El Balón de Oro del ego: cuando el segundo puesto deja de ser motivo de orgullo
Víctor García
septiembre 23, 2025

En un deporte colectivo como el fútbol, el Balón de Oro ha sido durante décadas el símbolo del reconocimiento individual supremo: el mérito personal, el talento, los títulos colectivos, la brillantez, la constancia. Pero en los últimos años esa idea se ha cargado de una exigencia social casi absoluta: ser número uno. Ser segundo, tercero… deja de verse como una medalla histórica para muchos, y se convierte casi en un fracaso, un “no haber llegado”. Y el resultado es una tensión creciente, no solo deportiva, sino emocional, mediática, moral, como se puede ver en el llamativo caso de Lamine Yamal, segundo tras Ousmane Dembélé. Algo similar ocurrió también el año pasado, con Vinicius Junior, y más atrás con Cristiano Ronaldo.

En la gala del Balón de Oro 2025, Lamine Yamal, de 18 años, recibió el Balón de Plata. Algunos lo celebraron: segundo mejor jugador del mundo siendo tan joven y ganar de nuevo el Trofeo Kopa al mejor jugador sub-21. Algo único que algunos otros lo vieron como una derrota, empezando por su padre, Mounir Nasraoui, quien al día siguiente explotó ante los medios y en redes: “Es el mayor daño moral a un ser humano. Lamine Yamal es el mejor jugador del mundo con muchísima diferencia… No porque sea mi hijo, sino porque lo es. No hay rivales”, y “aquí ha pasado algo muy raro”. Es el antidiscurso inspirador.

Segundo, muy lejos de fracasar

No es la primera vez que alguien queda segundo y se le trata como si su vida deportiva dependiera de no haber ganado. En 2024, Vinícius Junior, con un rendimiento espectacular, quedó en segunda posición y sufrió duras burlas de parte de aficionados y medios. Esa presión, ese escrutinio, parece ya parte del guion cuando no eres el elegido con el primer lugar. Su club, el Real Madrid, incluso decidió no asistir a dicha gala -hecho que ha repetido en esta edición- como protesta a lo que ellos consideraron un hecho extraño puesto que siempre les habían hecho creer que el ‘7’ blanco iba a recibir el máximo galardón. ¿Qué ocurre si finalmente es segundo?

Cómo se decide el Balón de Oro

Para entender parte de la polémica, conviene recordar cómo funciona la votación:

  • Organizado por ‘France Football, desde 2024 co-organizado con UEFA.

  • El periodo que se evalúa abarca la temporada (desde agosto hasta julio del año siguiente).

  • Los criterios oficiales anunciados son: rendimiento individual, logros colectivos (club y selección), y ‘fair play’ en el comportamiento.

  • Participan cientos de periodistas especializados de todo el mundo, cada uno hace su ranking de jugadores y asigna puntos (primer puesto, segundo, etc.). Al final quien acumula más puntos gana. En caso de empate, cuentan los primeros puestos, luego los segundos, etc.

El problema de la exageración del “primer puesto”

Aquí hay un trasfondo cultural mayor: vivimos en una sociedad que, en muchos ámbitos, exige ser el número uno. En lo laboral, en lo académico, en el deporte, en las redes sociales… Esa mentalidad hace que el segundo pueda verse socialmente como un ‘primer perdedor’. Pero, ¿desde cuándo ser segundo del mundo en algo está mal?

Mientras los organismos olímpicos, federaciones internacionales y organizaciones deportivas insisten en valores de equipo, solidaridad, sacrificio compartido, convivencia, el Balón de Oro parece contaminarse de ego, de una falsa espectacularidad y de una desconexión con la realidad colectiva. Porque el fútbol es colectivo: son equipos los que juegan, clubes, ligas, selecciones; pero el premio es individual, y eso lo hace más frágil ante la interpretación.

Uno contento y el resto enfadados

Al final, el Balón de Oro debería ser motivo de celebración: un reconocimiento único, un momento para honrar el esfuerzo individual dentro del contexto colectivo. Pero lo que ahora parece más frecuente es que genere divisiones, críticas, vergüenza para quien no gana, enojo incluso para quien merece reconocimiento.

Quizás lo que falla no es el premio, ni su organización, ni incluso sus votaciones, sino más bien la importancia exagerada que la sociedad le otorga. El Balón de Oro no debería ser un espejo del ego colectivo, sino una vitrina de la excelencia, del mérito, del deporte compartido.

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