Hace años, la NBA encontró en Victor Oladipo a un jugador divertido, potente, peligroso en ataque, duro en defensa y dueño de una ética de trabajo que terminó obteniendo su recompensa en forma de dos selecciones para el All-Star. Ahora, a los 34 años y después de más de tres sin disputar un partido en la liga, el escolta ha escrito una carta en ‘The Players’ Tribune’ dirigida a quienes todavía pueden ofrecerle un contrato. No sabe cómo acabará el viaje: “Quizá algún equipo me dé una oportunidad. Quizá ninguno lo haga”. Solo conserva una certeza sobre su relación con el baloncesto: “Desde la primera página hasta la última, es una historia de amor”.
Antes de llegar a ese punto, Oladipo había pasado muchas noches entrenándose solo porque entendía que lo necesitaba para alcanzar una NBA que entonces parecía lejana. No figuraba entre los cien mejores proyectos de su generación ni fue elegido para el McDonald’s All-American. Durante su primer año en la Universidad de Indiana solo fue titular en cinco encuentros, pero continuó entrando de noche en el Cook Hall y acabó convirtiéndose en ‘All-American’ universitario antes de ser elegido por Orlando Magic con el número dos del ‘draft’ de 2013. Todavía recuerda a quienes se burlaban de sus limitaciones ofensivas y a aquel periodista que respondió que era “solo un atleta” cuando le preguntaron si podía llegar a profesional. También recuerda la canasta que construyó con sus propias manos y dejó accidentalmente a nueve pies de altura. “Pienso en todo eso”, escribe.
Una carrera que todavía buscaba su lugar
Sus primeros años en Orlando se convirtieron en una sucesión de ajustes. Oladipo había actuado como ala-pívot durante parte de su etapa escolar y solo pasó definitivamente a las posiciones exteriores en la universidad, donde tampoco había ejercido habitualmente como base. Los Magic, sin embargo, le entregaron el balón desde el inicio de su carrera profesional. “Cuando Orlando me puso de base nada más llegar a la NBA fue casi como una adaptación encima de otra adaptación”, explica. La franquicia cambió varias veces de entrenador y de rumbo sin terminar de definir el papel en el que podía desarrollar todas sus cualidades. La llegada de Frank Vogel en 2016 parecía abrir la posibilidad de comenzar una etapa diferente, pero Oladipo fue traspasado a Oklahoma antes de disputar un solo partido bajo sus órdenes.
En Oklahoma City Thunder encontró un equipo de mayor nivel, aunque tampoco el contexto ideal para asumir el protagonismo que necesitaba. El balón y el peso ofensivo pertenecían principalmente a Russell Westbrook, que completó aquella temporada su histórica campaña de triple-doble y fue elegido jugador más valioso de la liga. Oladipo sufrió problemas físicos y no terminó de mostrar su mejor versión, pero convirtió la convivencia con el base en otro aprendizaje: “Aprendí muchísimo jugando con Russ durante su año de MVP. Es un jugador y una persona muy especiales”. Al terminar la temporada se instaló en Miami para transformar su cuerpo y su juego. El propio entrenador de los Thunder, Billy Donovan, viajó para comprobar su trabajo, aunque el siguiente cambio ya estaba en marcha.
El verano que cambió su carrera
Oladipo reorganizó su preparación, modificó su alimentación, trabajó dos veces al día y buscó el consejo de Dwyane Wade, a quien visitó en su casa para hablar de paciencia, mentalidad y de cómo construir una carrera. El plan no consistía únicamente en ganar fuerza o perder peso: repasó su manera de frenar, cambiar de dirección, atacar el aro, jugar el bloqueo directo y responder a diferentes defensas. Era la prolongación de la misma disciplina que le había llevado desde aquellas sesiones nocturnas en Indiana hasta la NBA. “Invertí en mí. Invertí en mi tiempo, en mi cuerpo y en mi mente”, resumiría sobre aquel verano.
Los resultados de ese trabajo empezaban a aparecer cuando Oklahoma lo incluyó junto a Domantas Sabonis en el traspaso por Paul George. Era la segunda vez que ambos cambiaban juntos de equipo y Oladipo buscó consuelo en su compañero. Su madre volvió a hacerle una pregunta difícil: por qué lo traspasaban otra vez. Él intentó explicarle que eran cosas del baloncesto y del negocio, aunque sentía que dos franquicias habían renunciado a él antes de descubrir todo lo que podía ofrecer. La diferencia fue el destino. Indiana no solo suponía regresar al estado donde había crecido como jugador; también era el primer equipo que le transmitía de forma clara que realmente lo quería. En sus primeros cinco años en la NBA había convivido con cinco entrenadores y dos traspasos. Por fin encontraba continuidad, responsabilidad y un lugar que sentía propio.

Indiana, el lugar donde todo encajó
Su primera temporada en los Indiana Pacers fue la confirmación. Oladipo se convirtió en All-Star, recibió el premio al Jugador Más Mejorado, entró en el tercer mejor quinteto de la NBA y en el primero defensivo, y lideró la liga en robos. Los Pacers ganaron 48 partidos y llevaron hasta el séptimo encuentro de la primera ronda a los Cleveland Cavaliers de LeBron James. “¿Qué puedo decir? Fue perfecto”, recuerda. “Era como si tuvieran una vacante con muchísima responsabilidad, pero también con una gran oportunidad, y yo fuera el candidato exacto, con la experiencia exacta para ocuparla”. En el All-Star de 2018 sucedió además algo que llevaba toda la vida esperando: su padre lo vio jugar en directo por primera vez.
Oladipo regresó a Miami durante sus vacaciones para continuar trabajando con el mismo preparador. Aquella versión no apareció de repente, sino después de años intentando mejorar un ataque que muchos habían considerado demasiado limitado. Indiana añadió el componente que todavía le faltaba: sentirse valorado. “Soy un jugador emocional y es algo de lo que me siento muy orgulloso. Me alimento de la conexión y de la energía”, explica. “Que Indiana me mostrara su cariño y me tratara como a uno de los suyos tuvo un papel real en el nivel que pude alcanzar allí”. Fue All-Star por segunda vez en 2019 y parecía haber encontrado por fin la estabilidad necesaria para conservar aquella versión o incluso seguir creciendo. “Por desgracia, no podía durar para siempre”.
Tres operaciones y una montaña que volver a subir
En enero de 2019 sufrió la rotura del tendón del cuádriceps de la rodilla derecha. Permaneció un año fuera, regresó todavía condicionado y compitió con un dolor que describiría como cuchillos clavándose en la pierna. Después de pasar por Houston —donde promedió más de 20 puntos en 20 partidos— y llegar a Miami, tuvo que someterse en 2021 a una segunda operación sobre ese mismo tendón. Cuando intentaba reconstruir nuevamente su carrera con los Miami Heat, otra lesión cambió el recorrido: en los ‘playoffs’ de 2023 se rompió el tendón rotuliano de la rodilla izquierda. Desde la primera rotura de 2019 solo había podido disputar 60 encuentros de temporada regular durante las tres campañas siguientes. “Durante los últimos tres años, eso es lo que he estado haciendo. Ha requerido muchísimo trabajo: en la rehabilitación, en el gimnasio y, sí, voy a ser completamente sincero, también en terapia”.
Ahora no promete recuperar exactamente al Oladipo de Indiana. Quiere demostrar que existe una versión distinta, reconstruida después de las operaciones, la rehabilitación y el tiempo alejado de la NBA. Ha vuelto a competir en la G League y se ha entrenado ante representantes de varias franquicias, pero su principal argumento en la carta no es una estadística, sino la imagen que desea dejarle a su hija, Naomi: “La versión de su padre que cayó desde lo alto de la montaña, pasó años intentando volver a subir y fue derribado una y otra vez, pero que ni una sola vez dejó de escalar”. Después dirige su petición a cualquier director general dispuesto a escuchar: “Creo que mi cuerpo por fin está bien. Creo que todavía tengo por delante un baloncesto excelente y, lo que es más importante, ganador. Creo que puedo aportar valor a un vestuario de la NBA. Lo que pido ahora es una oportunidad para demostrarlo”. No exige que cambien el final de su historia; pide la posibilidad de escribirlo.
