Irán, Trump y el Mundial 2026: la prueba más incómoda para la FIFA
SportsIn
marzo 11, 2026

Gianni Infantino aseguró el miércoles, tras reunirse con Donald Trump, que el presidente de Estados Unidos le reiteró que Irán es “bienvenido” al Mundial 2026. La frase, sin embargo, no cierra la discusión: la abre. Si una selección ya clasificada necesita una confirmación política extraordinaria para competir en el torneo, la cuestión deja de ser solo deportiva y pasa a poner el foco sobre quién garantiza realmente su presencia, la FIFA o la Casa Blanca.

Ahí aparece el primer contraste de fondo. El deporte internacional, y muy especialmente el olimpismo, se presenta como un espacio de respeto, amistad y convivencia incluso entre países enfrentados, unos valores que el Comité Olímpico Internacional -COI- sigue definiendo como parte central de su ideario. Pero el caso de Irán obliga a medir la distancia entre ese lenguaje y la política real: una selección llamada a jugar en suelo estadounidense en plena guerra o inmediatamente coloca a la FIFA ante la obligación de demostrar que una selección clasificada no depende de la voluntad política del país anfitrión para competir con normalidad.

La universalidad del fútbol no puede depender de una frase de Trump

Ese es precisamente el punto en el que la responsabilidad de la FIFA y de Infantino deja de ser retórica. No debería ser Trump quien marque simbólicamente si Irán puede o no estar en el torneo, sino la propia FIFA quien garantice desde el principio que toda selección clasificada podrá competir con normalidad. Si el máximo responsable del fútbol mundial se limita a trasladar el mensaje del anfitrión, el riesgo es evidente: que la autoridad real del torneo parezca desplazarse desde el organismo que lo organiza hacia el poder político del país que lo acoge.

Además, el problema no se resuelve con una fórmula diplomática. Irán tiene programados sus tres partidos de grupo en Estados Unidos, concretamente en Inglewood y Seattle, y el sistema del Mundial 2026 remite a los requisitos migratorios y de entrada ordinarios de cada país anfitrión. Eso significa que no basta con afirmar que el equipo será admitido: también hay que asegurar visados, desplazamientos, seguridad, preparación deportiva y condiciones comparables a las del resto de selecciones. Si una delegación entra en el país, pero vive el torneo como una excepción, ¿lo harán entonces en igualdad competitiva?

La cuestión no es solo si juega Irán, sino en qué condiciones lo hará

La pregunta se amplía todavía más cuando se mira más allá del vestuario. ¿Puede decirse de verdad que una selección es bienvenida si sus aficionados, familiares o parte de su entorno no lo son? El Mundial no lo juegan solo 26 futbolistas y un cuerpo técnico. También lo sostienen quienes viajan para acompañarles, quienes llenan las gradas y quienes convierten la competición en un acontecimiento global.

La propia FIFA ha asumido compromisos públicos en materia de derechos y acceso para el Mundial 2026, incluidos marcos sobre no discriminación y atención a riesgos para participantes y espectadores. Por eso, el debate no pasa solo por saber si Irán podrá jugar, sino por determinar si el organismo está dispuesto a garantizar que lo haga en un entorno seguro, estable y reconocible como un Mundial.

El precedente de Indonesia convierte el caso en una prueba de coherencia

La incomodidad para FIFA aumenta cuando aparece el precedente de Indonesia. En marzo de 2023, el organismo retiró al país la sede del Mundial sub-20 después de la controversia generada en torno a la participación de Israel. Aquella decisión dejó fijado un principio de fondo: una sede no puede bloquear la presencia de una selección clasificada. Por eso, la pregunta ahora resulta inevitable. ¿Aplicaría FIFA el mismo criterio con Estados Unidos que aplicó con Indonesia, o la condición de superpotencia del anfitrión cambia de hecho el margen de exigencia?

El caso de Irán no mide solo la capacidad de FIFA para sacar adelante un torneo gigantesco pese a la inestabilidad internacional. Mide, sobre todo, su disposición a ejercer autoridad frente al poder político del anfitrión. Si el fútbol quiere seguir presentándose como un espacio deportivo con valores, no puede bastarle con repetir que todos son bienvenidos. Tiene que demostrar quién tiene la última palabra cuando esa promesa entra en conflicto con la realidad.