Jesús de Miguel, delantero del CD Tenerife, ha fallecido este martes por la mañana tras una noche librando una batalla contra las consecuencias del gravísimo golpe sufrido durante el encuentro del día anterior contra el FC Andorra. El guardameta visitante, Jesús Owono, salió lejos de su área para cortar un contraataque, saltó con la rodilla por delante e impactó contra el atacante, también su puño derecho le dio en la cabeza. Fue expulsado. De Miguel necesitó asistencia urgente y fue trasladado al hospital tras entrar en parada cardio respiratoria. El partido quedó suspendido. Era un partido de fútbol. Una persona no debería perder la vida por disputar un balón. No debía de ser un todo o nada, un ‘el balón o el jugador’, como se suele decir en el argot futbolístico…
Ante una tragedia así, conviene no atribuir a Owono la intención de provocar este trágico desenlace, ni convertir el dolor y la rabia en una sentencia contra él. Pero tampoco deberíamos utilizar la palabra accidente al 100% para cerrar cualquier reflexión sobre la peligrosidad de una acción. La ausencia de intención de causar un daño semejante no convierte cualquier intervención en aceptable. Existe un espacio entre criminalizar a un deportista y justificarlo todo como parte del juego. Y esto, en cualquier plano vital.
El contacto también tiene límites
El fútbol es un deporte de contacto. Hay choques, caídas, disputas y decisiones tomadas en una fracción de segundo. El riesgo cero no existe. Pero reconocerlo no obliga a normalizar cualquier riesgo. Salir a impedir un avance con la rodilla por delante merece un análisis que vaya más allá de si se toca el balón o de si la infracción cuesta una tarjeta roja. El cuerpo del adversario no puede convertirse en el precio asumible de evitar una ocasión. Y esto, muchas veces, sucede en cualquier partido amateur, donde hay quien confunde todo.
Normalmente se aplauden expresiones como «había que pararlo como fuera», «no podía pasar» o «hay que dejarse la vida». Son frases que pronunciamos sin pensar, habitualmente sin desear ningún daño, pero que ayudan a construir y normalizar una manera de entender la competición. El objetivo ocupa todo el espacio y el límite queda relegado a lo que el árbitro permita o castigue. La responsabilidad de un deportista no termina donde empieza la sanción. Hay acciones que deben evitarse por el peligro que entrañan, aunque puedan impedir un gol decisivo.
La presión no puede borrar a la persona
No sabemos qué pasó por la cabeza de Owono en ese instante. No se puede presentar esta tragedia como la demostración de una voluntad individual. Sí podemos aprovechar la conmoción para revisar una cultura que a veces confunde compromiso con descontrol y competitividad con ausencia de límites. Esa reflexión pertenece al fútbol, al resto de los deportes y también a una sociedad que premia el resultado mientras presta demasiada poca atención a los medios. La presión puede explicar una decisión; no para justificarla.
Jesús de Miguel tenía una vida que continuaba después de aquel encuentro. Es lo que comparten todos los que entran en un campo, una pista o un pabellón, aunque durante la competición solo veamos camisetas, rivales y obstáculos. Recordarlo debe formar parte de la educación deportiva desde el primer entrenamiento, antes de hablar de victorias, ascensos o contratos. Se puede perder un balón, encajar un gol. Se puede perder un partido. Lo que no puede aceptarse como una exigencia del oficio es poner al otro en peligro. Era fútbol. Punto. Deporte.
