Donald Trump prometió que Estados Unidos no fallaría. “Nunca fallamos, y será un gran Mundial”, dijo tras la adjudicación del Mundial 2026. Gianni Infantino, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación -FIFA-, también elevó el listón en la Casa Blanca al afirmar que Estados Unidos, México y Canadá querían organizar “el mejor Mundial de la historia”. Trump respondió entonces: “Bien, de acuerdo. Lo haremos”. La promesa era clara, sin embargo, ni siquiera antes de empezar, esa idea ya ha quedado dañada por problemas de visados, controles fronterizos, cambios de sedes, un dudoso sistema de venta de entradas más pensado en el negocio que en los aficionados, y una sensación creciente de que el acceso al torneo depende tanto del deporte como de la política migratoria estadounidense.
La cuestión ya no afecta solo a FIFA. Kirsty Coventry, presidenta del Comité Olímpico Internacional -COI-, aseguró que la organización sigue “todo lo que está ocurriendo a diario” y se mostró confiada en que, en dos años, Los Ángeles 2028 -LA28- podrá superar “varios de los problemas” que afronta ahora el Mundial. Su mensaje busca transmitir control y anticipación, pero abre una pregunta mucho más incómoda: ¿puede el COI garantizar unos Juegos abiertos a todas las delegaciones, aficionados, medios y oficiales cuando la última palabra sobre quién entra en Estados Unidos no depende del olimpismo, sino de la frontera, la seguridad y los visados del país anfitrión?
El COI mira al Mundial como ensayo de LA28
Coventry explicó que una taskforce trabaja junto al Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos -USOPC- para aprender de los problemas del Mundial y asegurar que atletas y entornos puedan llegar a los Juegos. “Es nuestro trabajo seguir monitorizando eso y defender que los atletas y sus entornos puedan estar en los Juegos de LA28”, afirmó. Pero una taskforce no sustituye a una autoridad migratoria. Puede facilitar trámites, pero no anular decisiones políticas. Puede preparar a las federaciones, pero no cambiar por sí sola el criterio de entrada al país. Esa es la cuestión que el Mundial 2026 está dejando expuesta antes de que LA28 entre en su fase decisiva: el deporte puede organizar el calendario, las sedes y las acreditaciones, pero no controla por completo la puerta de entrada al territorio donde se celebra el evento.
El caso de Irán es el ejemplo más político y más visible. La selección tiene su campamento en Tijuana, en México y fuera de EEUU, después de meses de tensión y problemas de visado para parte del staff y responsables federativos. La solución ha sido posible porque el Mundial se reparte entre tres países. La pregunta para LA28 es inevitable: ¿qué ocurriría en unos Juegos Olímpicos con una delegación de un país en tensión diplomática, bajo sanciones o incluso en guerra abierta con Estados Unidos? La triple sede del Mundial permite una flexibilidad que el olimpismo no tendrá. En LA28, en cambio, una delegación olímpica necesita vivir, entrenar, competir, recibir atención médica, desplazarse y convivir dentro del sistema de los Juegos.
Más países afectados y una desventaja antes de competir
Además, otros países han vivido diferentes situaciones estos últimos días. Japón tuvo que cambiar instalaciones de entrenamiento en Monterrey por el estado del campo; República Democrática del Congo vio alterada su preparación por restricciones sanitarias vinculadas al ébola; Sudáfrica tuvo problemas con el visado de un miembro del cuerpo técnico; Irak sufrió interrogatorios y dificultades de entrada con el delantero Aymen Hussein y el fotógrafo de la selección; Suiza tuvo el caso de Breel Embolo, que se incorporó tarde a la concentración después de que su autorización de entrada al país quedara bajo revisión; y Senegal o Uzbekistán se vieron envueltos en controles de seguridad que generaron críticas e incomodidad.
No todos los episodios tienen la misma gravedad ni el mismo origen, pero el acceso a Estados Unidos se ha convertido en una variable deportiva. Una selección que llega para disputar una competición oficial no debería iniciar su torneo entre interrogatorios, registros invasivos, incertidumbre documental o sensación de trato desigual. En unos Juegos Olímpicos, con más países, más disciplinas y delegaciones de tamaños muy distintos, el riesgo se multiplica. Si el acceso al país se convierte en una carrera de obstáculos, algunos atletas pueden empezar los Juegos en desventaja antes incluso de competir.

El caso Omar Artan y el poder comercial
El caso de Omar Abdulkadir Artan lo resume con especial claridad. El árbitro somalí había sido designado por FIFA para el Mundial y, aun así, fue rechazado al llegar a Miami. Para LA28, ese precedente obliga a mirar más allá de los atletas. El volumen será mayor, la diversidad institucional también y los márgenes de gestión, en muchos casos, más estrechos. Si una acreditación deportiva no garantiza el acceso, el problema deja de ser individual y pasa a ser institucional.
También los aficionados han quedado atrapados en esa tensión entre espectáculo y acceso. El Mundial 2026 ha acumulado dudas por restricciones a seguidores de algunos países, autorizaciones revocadas, precios elevados, paquetes hospitality, movilidad compleja entre sedes y distancias enormes entre ciudades.
El Mundial 2026 no solo cuestiona la promesa de Trump e Infantino de organizar un gran torneo. También obliga al COI a defender su universalidad y confiar en su trabajo previo con Estados Unidos. Coventry afirmó que el COI está “confiado” en poder superar varios de los problemas que afronta ahora el Mundial. Pero la última palabra sobre visados, seguridad y entrada al país problemente la tenga Estados Unidos.
