Aleksandra Miroslaw y el oro olímpico por querer parecerse a su hermana
Javier Nieto
marzo 15, 2026

La historia de Aleksandra Mirosław empieza en casa, antes de los récords y antes del oro olímpico en París 2024, en la prueba de velocidad de escalada. En Lublin, Polonia, siendo todavía una niña, miraba a su hermana mayor, Gosia, volver de competiciones con medallas y trofeos. Así explica ella misma aquel impulso inicial: “Mi hermana mayor empezó en 2005 y en casi cada competición ganaba una medalla o un trofeo. Yo la miraba y quería ser como ella”. En su recuerdo no aparece la rivalidad, sino otra cosa más sencilla: “No era celos ni competencia entre hermanas; era más bien esa sensación de mirar a tu hermana mayor y pensar que esa era la manera en la que tenías que vivir”.

Antes de centrarse por completo en la escalada, su camino todavía no estaba decidido. Ella misma contó que dejó la natación y que sus padres le animaron a buscar otra pasión. Eligió el muro por cercanía y por admiración. “Como admiraba tanto a mi hermana, elegí la escalada”, recordó. También describió una ciudad muy distinta a la que hoy la reconoce como campeona olímpica: en aquel momento, según explicó, apenas había tres muros de escalada en Lublin, uno de ellos en su escuela y otro en un parque de bomberos cerrado al público.

El primero oro internacional por ‘accidente’

Uno de los episodios más significativos de su perfil llega muy pronto y casi por accidente. Mirosław contó que en 2009 no se había clasificado oficialmente para el Mundial juvenil por una salida falsa en el Campeonato de Polonia. Aun así, su entrenador insistió en que viajara y pidió a sus padres que asumieran el coste. Fue a Francia sin el recorrido habitual de una deportista seleccionada y regresó con el título. Ella misma sigue contándolo con cierta incredulidad: “Gané. Fue surrealista para mí porque era mi primera o segunda competición internacional, la única medalla para Polonia, y yo no tenía que estar allí”.

Lo más valioso del recuerdo no está solo en la victoria, sino en la forma en que la conserva. Mirosław explicó que el viaje desde Polonia hasta Valence fue por carretera y que, después de la competición, se quedó dormida en el coche. Al despertarse de madrugada, comprobó que el trofeo y la medalla seguían allí. “Pensaba que iba a la competición y no que volvería de ella”, contó.

La presión olímpica cambió su manera de competir

Con los años, la escalada dejó de ser solo una práctica elegida por entusiasmo. Mirosław explica que la entrada del deporte en el programa olímpico transformó su carrera y también el entorno que la rodeaba. “Todo cambió. Todo”, dijo al recordar ese proceso. Hasta entonces, según su propio relato, competía porque le gustaba entrenar y porque competir le daba alegría. Después llegaron patrocinadores, crecieron las expectativas y cambió su forma de mirar la preparación. “Ahora va en serio”, resumió. También contó que hasta aproximadamente 2018 compaginó los entrenamientos con un trabajo a tiempo completo.

Ese cambio de dimensión tuvo una parada especialmente dura en 2023, cuando perdió en Berna la primera oportunidad de lograr la plaza olímpica para París. Mirosław explicó que aquella derrota la obligó a enfrentarse a una sensación desconocida. “Fue la primera vez en mi vida que sentí ansiedad”, afirmó. Lo que más le sorprendió no fue solo la derrota, sino el vacío posterior, la imposibilidad de reaccionar como esperaba. De aquella etapa extrae una conclusión muy concreta: “Me ayudó a entender que no soy una máquina. Soy humana”. En su relato, ese momento no aparece como una ruptura definitiva, sino como el punto desde el que empezó a reordenar su cabeza y su manera de competir.

Mateusz, Lublin y la vida fuera del muro

En ese recorrido ocupa un lugar central Mateusz Mirosław, su marido y entrenador. Aleksandra empezó a trabajar con él en 2014, cuando sentía que había dejado de crecer. Al hablar de esa relación, evita las fórmulas abstractas y prefiere describir situaciones concretas. “No puedes separar por completo los papeles; es mi entrenador y mi marido al mismo tiempo”, explicó. También contó que a veces basta una mirada para entenderse, como ocurrió en un Mundial en Seúl, cuando él percibió su incomodidad con una cámara de televisión demasiado cerca antes de competir y fue a hablar con la organización.

Fuera del circuito, su figura quedó fijada también en su ciudad. Tras su victoria en París, Reuters contó que en Lublin ya existía un mural a tamaño real dedicado a ella, pero que tuvo que actualizarse después de que volviera a rebajar su récord. El artista, Michał Ćwiek, la presentó como “una chica de mi ciudad”, una forma de devolverla a un origen reconocible después del escaparate olímpico.