A poco más de dos años del inicio de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, la planificación de la movilidad comienza a revelar tensiones que van más allá de lo técnico. En una ciudad marcada por la congestión estructural y la dependencia del automóvil, la promesa de unos “Juegos sin autos” se enfrenta a una realidad cada vez más incierta. La falta de financiamiento federal para el sistema de transporte proyectado no solo compromete la logística del evento, sino que instala una sensación de fragilidad en torno a uno de los pilares invisibles, pero esenciales, de cualquier cita olímpica.
El desafío no es menor. El sistema de transporte de Los Ángeles deberá responder simultáneamente a millones de residentes, flujos de mercancías y una demanda extraordinaria de visitantes. Sin los recursos necesarios, el delicado equilibrio entre planificación, ejecución y experiencia del espectador corre el riesgo de romperse. En ese escenario, el recuerdo de ediciones pasadas contrasta con un presente donde el margen de error parece cada vez más estrecho.

Un plan de movilidad en crisis: entre la ambición y la falta de recursos
El núcleo del problema radica en la exclusión de casi 2.000 millones de dólares en fondos federales destinados al sistema de transporte olímpico, una decisión vinculada al presupuesto presentado por la administración de Donald Trump en abril de 2026. Sin ese respaldo, la viabilidad del plan diseñado por Metro se ve seriamente comprometida, al punto de que la propia agencia reconoce que no podría implementar el sistema mejorado previsto para los Juegos.
Las cifras reflejan la magnitud del desafío: la necesidad de incorporar cerca de 1.750 autobuses adicionales, junto con la contratación y capacitación de miles de trabajadores, desde conductores hasta personal técnico. A esto se suma la urgencia de encontrar espacios para almacenar y operar esta flota temporal, un proceso que requiere años de preparación. Sin financiamiento ni tiempo suficiente, la estructura sobre la que se sostiene el plan comienza a mostrar fisuras difíciles de ignorar.
El contraste con 1984 y una ciudad al límite
La comparación con los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 resulta inevitable. En aquella edición, el sistema de transporte logró evitar el colapso gracias a una planificación meticulosa y a la creación de una flota adicional que operó con precisión milimétrica. Figuras como Paul Ziffren y equipos técnicos del entonces Distrito de Tránsito Rápido del Sur de California diseñaron un modelo que priorizaba la eficiencia, con carriles exclusivos, monitoreo constante y una coordinación operativa que respondía en tiempo real a cualquier imprevisto.
Hoy, el contexto es distinto. La expansión urbana, el crecimiento poblacional y la complejidad del sistema actual convierten a Los Ángeles en un entorno mucho más exigente. La idea de concentrar el flujo de espectadores en nodos de metro, en lugar de distribuirlos mediante centros satélite de autobuses, ha generado cuestionamientos sobre la capacidad real del sistema para absorber la demanda. En paralelo, el riesgo financiero comienza a tomar forma: con garantías públicas activándose en caso de déficit, la ciudad podría enfrentar una exposición económica prácticamente ilimitada, en un escenario donde la incertidumbre operativa y presupuestaria avanza sin una respuesta clara.
