Juegos Centroamericanos y del Caribe: un siglo de deporte que conecta a toda una región
Juan José Saldaña
julio 28, 2026

Hace cien años, apenas 269 atletas de tres países dieron vida en Ciudad de México a una competición que buscaba acortar distancias deportivas dentro de una región que todavía tenía pocas oportunidades para medirse de manera sistemática. Aquella primera edición de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrada en 1926, terminó convirtiéndose en el punto de partida de un movimiento que ha atravesado generaciones y profundos cambios en el deporte. Un siglo después, el certamen sigue reuniendo a territorios con identidades distintas alrededor de una idea que permanece prácticamente intacta: competir, crecer y construir un espacio deportivo propio para Centroamérica y el Caribe.

Esa dimensión histórica adquiere un significado especial en Santo Domingo 2026, edición que se desarrolla entre el 24 de julio y el 8 de agosto y que lleva los Juegos nuevamente a República Dominicana. La escala actual permite entender cuánto ha cambiado el evento desde aquellos primeros años: de tres delegaciones se pasó a una cita que reúne a alrededor de 6.000 personas de 40 países. El crecimiento también se observa fuera de los escenarios deportivos. El Gobierno dominicano informó una inversión cercana a RD 9.000 millones en infraestructura vinculada a la preparación de los Juegos, mientras que unos RD 893 millones fueron destinados específicamente a preparar a la delegación nacional, reflejando el peso deportivo, organizativo y económico que hoy supone recibir el principal encuentro multideportivo de la región.

De una respuesta a París 1924 a un siglo de historia deportiva

El origen de los Juegos está estrechamente relacionado con los Juegos Olímpicos de París 1924. Después de una actuación mexicana considerada insuficiente, la Sociedad Olímpica Mexicana impulsó la creación de una competencia que permitiera elevar el nivel de los deportistas de la región mediante enfrentamientos internacionales más frecuentes. Cuba y Guatemala respaldaron la iniciativa, mientras los dirigentes mexicanos Alfredo Cuéllar y Enrique Aguirre realizaron las gestiones para conseguir el reconocimiento internacional. El 4 de julio de 1924 se firmó en París el acta de creación y, dos años después, Ciudad de México recibió a 269 atletas de tres delegaciones. Así nació la que Centro Caribe Sports reconoce como la competición regional multidisciplinaria más antigua avalada por el Comité Olímpico Internacional (COI).

Lo que comenzó como una herramienta para aumentar la competitividad terminó convirtiéndose también en un reflejo de la transformación deportiva del Caribe y Centroamérica. Para Barranquilla 2018 ya participaron 37 delegaciones y 5.425 atletas distribuidos en 54 disciplinas, una escala difícil de imaginar desde la perspectiva de 1926. En ese recorrido, países como México y Cuba construyeron algunas de las grandes tradiciones competitivas del certamen, mientras nuevas generaciones procedentes de Colombia, Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana y otras naciones fueron ampliando el mapa deportivo. Los Juegos incluso debieron adaptarse a acontecimientos que superaban al deporte: la edición prevista para 1942 fue aplazada debido a la Segunda Guerra Mundial y finalmente se disputó en Barranquilla en 1946.

Santo Domingo 2026 y la dimensión que alcanzaron los Juegos

Un siglo después de aquella primera competencia, organizar los Juegos implica mucho más que disponer de estadios y recibir atletas. Santo Domingo 2026 muestra la escala económica que puede alcanzar un encuentro de estas características. Días antes de la inauguración, el presidente Luis Abinader cifró en alrededor de RD 9.000 millones la inversión gubernamental en infraestructura deportiva para el evento. A ello se suma el financiamiento destinado al rendimiento: el Ministerio de Deportes informó que RD 893 millones fueron entregados al Comité Olímpico Dominicano para cubrir distintas etapas de preparación de la delegación local, incluyendo entrenamientos y contratación de técnicos. Son recursos que permiten dimensionar cómo una competición regional moviliza durante años a gobiernos, federaciones, comités olímpicos, trabajadores, entrenadores, proveedores y comunidades antes de que se entregue una sola medalla.

La huella del evento tampoco queda limitada a las semanas de competición. La renovación de instalaciones como el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte y el Parque del Este forma parte de una intervención que busca prolongar la vida útil de estos escenarios después de 2026. Al mismo tiempo, la magnitud humana sigue siendo el centro de la cita: miles de deportistas llegan después de años de preparación para representar a países y territorios que encuentran en estos Juegos una de sus principales vitrinas internacionales. Para muchos jóvenes, competir en este escenario significa acercarse al alto rendimiento internacional y entrar en un circuito que puede conducir hacia los Juegos Panamericanos, campeonatos mundiales y los Juegos Olímpicos. Cien años después de los primeros 269 participantes, esa función de encuentro y desarrollo continúa explicando buena parte del lugar que los Juegos Centroamericanos y del Caribe ocupan dentro del deporte regional.