La ignorada Tregua Olímpica del COI: ¿un gesto simbólico en el peor momento posible?
Víctor García
marzo 6, 2026

El Comité Olímpico InternacionalCOI– ha vuelto a invocar la tregua olímpica con motivo de los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milano Cortina 2026 que han comenzado este 6 de marzo. Lo ha hecho a través de un comunicado institucional, correcto en las formas y alineado con los principios del olimpismo, pero también algo sorprendente por la tibieza en el fondo que sólo un papel puede dar. No tiene fuerza, pegada ni tampoco parece que se lance con optimismo. El mensaje recuerda que el deporte debe ser un “faro de esperanza” y pide a los Estados que faciliten el paso seguro de los atletas hacia los Juegos. Nada que no se haya dicho antes. Nada que sugiera que el mundo actual esté en condiciones de escuchar. Y nada hace pensar que se vaya a respetar.

Quizás este sea uno de los peores momentos para pedir una tregua olímpica por la cantidad de fuegos que hay en todo el mundo. El foco mediático se centra ahora en la escalada entre Estados Unidos e Israel frente a Irán en Oriente Medio, un conflicto que domina titulares y análisis geopolíticos. Pero esa guerra -o ese conjunto de tensiones- que ya ha dejado 1.200 muertos es solo una de las muchas que se libran hoy en el planeta. Algunas reciben atención constante, otras apenas ocupan espacio en la agenda internacional. Sin embargo, todas forman parte de un mismo paisaje global marcado por la violencia armada.

Guerras en todos los continentes del Planeta

Basta con repasar el mapa actual para comprobarlo: en Europa continúa la guerra entre Rusia y Ucrania. En Oriente Medio siguen abiertas múltiples heridas: la guerra entre Israel y Hamás en Gaza, el conflicto en Siria, las tensiones entre Israel y Hizbulá en Líbano, la guerra en Yemen y los enfrentamientos vinculados a Irán en distintos escenarios regionales. En África se mantienen conflictos de enorme crudeza, como la guerra civil en Sudán, la prolongada inestabilidad en Libia, el conflicto en el Sahel que afecta a Mali, Burkina Faso y Níger, la violencia en Somalia frente a Al-Shabaab, la insurgencia en Mozambique, o la guerra en el este de la República Democrática del Congo. También continúan conflictos menos visibles como el de Etiopía tras la guerra de Tigray, el de la República Centroafricana o la insurgencia en Nigeria contra Boko Haram.

En Asia la situación tampoco es más estable: Afganistán vive una situación de violencia crónica tras la retirada internacional, Myanmar continúa inmersa en una guerra civil tras el golpe militar de 2021 y la tensión permanente entre India y Pakistán por Cachemira nunca ha desaparecido. Incluso en América Latina existen focos de violencia armada vinculados a conflictos internos o a grupos armados, como en Colombia o algunas regiones de México, aunque se definan de otra forma…

Ante este panorama, la Tregua Olímpica -una tradición que se remonta a la antigua Grecia- parece hoy más un protocolo que sugerir por parte del COI, aunque sin ningún indicio real de que vaya a influir en la política internacional. El propio COI lo reconoce implícitamente: la resolución de la ONU que respalda la tregua es aspiracional y no vinculante. Nadie está obligado a cumplirla. Nadie es sancionado por ignorarla. Y el organismo olímpico no tiene mecanismos para exigir su aplicación.

Otra cuestión de fondo es si la Tregua Olímpica ha perdido fuerza en el mundo contemporáneo o si simplemente el mundo ha cambiado demasiado como para que tenga impacto. El ideal olímpico se basa en que el deporte puede unir a los pueblos, suspender los conflictos y recordar que existe un terreno común. Pero en una sociedad hiperpolitizada y geopolíticamente fragmentada, el deporte se ha convertido también en un escenario más de poder.

La llama olímpica en los despachos políticos

Los gobiernos lo saben y lo utilizan. Celebran las medallas como símbolos nacionales, proyectan su imagen a través de grandes eventos deportivos y, cuando conviene, convierten el deporte en instrumento diplomático o propagandístico. En ese contexto, cabe preguntarse si todavía queda una llama olímpica verdaderamente honesta en los despachos de los líderes políticos. Cuando un atleta gana una medalla, ¿la celebran los dirigentes por lo que representa para su gente o por lo que puede aportar a su propio relato político? ¿Ven el deporte como un espacio de encuentro o como otro terreno de competencia entre naciones?

Quizá por eso la petición del COI suena hoy tan frágil. No porque el ideal olímpico haya dejado de tener sentido, sino porque el mundo actual parece cada vez menos dispuesto a escucharlo. La Tregua Olímpica sigue siendo una idea poderosa, pero cada vez más simbólica. No sé si algún día volverá a tener la fuerza suficiente para detener, aunque sea por unas semanas, el ruido de las guerras. Parece también que haya que utilizar una pistola para imponer la Paz Olímpica…