Italia no estará en el Mundial de 2026 y el dato, por sí solo, ya sitúa el golpe en una dimensión excepcional. La derrota ante Bosnia y Herzegovina en la repesca, resuelta en la tanda de penaltis, deja a la ‘Azzurra’ fuera de la Copa del Mundo por tercera edición consecutiva, una anomalía difícil de encajar en una selección con cuatro títulos mundiales y una de las trayectorias más influyentes del fútbol europeo.
La eliminación ha hecho explotar una crisis que venía de mucho antes. Lo que se discute ahora en Italia no es solo quién debe asumir responsabilidades inmediatas, sino si el calcio será capaz de detenerse de verdad para acometer una reforma profunda o si volverá a optar por soluciones de urgencia, con la próxima edición de la Eurocopa en menos de dos años. Alessio Lisci, actual entrenador de Osasuna tras su etapa de formación y crecimiento en España, lo resumió así: “Si una selección y un país como Italia, que a nivel histórico es de las mejores selecciones del mundo, no te digo la mejor, pero a nivel de historia lleva tres mundiales seguidos sin ir, entonces el problema es grande, es muy grande. Hace falta parar y cambiar muchas cosas”. La pregunta es si Italia sabrá hacerlo y, sobre todo, si tendrá paciencia para realizar este cambio tan necesario.
Dimisiones, presión política y una crisis que ya no se puede maquillar
El primer impacto del fracaso ha sido institucional. Gabriele Gravina presentó su dimisión como presidente de la Federación Italiana de Fútbol -FIGC-, Gianluigi Buffon dejó su cargo como jefe de delegación y Gennaro Gattuso renunció también como seleccionador. La cadena de salidas ha colocado a la federación ante un relevo de poder inmediato, con elecciones convocadas para el 22 de junio, y ha confirmado que esta vez la sacudida no se ha interpretado como una simple decepción deportiva. De momento, Italia ha reaccionado como parece que debe hacerlo.
El diagnóstico, en cualquier caso, no se agota en las renuncias. Andrea Abodi, ministro de Deportes, reclamó una reconstrucción desde la cúpula de la FIGC, mientras Aleksander Ceferin elevó la presión al advertir de que Italia podría incluso perder la Eurocopa 2032 si no resuelve a tiempo sus problemas de infraestructuras. En ese contexto, vuelven a cobrar sentido las palabras de Lisci sobre los tiempos de una reconstrucción real: “(Para) volver a cambiar se necesita tiempo y paciencia, ¿cuál es el problema? que ahora cuando venga la Eurocopa, pues Italia querrá ir a la Eurocopa y ganar la Eurocopa con un equipo que lleva años sin clasificarse al Mundial. (…) cuando es tan grave la situación». Ahí aparece una de las contradicciones centrales del fútbol italiano: necesita una reforma profunda, pero convive con la exigencia permanente de volver a ganar de inmediato.
Una liga potente, pero cada vez menos italiana
Una parte importante del debate apunta a la propia estructura de la Serie A. Italia sigue teniendo una de las grandes ligas de Europa, con clubes de peso histórico, capacidad competitiva y un alto nivel de atracción internacional, pero esa fortaleza no se traduce necesariamente en una base amplia de futbolistas italianos decisivos para la selección. Lisci lo plantea de forma directa: “Es evidente que la cantidad de extranjeros que juegan en Italia. Porque la liga italiana tiene un nivel alto, pero es la liga con más extranjeros de las top 5 ligas”.
Ese fenómeno no responde a un límite general especialmente estricto, sino más bien a lo contrario. En Serie A no existe un tope oficial al número total de extranjeros en plantilla. La norma obliga a que, dentro de la lista principal de 25 jugadores, haya al menos cuatro “formados en el club” y cuatro “formados en Italia”, mientras los sub-23 pueden competir fuera de esa lista. El límite más concreto afecta a los futbolistas de fuera de la UE/EEE que llegan del extranjero: en general, los clubes pueden inscribir hasta dos por temporada, con determinadas casuísticas, y hasta tres si a 30 de junio no tenían ninguno en propiedad. Pero ni “formado en el club” ni “formado en Italia” equivale necesariamente a ser italiano, y esa diferencia ayuda a explicar por qué varios grandes mantienen plantillas tan internacionalizadas. En la foto pública de 2025/26, Milan aparece con 18 extranjeros de 23 jugadores, Inter con 16 de 24, Juventus con 18 de 25, Napoli con 17 de 26, Lazio con 18 de 29 y Roma con 19 de 27. Pero no son solo los equipos que habitualmente luchan por estar en lo alto de la tabla los que suman tantos extranjeros en su plantilla, también ocurre con la revelación de este año, el Como de Cesc Fábregas, con 21 extranjeros en su plantilla actual, el Udinese, 25 de 30, el Genoa 18 de 26, el Torino: 24 de 30, o alguna ‘excepción’ si se le puede llamar así, como el Atalanta, 14 de 24, o el Bologna: 17 de 27.

La cantera italiana, entre la protección del talento local y un modelo difícil de resumir
El propio Lisci amplía esa mirada al fútbol base: “Luego las canteras están repletas de extranjeros, sobre todo las top, y es otro problema, no hay segundos equipos, que es otro problema”. En cantera, sin embargo, la situación es menos simple de resumir que en el primer equipo. No aparece una norma única y limpia del tipo “máximo X extranjeros”, sino un marco más disperso, vinculado al tesseramento de “giovani stranieri”, a la normativa federativa y a las reglas FIFA de protección de menores. El control, por tanto, no se articula tanto a través de un tope universal como por la vía del registro, la elegibilidad y las excepciones aplicables a menores.
En el Primavera 1 sí han ido apareciendo reglas de composición de lista orientadas a reforzar el peso del talento local, aunque sin un texto público tan claro como el de la Serie A para resumirlo con la misma precisión jurídica. Aun así, la fotografía de las plantillas juveniles sí muestra una diferencia con respecto a los primeros equipos. En los datos públicos actuales, Inter Primavera figura con 10 extranjeros de 28 jugadores, Milan Primavera con 4 de 33, Roma Primavera con 4 de 28, Lazio U20 con 6 de 28, Napoli Primavera alrededor de 5 de 39 en una de las referencias consultadas, y Juventus Primavera con una proporción más alta, en torno a 13 de 29. La lectura general es que la internacionalización también existe en cantera, pero el salto se acentúa claramente al llegar al primer nivel profesional. Está claro que si estos jugadores italianos no tienen luego cabida en el primero equipo, la cantera no tiene la validez que precisa.
Italia ya no produce el mismo tipo de estrella
La crisis italiana también se refleja en el tipo de futbolista que hoy llega a la selección absoluta. Durante años, Italia sostuvo su peso competitivo sobre generaciones que acumulaban talento, jerarquía y personalidad en casi todas las líneas, con nombres como Francesco Totti, Andrea Pirlo, Paolo Maldini o Alessandro Del Piero. En el presente, el único nombre que se aproxima a ese rango internacional, por estatus y rendimiento, es Gianluigi Donnarumma. Italia mantiene un portero de élite, probablemente uno de los mejores del mundo, pero no encuentra en el resto del campo una figura claramente desequilibrante, un jugador capaz de decidir partidos atascados desde el talento individual.
Lisci conecta esa carencia con cuestiones tácticas y formativas: “no hay segundos equipos, que es otro problema, otro es el sistema del juego, porque en Italia muchísimos clubes juegan con 3-5-2 y esto ha generado que en Italia no existan extremos, no hay un jugador que sea capaz de hacer uno contra uno”. Y lo aterriza con una comparación muy concreta: “Te hago el ejemplo de la última final de España, cuando estaba perdiendo, el partido estaba un poco atascado, Lamine Yamal se mete por dentro y mete gol por la escuadra. En Italia no existe un jugador capaz de hacer eso cuando se le atasca un partido, son muchas cosas que se van sumando”. Ahí se concentra buena parte del problema italiano: no solo faltan resultados, también faltan perfiles, herramientas y un ecosistema de formación que vuelva a producir futbolistas capaces de sostener a una selección histórica en los grandes torneos.
