era concreto: “Quería volver a disfrutar sobre la tabla. Ese era el objetivo”.

La relación entre velocidad y tranquilidad sigue presente en cómo describe su deporte. “Para mí, velocidad y meditación están relacionadas”, dijo a ‘Netzathleten’. Sobre la tabla tiene que concentrarse en el momento y reaccionar sin movimientos bruscos; fuera de ella, utiliza la respiración para gestionar situaciones cotidianas que también pueden ponerla nerviosa. Esa calma exige preparación. En el Tirol sale en ocasiones al amanecer, antes de que aumente el tráfico, y sus compañeros se comunican por radio para avisar de los vehículos. En los entrenamientos reduce la velocidad para trabajar la técnica. “No se trata de ganar, sino de la sensación”, explicó a ‘#myinnsbruck’ sobre lo que encontró en el descenso.

Una vida entre continentes

Pixner estudió Ciencias de la Educación y dejó temporalmente en pausa, cuando estaba casi terminado, un máster sobre género y cambio social para dedicarse al skate. Durante la pandemia pasó una temporada en Portugal, empezó a surfear y produjo vídeos para sus patrocinadores mientras no podían celebrarse competiciones. Ahora vive en Australia con Rod Soares, fotógrafo y cineasta brasileño. Se conocieron viajando por Europa en 2019 y mantuvieron una relación a distancia antes de reunirse. Hoy trabajan juntos en fotografías y películas sobre sus aventuras. El surf también forma parte de esa vida: en una entrevista publicada en septiembre anunció su intención de representar a Austria en los World Surfing Games.

Uno de sus proyectos los llevó al paso de Umling La, en el Himalaya, a unos 5.800 metros de altitud. La idea surgió después de contactar con patinadores de la India y se convirtió en un intento de récord y en el proyecto cinematográfico ‘The Highest Ride’. Pixner se preparó corriendo por la montaña, entrenando en el gimnasio y sobre la tabla, y trabajando la gestión del estrés mediante meditación. Rod acompañó la expedición para filmarla y aprovechó el viaje para hacerle una propuesta: “Cuando estábamos allí, me arrodillé y le pedí matrimonio. Y dijo que sí”, contó a ‘The Australian’. El resultado del intento de récord todavía estaba pendiente de revelarse en el perfil publicado en septiembre.

Lo que queda fuera de los vídeos

Aunque protagoniza películas y fotografías, la adolescente que evitaba las miradas no ha desaparecido por completo. “Todavía no me siento muy cómoda delante de las cámaras ni hablando en público”, reconoció a ‘Girls on Board’. Después de viajar escribe, dibuja y pinta para procesar las experiencias acumuladas. En sus desplazamientos también ha encontrado apoyo en una comunidad pequeña: otros patinadores la han invitado a cenar y le han ofrecido un sofá donde dormir, una hospitalidad que ella devuelve cuando alguien visita su ciudad. Al EOFT explicó que ya no siente que deba imponerse objetivos extremos en cada descenso y que disfrutar más también le permite patinar mejor.

Su interés por enseñar la llevó en 2016 a Ramala, donde colaboró con SkatePal. Había oído hablar de la organización mientras estaba en Israel y decidió viajar en autobús. Ella y otra voluntaria llevaron dos tablas a distintas escuelas; enseguida se formaron dos largas filas de niños que querían probarlas. “Ni siquiera hablábamos el mismo idioma, pero no importó”, recordó a ‘Girls on Board’. En sus clases no necesita reproducir las bajadas de sus vídeos: enseñar a impulsarse y frenar en terreno llano también permite que los participantes experimenten con la tabla.

Una mano para entrar en la rampa

La futura gira de ‘The Highest Ride’, según adelantó en septiembre, irá acompañada de una recaudación para proyectos de apoyo a jóvenes con problemas de salud mental. Es un plan anunciado, mientras sus talleres ya le han dejado escenas concretas. En uno de ellos conoció a una niña que le recordó a sí misma: era muy tímida, se mantenía apartada y solo quería hablar con Anna. Empezó a patinar lejos del resto del grupo y, después, le pidió que le sujetara la mano para entrar en una rampa. Al terminar la sesión, contó Pixner, la pequeña sonreía y estaba orgullosa de lo que había hecho.