Durante años se repitió que ampliar la Mundial de FIFA 2026 de 48 selecciones sería un error. Que el nivel bajaría, que llegarían goleadas constantes, que muchos partidos carecerían de interés y que el torneo perdería parte de su prestigio. Apenas una semana después del inicio de esta Copa del Mundo, la realidad parece ir por otro camino. Los problemas que están apareciendo no son los que muchos habían anticipado.
La primera conclusión que deja el torneo es que el fútbol internacional está mucho más igualado de lo que se pensaba. Selecciones que hace unos años habrían sido consideradas invitadas de piedra están compitiendo de tú a tú contra rivales de mayor tradición. España no pasó del empate frente a Cabo Verde. Brasil tampoco pudo superar a Marruecos (los africanos, para quien no lo tuviera claro, son favoritos para estar entre los 10 mejores). Portugal empató con la República Democrática del Congo. Bélgica hizo lo propio frente a Egipto. Sólo los de Alemania-Curazao (7-1), Suecia-Túnez (5-1) y EEUU-Irak (4-1) han sido partidos donde el resultado ha sido abultado. El Mundial está demostrando que la distancia entre las grandes potencias y el resto se ha reducido. El fútbol es cada vez más global, hay cada vez más especialistas y físicamente hay portentos en cualquier rincón de un país.
El fútbol mundial tiene más nivel del que muchos creían
La ampliación ha permitido que países de África, Asia, Oceanía y Concacaf tengan una representación mucho mayor. Y lejos de ofrecer una imagen de inferioridad, muchas de estas selecciones están aprovechando el escaparate para demostrar que merecen estar en la competición.
Quizás el error sea analizar el Mundial de 2026 con los ojos del fútbol de hace veinte años. La mencionada globalización, las academias, la formación de entrenadores y la presencia de futbolistas repartidos por las principales ligas del planeta han provocado que cada vez existan menos rivales claramente inferiores.

La ampliación tampoco ha reducido el interés
Otro de los argumentos habituales era que un Mundial más largo acabaría diluyendo la atención del aficionado en el estadio. Sin embargo, los primeros datos de asistencia apuntan justo en la dirección contraria. Los estadios están registrando entradas masivas y el torneo mantiene una enorme capacidad de atracción tanto para los aficionados locales como para quienes se han desplazado desde otros países.
Otra cosa es por televisión, que se puede hacer complicado presenciar, por ejemplo, un Haití – Escocia si nadie tiene un interés especial.
El fútbol de cuatro cuartos
Paradójicamente, la principal controversia de este Mundial no está relacionada con las 48 selecciones. Está relacionada con las pausas obligatorias de hidratación y con la sensación de que el fútbol se está adaptando cada vez más a las necesidades de la televisión sin importar el deporte en sí y sus aficionados. Resulta difícil de entender que esas interrupciones se hayan convertido en una norma generalizada, incluso en encuentros disputados en estadios cubiertos o bajo condiciones climáticas perfectas.

El partido se detiene durante 3 minutos en la mitad de cada parte, aparecen nuevas ventanas publicitarias y el ritmo de juego se fragmenta. Hay instrucciones de los entrenadores y ahora hay tiempo para el descanso, más allá de la reflexión táctica. Precisamente lo contrario de lo que hace atractivo al fútbol frente a otros deportes.
La mentalidad de ahora es de un partido de cuatro cuartos, de 22 minutos y medio cada uno de ellos. Un nuevo fútbol inventado por FIFA que está lejos de satisfacer al fan, aunque sí sirve para vender más caro el producto, puesto que ahora hay dos nuevas ventanas publicitarias más que atractivas.
