El críquet perdió a Rumesh Tharanga y terminó financiando su jabalina
Javier Nieto
septiembre 9, 2026

Los dos primeros lanzamientos de Rumesh Tharanga Pathirage en la final de la Diamond League no anunciaban una noche histórica: 80,42 y 79,73 metros. En el tercero alcanzó los 89,04, tomó el liderato y ya nadie pudo superarlo. El polaco Dawid Wegner terminó segundo con 87,47 y Keshorn Walcott, campeón olímpico en 2012 y mundial en 2025, fue tercero con 83,99. Tharanga se convirtió así en Bruselas en el primer atleta de Sri Lanka que gana la final del principal circuito internacional de reuniones de atletismo. “Soy el primer esrilanqués que gana la final de la Diamond League y eso me hace sentir extremadamente orgulloso”, explicó después.

La victoria llegó dos años después de que cinco centímetros lo dejaran sin los Juegos Olímpicos de París y después de una decisión que pudo conducirlo hacia otro deporte. Tharanga había sido un prometedor lanzador rápido de críquet, pero abandonó esa posibilidad porque desconfiaba de las vías disponibles para progresar. Eligió una prueba individual en la que esperaba que la distancia hablase por él, continuó trabajando con el entrenador local que lo había formado y encontró apoyo en la Fuerza Aérea de su país. En abril de 2026 se produjo la paradoja que resume parte de su recorrido: Sri Lanka Cricket, la organización del deporte que había dejado atrás, le concedió diez millones de rupias para ayudar a financiar su carrera como lanzador de jabalina y su preparación hacia Los Ángeles 2028.

El críquet que lo dejó escapar

Tharanga creció en Kalutara, una localidad costera situada al sur de Colombo, dentro de una familia que ya conocía los lanzamientos. Su padre había practicado peso y disco y fue quien inicialmente lo orientó hacia esta última prueba. El niño también corría: en 2011, cuando estudiaba en el quinto curso del Sripalee National College de Horana, ganó los 75 metros de los All Island School Games. Un año después comenzó a jugar al críquet y llegó a ejercer como vicecapitán del equipo del distrito de Kalutara. En 2017 alcanzó los 42 metros con la jabalina en una competición escolar y Tony Prasanna facilitó su entrada en el St Peter’s College de Colombo. “Mi primer lanzamiento estuvo alrededor de los 30 metros. Después de solo dos meses de entrenamiento, llegué a los 63”, recordaría.

El críquet todavía parecía entonces un camino posible. En categoría sub-18, Tharanga lanzó la pelota aproximadamente a 134 kilómetros por hora y terminó segundo en su categoría durante una búsqueda nacional de jóvenes lanzadores rápidos, dentro del mismo programa que había descubierto a Eshan Malinga, posterior internacional con Sri Lanka. Su único partido competitivo para St Peter’s College parece una presentación difícil de mejorar: según contó, lanzó cuatro ‘overs’, consiguió cinco ‘wickets’ y después anotó medio centenar de carreras. Sin embargo, entendía que el rendimiento no garantizaba la continuidad. “En el críquet existe interferencia política y una competencia intensa”, explicó. “Es un deporte de equipo y hace falta mucho más que talento para llegar a la selección. En la jabalina, si tengo talento, seré reconocido”.

Los cinco centímetros de París

En junio de 2024, Tharanga compitió en el Campeonato Asiático de Lanzamientos celebrado en Mokpo, en Corea del Sur. Alcanzó los 85,45 metros, ganó la prueba y estableció tanto el récord del campeonato como una nueva plusmarca nacional. El mínimo directo para los Juegos Olímpicos de París 2024 era de 85,50. Le faltaron cinco centímetros y tampoco consiguió entrar mediante el sistema de clasificación por puntos. “Al perder mi debut olímpico por solo cinco centímetros, sentí que la suerte y la desgracia se balanceaban al mismo tiempo”, afirmó. Mientras otros integrantes de la delegación esrilanquesa viajaban a Francia, él tuvo que seguir los Juegos desde casa.

La frustración no procedía únicamente de aquella diferencia. Tharanga y Prasanna llevaban meses solicitando oportunidades internacionales con las que buscar el mínimo y mejorar su posición en el ranking, pero, según su relato, no recibieron ninguna hasta que el periodo clasificatorio se encontraba cerca de terminar. Además, la jabalina que Sri Lanka Athletics -SLA- le había proporcionado después de solicitar material nuevo no superó el control técnico en Corea del Sur por diferencias en el peso o las dimensiones reglamentarias. “Me dijeron que la jabalina era ilegal”, explicó. Tuvo que competir con otra que no había utilizado en los entrenamientos y aun así batió el récord nacional. “Si me hubieran dado un torneo internacional desde comienzos de año, creo que habría alcanzado mi objetivo”, lamentó.

El entrenador al que decidió conservar

Cuando sus resultados comenzaron a situarlo fuera de la escala habitual del atletismo esrilanqués, antiguos campeones y dirigentes le recomendaron entrenarse permanentemente en el extranjero. Tharanga decidió continuar con Prasanna, quien había acompañado su transformación desde la adolescencia. El antiguo plusmarquista nacional Sachith Maduranga recordó que, cuando todavía era muy joven, el lanzador le anunció que algún día rompería su récord juvenil. Terminó cumpliéndolo. “Desde pequeño he entrenado con él y me ha llevado hasta el lugar en el que estoy. Muchos de mis logros se deben a su orientación”, afirmó Tharanga sobre un técnico al que mantuvo incluso cuando su evolución abrió la posibilidad de buscar una estructura internacional.

Esa fidelidad no significó rechazar el conocimiento exterior. Durante una estancia en Australia, Tharanga trabajó aproximadamente dos semanas con la campeona mundial Kelsey-Lee Barber y su entrenador, Mike Barber, en el Queensland Institute of Sport. Después regresó a Sri Lanka para continuar junto a Prasanna. También encontró respaldo en la Sri Lanka Air Force -SLAF-, a la que pertenece con el rango de cabo y que contribuye económicamente a su preparación. El atleta ha descrito las dificultades que afrontan quienes intentan profesionalizarse fuera del principal deporte del país: “En Sri Lanka, salvo en el críquet, no existe un espacio real para financiar otros deportes. Es muy difícil ser lanzador de jabalina. El problema económico del atletismo es real”. Su progresión dependía del entrenamiento, pero también de disponer de material, viajes y competiciones donde transformar las marcas en puntos y clasificaciones.

Cuando el críquet regresó para ayudarlo

El 28 de abril de 2026, Sri Lanka Cricket entregó a Tharanga una ayuda de diez millones de rupias esrilanquesas. La concesión se realizó bajo la dirección de su presidente, Shammi Silva, y del Comité Ejecutivo, después de una petición del ministro de Juventud y Deportes, Sunil Kumara Gamage. La organización presentó la iniciativa como parte de sus esfuerzos para apoyar modalidades ajenas al críquet y ayudar a deportistas con posibilidades de competir internacionalmente. El dinero generado por el deporte del que Tharanga se había apartado pasó así a sostener al lanzador que pretendía devolver a Sri Lanka a un podio olímpico. No reparaba el camino que él consideró cerrado durante su adolescencia, pero reconocía que su talento había adquirido una dimensión nacional.

Entre los cinco centímetros de 2024 y la ayuda de 2026, Tharanga elevó el récord nacional hasta 86,50 metros, alcanzó la final del Mundial de Tokio 2025 y terminó séptimo. Esta temporada superó los 90 metros por primera vez, estableció en Roma su plusmarca de 92,62 y consiguió cinco victorias dentro de la Diamond League antes de levantar el trofeo en Bruselas. Ni siquiera allí consideró que hubiera mostrado todo su alcance: “Sé que podía hacerlo mucho mejor que 89,04, pero las condiciones eran difíciles. Estoy acostumbrado a temperaturas mucho más altas”. Su siguiente gran destino serán los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya 2026, donde llegará como una de las principales referencias continentales.