Conoce la Arctic Race of Norway, una de las carreras más singulares del calendario UCI
Juan José Saldaña
agosto 5, 2026

En un lugar donde las carreteras atraviesan fiordos, montañas y paisjes árticos, el ciclismo profesional encuentra uno de sus escenarios más espectaculares. La Arctic Race of Norway no solo destaca por ser la competición por etapas más septentrional del mundo, sino también por haber convertido las dificultades geográficas del extremo norte de Noruega en una oportunidad para innovar. Desde su creación en 2013, esta carrera ha demostrado que el deporte de alto rendimiento puede convivir con una estrategia ambiental ambiciosa, posicionándose como un referente dentro del calendario de la UCI ProSeries.

Su evolución ha ido mucho más allá del aspecto deportivo. Enmarcada en los compromisos de la Carta de Acción Climática de la Unión Ciclista Internacional (UCI), la prueba ha impulsado un profundo proceso de transformación en su organización, apostando por la electrificación de su logística, el desarrollo de infraestructura sostenible y una estrecha colaboración con las comunidades locales. Hoy, la Arctic Race of Norway representa un modelo de cómo un gran evento internacional puede generar impacto positivo tanto dentro como fuera de la carretera.

La carrera que convirtió la sostenibilidad en parte de la competencia

Cada mes de agosto, equipos UCI WorldTeam y UCI ProTeam recorren durante cuatro días algunos de los paisajes más impresionantes del norte de Noruega. Sin embargo, organizar una prueba de este nivel en una de las regiones más remotas de Europa implica superar importantes desafíos logísticos. El traslado de ciclistas, vehículos y equipamiento requiere vuelos chárter y una compleja operación terrestre que, durante años, dependió de una flota convencional. Todo cambió en 2019, cuando la organización decidió apostar por vehículos eléctricos, iniciando un proyecto que transformaría por completo el funcionamiento del evento.

La transición estuvo lejos de ser sencilla. Aunque Noruega es uno de los países con mayor adopción de vehículos eléctricos en el mundo, el norte del país todavía presentaba una infraestructura de carga limitada. Frente a ese escenario, los organizadores trabajaron junto a proveedores regionales para desarrollar estaciones móviles capaces de acompañar la carrera durante cada etapa. Alimentadas principalmente con energía hidroeléctrica proveniente de la red local, estas unidades no solo resolvieron las necesidades del evento, sino que también quedaron disponibles para apoyar otras actividades en la región, ampliando el legado de la competición más allá de sus cuatro días de duración.

Un referente del ciclismo mundial dentro y fuera del asfalto

El crecimiento del proyecto fue constante. Lo que comenzó con 45 vehículos eléctricos destinados al personal administrativo evolucionó rápidamente hasta alcanzar una flota completamente eléctrica de 130 unidades en 2023. Este cambio obligó a replantear la planificación de la carrera, incorporando variables inéditas como la autonomía real de los vehículos, los tiempos de recarga y la ubicación estratégica de hoteles y sedes de etapa. En la Arctic Race of Norway, la sostenibilidad dejó de ser un objetivo paralelo para convertirse en un elemento central del diseño deportivo y operativo.

Ese compromiso también ha impulsado transformaciones en otros ámbitos de la organización. La carrera obtuvo en 2021 la certificación ambiental Eco-Lighthouse, uno de los principales estándares de gestión sostenible de Noruega, promoviendo una mayor utilización de proveedores locales para producir señalética, infraestructura y materiales que anteriormente eran transportados desde otros países. Al mismo tiempo, el evento se ha consolidado como una plataforma de desarrollo regional, fortaleciendo redes de voluntariado, impulsando el turismo y contribuyendo a posicionar al norte de Noruega como sede de grandes acontecimientos internacionales. La elección de Narvik como anfitriona del Campeonato Mundial de Esquí Alpino FIS 2029 es uno de los ejemplos más visibles del impacto que una carrera ciclista puede generar cuando su legado trasciende la línea de meta.