El espejo incómodo tras el partido de tenis entre Nick Kyrgios y Aryna Sabalenka
Víctor García
diciembre 29, 2025

El domingo dejó una de esas imágenes que dicen mucho más de lo que aparentan. Los tenistas Nick Kyrgios y Aryna Sabalenka compartieron pista en una nueva versión de la llamada Batalla de los Sexos, disputada en Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, ante la mirada de 17.000 espectadores. El resultado fue lo de menos, aunque quedó reflejado en el marcador: 6-3 y 6-3 para Kyrgios, en un partido que duró poco más de una hora.

Conviene empezar por ahí. No era un torneo, no había puntos en juego, ni ranking, ni nada que se le pareciera. Fue un evento diseñado con un propósito puramente comercial y de entretenimiento, una exhibición pensada para vender entradas y derechos televisivos, generar conversación y ocupar espacio mediático. Teatro, no deporte. O, si se prefiere, deporte entendido como show, no como competición.

A partir de ese punto, todo lo que vino después —y especialmente lo que se escribió— empezó a torcerse. Parte de la prensa, y muchos aficionados, cayeron en la trampa de comparar lo incomparable. Se habló de niveles, de superioridad y de mensajes implícitos sobre el tenis masculino y femenino, como si el resultado o el desarrollo del partido tuviera algún valor analítico real. No lo tenía. Nunca lo tuvo.

Teatro frente a un documental…

La diferencia de masa muscular, de genética, de velocidad de bola o de explosividad no es una opinión ni un posicionamiento ideológico: es biología. Y mezclar esos factores con debates deportivos serios no sólo es un error, es una falta de rigor. Nadie analiza una obra de teatro como si fuera una prueba científica ni juzga a un actor por no comportarse como en la vida real. Aquí ocurrió algo parecido.

Desde un punto de vista técnico o táctico, el partido apenas daba para un par de anécdotas: intercambios pactados, gestos para la galería, sonrisas, un ritmo pensado más para el público que para la exigencia competitiva. Nada que invite a conclusiones profundas ni, desde luego, a sentencias deportivas. Si la WTA o ATP tienen algo que mejorar o de lo que sentirse orgullosos, no es por algo que proceda de este duelo.

¿Humillación del tenis femenino?

En redes sociales, como era previsible, hubo quien aprovechó la ocasión para realizar una humillación del tenis femenino, utilizando un espectáculo como si fuera una prueba definitiva de algo que nunca estuvo en juego. No desde el análisis, sino desde la mala fe, la simplificación interesada o una mirada torcida que necesita vencedores y vencidos incluso cuando no los hay.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿ha hecho esto más mal que bien? Como espectáculo, probablemente cumplió su función. Y, por supuesto, peor hubiera sido evitar este choque sólo por el qué dirán… Eso sí, tal y como está hoy en día el mundo, lamentablemente el partido deja dudas como mensaje social. Cuando se presenta entretenimiento como si fuera realidad competitiva, el resultado suele ser confusión para la masa. Y la confusión es terreno fértil para los discursos más pobres.

Este partido ha servido, una vez más, como espejo incómodo. No tanto del tenis, sino de nosotros mismos. De una sociedad que consume entretenimiento de cartón, con trampa, sin detenerse a pensar qué está viendo ni por qué. Pensar exige esfuerzo, matices y tiempo. Y eso, hoy, parece un peaje que muchos prefieren no pagar.

Sin duda, no es la mejor elección para explicar la igualdad de género a quienes no creen en ella.

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