Durante años, la vida de Yohan Eskrick-Parkinson estuvo marcada por el sonido limpio de una entrada perfecta en el agua. La precisión, el silencio previo al salto, la coreografía exacta con su compañero. En 2024 rozó la clasificación olímpica en saltos de trampolín representando a Jamaica y, cuando el sueño de París se escapó por poco, decidió dar un giro a su vida qeu acabaría en Milano Cortina 2026: “Después de los saltos pensé: ‘Vale, estoy listo para trabajar, listo para pasar a otra cosa’”, confesó. Graduado en Neurociencia por Northwestern University, con la idea de estudiar Medicina rondándole la cabeza, parecía que iba a ser su camino.
La conversación que lo cambió todo ocurrió en un gimnasio, entre escaleras y saltos pliométricos. Lascelles Brown, doble medallista olímpico canadiense en bobsleigh y su entrenador de fuerza, lo miró tras un ejercicio explosivo y le lanzó una idea directa: “Quizá deberías probar el bobsleigh”. Yohan lo recuerda con una mezcla de sorpresa y gratitud. “Me lo tomé muy en serio. Es alguien a quien admiro como olímpico y que te diga ‘danos una oportunidad’… eso pesa”.
De experto a principiante: la vulnerabilidad de empezar de nuevo
El cambio no fue solo deportivo. Fue identitario. Pasar de dominar un trampolín a subirse a un trineo sobre hielo implicaba aceptar algo que pocos atletas están dispuestos a asumir: volver a ser novato. “Es muy raro pasar de ser básicamente un experto en algo a ser un completo ‘rookie’, ¿no?”, decía entre risas. En julio comenzó a entrenar con un equipo provincial en Alberta. Después llegó la invitación al ‘camp’ nacional. Había llamado la atención de nombres importantes dentro de la estructura canadiense, como el piloto Taylor Austin.
Pero el talento no le evitó la humildad. “He visto vídeos de mis primeras bajadas y me veía muchísimo peor que los otros chicos”, admitía. “Sabía que tenía que acelerar, crecer muy rápido para alcanzarlos. Y eso significaba escuchar”. En los saltos, su obsesión era la elegancia y el control. En el bobsleigh, la consigna era otra: potencia pura. “En los saltos tenía que ser fluido y elegante; aquí es ir al 100% de potencia. No me preocupa lo bonito que se vea. Quiero ganar una carrera”.
En la piscina, el tiempo parecía ralentizarse antes del impacto con el agua. En la pista helada, la adrenalina es distinta, más ruidosa, compartida. “En bobsleigh hay mucha más energía. Nos animamos, es muy intenso antes de salir. En saltos quieres mantener la calma”. Sin embargo, en ambos reconocía esa sensación de hiperconsciencia, de estar en la zona. “Hablé con algunos pilotos sobre lo que se siente al saltar y me dijeron: ‘Lo tienes’. Esa sensación es parecida”.

Perseguir el sueño olímpico
Cuando perdió la clasificación olímpica en Doha, la alternativa razonable era quedarse en Calgary, trabajar como socorrista y preparar su entrada en la facultad de Medicina. Él mismo lo verbaliza con claridad: “Podría haberme quedado y, en uno o dos años, entrar en Medicina y hacer mi vida”. Pero algo no encajaba. “Pensé que esta sería una historia mucho más plena. Es una oportunidad de intentar algo que muy poca gente puede intentar. Si no lo hacía, probablemente me arrepentiría”.
“En saltos, 24 puede ser tu pico o justo después. En bobsleigh soy joven, muy joven. Es una edad perfecta para construir y seguir persiguiendo el sueño olímpico”. Esa idea de “extender su vida como atleta” fue decisiva. Cambió el bañador por el mono integral de competición y comenzó a estudiar vídeos de velocistas como Usain Bolt o Yohan Blake para mejorar su salida. “Estoy aprendiendo a correr bien”, explicaba. “Tengo mucho que aprender. Tengo que ser más rápido. Hay mucho que hacer en poco tiempo”, confesó poco tiempo después de comenzar a entrenar en su nueva disciplina.
Mentor, raíces y sentido de pertenencia
La figura de Lascelles Brown no solo fue técnica. Fue simbólica. Ambos comparten raíces jamaicanas y trayectoria canadiense. Brown compitió por Jamaica y por Canadá, y conquistó medallas olímpicas en Turín 2006 y Vancouver 2010. Para Yohan, esa dualidad identitaria siempre ha sido parte de su historia.
En noviembre de 2024, apenas unos meses después de probar el deporte, ganó sus dos primeras pruebas en la North American Cup junto a Taylor Austin en Whistler. A finales de enero, el Comité Olímpico Canadiense anunció la preselección para Milano Cortina 2026. Yohan fue incluido como freno en los equipos masculinos. Entre hombres y mujeres, Canadá llevará 17 atletas de bobsleigh a los Juegos.
Cuando se le pregunta por Milano Cortina 2026, no habla de medallas. Habla de coherencia con su propia ambición. “Si voy a perseguir un deporte de alto nivel, voy a intentar llegar hasta el final”, afirma. “Lo único que no conseguí en saltos fueron los Juegos Olímpicos, y estuvimos bastante cerca”. La transición ha sido “una experiencia que te pone en tu sitio”, reconoce. Entre entrenamientos, mantiene otra faceta: trabaja a tiempo parcial como editor de fotografía y vídeo, viaja siempre con su cámara y sigue contemplando la Medicina como futuro posible. El bobsleigh no borra esa vocación; simplemente aplaza la decisión.
