Cuando el marketing vence a la sencillez del pan con miel de Sabastian Sawe
Javier Nieto
abril 28, 2026

Sabastian Sawe ganó el Maratón de Londres en 1:59:30, se convirtió en el primer atleta en bajar de las dos horas en una maratón oficial y rebajó en 1 minuto y 5 segundos el anterior récord mundial de Kelvin Kiptum, fijado en 2:00:35 en Chicago en 2023. El alcance del día fue todavía mayor porque Yomif Kejelcha también corrió por debajo de las dos horas con 1:59:41 y Jacob Kiplimo terminó tercero en 2:00:28, también por debajo de la antigua plusmarca mundial. Y en categoría femenina, la etíope Tigst Assefa firmó otro hito al ganar en 2:15:41 y rebajar en 9 segundos el récord mundial.

La magnitud de lo ocurrido en Londres era suficiente para abrir una conversación mucho más amplia sobre el límite humano, sobre lo que significa correr 42,195 kilómetros a ese ritmo y sobre el camino que había llevado hasta allí a Sawe. Sin embargo, gran parte del relato se desplazó casi de inmediato hacia dos asuntos: la barrera de las dos horas y la zapatilla. El sub-2 oficial pasó a leerse también como un episodio más de la guerra entre Adidas y Nike, del debate sobre las ‘super shoes’ y de la nueva era tecnológica del maratón. Todo eso forma parte del contexto, pero también ha dejado en segundo plano al protagonista y al proceso que había detrás del récord.

El atleta detrás del récord: silencioso, reservado y criado en un entorno sencillo

Sabastian Kimaru Sawe nació el 16 de marzo de 1995 en Barsombe, en el condado keniano de Uasin Gishu, dentro del Rift Valley, una de las zonas históricas del fondo mundial. En 2022 logró el récord keniano de la hora en pista con 21.250 metros y en 2024 ganó el Medio Maratón de Copenhague con 58:05, una de las marcas más rápidas de la historia en esa distancia.

El salto al maratón fue inmediato y muy fuerte. Debutó en Valencia 2024 con 2:02:05, ganó Londres 2025 con 2:02:27 y Berlín 2025 con 2:02:16, antes de romper el récord del mundo en Londres. En la previa, su entrenador, Claudio Berardelli, ya había hablado de él en términos extraordinarios. “Llevo 21 años haciendo este trabajo. No estoy seguro de haber entrenado nunca a un atleta como él”, dijo entonces sobre Sawe.

Sawe creció en una zona rural de Kenia, en una casa sin electricidad, y en su campamento de entrenamiento de Kapsabet le conocen como ‘the silent assassin’ por su carácter reservado y su manera de competir sin grandes gestos previos. De niño, era tan tímido que se escondía en la cocina del colegio antes de competir, hasta que uno de sus profesores le empujó a correr. Ese tono sobrio apareció también después del récord. Sawe explicó que no celebró con alcohol, solo con agua, y que cenó arroz con pollo. Dijo que tenía las piernas algo doloridas, pero la cabeza despejada. También contó que no fue consciente de que iba en ritmo de bajar de las dos horas hasta muy cerca de meta, porque su atención estaba puesta más en competir con Kejelcha que en mirar el reloj. “Lo que hice ayer fue también por él”, dijo después, al reconocer que la presión competitiva entre ambos fue clave para empujar el ritmo hasta ese nivel.

Claudio Berardelli, 200 kilómetros semanales y pan con miel

La figura central detrás del proceso fue Claudio Berardelli, técnico italiano del grupo 2Running y gran conocedor del trabajo en Kenia. Según explicó después de Londres, en las seis semanas previas al récord Sawe promedió más de 200 kilómetros semanales, con un pico de 241 kilómetros, unas 150 millas. “Sabía que estaba muy bien para Berlín, pero no pudo expresarse por las condiciones. Pero cuando empecé a verle correr como estaba corriendo antes de Londres, pensé: aquí puede salir algo especial”, explicó el técnico italiano. En esa misma línea, añadió que Sawe no había alcanzado todavía su techo: “Sabastian no ha llegado a su máximo potencial”.

También en esa preparación había detalles muy simples pero que ayudaban a componer otra imagen del récord. Pan con miel para desayunar antes del récord, una rutina de enorme volumen y un atleta que seguía proyectando una vida austera incluso después de haber hecho historia. El propio Berardelli subrayó que no todo podía reducirse a la fisiología o al material: “Es un ser humano excepcional. Tiene una energía muy positiva, pero al mismo tiempo es muy humilde”. Ese contraste —la sencillez alrededor del corredor y la sofisticación del rendimiento— formaba parte de lo que hacía más potente su récord. No era una historia vacía de laboratorio, sino la de un corredor excepcional llevado al límite por años de entrenamiento y por una preparación minuciosa.

La barrera de las dos horas, la zapatilla y el relato que se impuso

La caída oficial de las dos horas tenía una fuerza simbólica enorme porque convertía en homologable lo que hasta entonces solo había existido en condiciones controladas con Eliud Kipchoge en Viena 2019. Londres hizo oficial una frontera que durante décadas se había tratado como casi intocable, comparable a la milla por debajo de cuatro minutos. Pero al mismo tiempo, el debate giró con fuerza hacia las Adizero Adios Pro Evo 3 de Adidas, el peso del modelo, la espuma, el carbono y la regulación de World Athletics, que optó por limitar grosor de suela y placas en vez de prohibir esta tecnología. Los medios situaron ahí buena parte del tono de la reacción, y el intercambio posterior entre Adidas y Nike terminó de confirmar hasta qué punto la hazaña se leyó también como un episodio comercial.

Ese debate existe y es legítimo, pero no debería haberse comido tanto espacio del relato principal. Lo resumió mejor que nadie Kipchoge al felicitar a Sawe: “Estamos ante el principio de lo que es posible cuando el talento, el progreso y la creencia inquebrantable en el potencial humano se juntan”. Londres no solo dejó un récord del mundo ni una nueva zapatilla de referencia. Dejó también la historia de un corredor reservado, formado lejos del ruido, capaz de llevar el maratón oficial a un territorio que parecía reservado a la ficción. Y quizá ese era el mensaje más poderoso de todos.