Liz Lemley, la campeona olímpica que vuela dentro y fuera de las pistas de esquí
Javier Nieto
marzo 5, 2026

Elizabeth “Liz” Lemley llegó a Livigno con una temporada marcada por la recuperación y salió con el oro olímpico en mogul de Milano Cortina 2026. La estadounidense ganó en su debut en unos Juegos tras recuperarse de su lesión de rodilla por una rotura del ligamento cruzado anterior. Mientras el resultado se hacía oficial, ella seguía dándole vueltas a una idea que aún le cuesta decir en voz alta: “Sigo imaginándome presentándome: ‘Hola, soy campeona olímpica’, y me parece una locura”.

La victoria no fue el final de una historia, sino el punto de encuentro de varias: la niña que se subió a unos esquís con nueve meses en Vail, la adolescente que se acostumbró al vértigo de la competición muy pronto y la deportista que volvió a tiempo para llegar a unos Juegos. “Esta temporada, sobre todo al volver de la lesión, el objetivo fue progresar poco a poco hasta mi mejor versión, que sería aquí”, explicó. “Creo que lo clavé perfectamente”.

Una vida de altura: la niña de Vail que aprendió a volar

En casa de los Lemley, el aire y la nieve han convivido desde siempre. Su padre, Wayne Lemley, piloto, se enamoró de los baches viendo los Juegos de Salt Lake City y convirtió esa fascinación en rutina familiar. A Liz, además de entrenamientos, le tocó crecer con planes de vuelo. “Tiene una avioneta y a veces me lleva volando a competiciones o a entrenar”, contó durante los Juegos. “Me ha apoyado literalmente en todo… me ha dado todas las oportunidades”.

Hay una escena que ella recuerda como si fuera un detalle doméstico más, pero que explica bien su relación con la altura: “Él empezó cuando yo tenía tres años. Nos llevaba a mi hermano y a mí detrás, en el avión de entrenamiento, con el instructor y mi padre delante”. Lo dice riéndose, con esa mezcla de normalidad y asombro con la que habla de casi todo lo que le ha pasado: “Aprendía a volar con nosotros en el asiento de atrás”.

En su vida, esa afición de estar por el aire también la ha heredado fuera de la pista. Lemley obtuvo la licencia de piloto con 17 años y no lo presenta como una afición decorativa, sino como una segunda vocación. Ha hablado de su interés por entrar en la Air Force y de su curiosidad por trabajar algún día en SpaceX, una mezcla poco habitual en una campeona olímpica que todavía está aprendiendo a convivir con el oro.

El golpe que lo paró todo: del doble oro juvenil al quirófano

En la pista, su historia deportiva también fue rápida. Llegaron los títulos juveniles, el salto a la élite y la sensación de que el calendario iba de su lado, hasta que el cuerpo frenó en seco: rotura del ligamento cruzado anterior, operación y una rehabilitación que, en la práctica, le borró una temporada entera. Cuando por fin se confirmó su plaza olímpica, la noticia todavía parecía ajena. “Todavía no me ha terminado de calar”, dijo. “Conseguir esa llamada es un sueño hecho realidad”.

Lemley no habla de la lesión como un drama, sino como un periodo largo en el que hubo que sostener la cabeza, el cuerpo y la paciencia. “Estoy orgullosa de volver después de una lesión de ACL”, resumió antes de la final, casi como quien marca un punto de control. Ya en los días previos en Livigno, su lenguaje era el de alguien que había aprendido a medir el progreso sin atajos: “Esta temporada… el objetivo fue progresar poco a poco”, insistía.

El siguiente reto: la universidad

El oro llegó con una bajada que ella describe más desde el proceso que desde la épica. En lugar de hablar de milagros, Lemley vuelve a la idea del trabajo acumulado y de la gente que la sostuvo cuando no había podios. “Es un momento increíble no solo para mí, sino para todos los que me han apoyado en cada paso”, dijo tras ganar. “Es increíble compartirlo con ellos después de todo nuestro trabajo”.

Con el título ya colgado, no escondió que también le atrae el papel de contar lo que hace y abrir el deporte a otros. “Hay muchísimo que contar del esquí de mogul”, explicó. “Quiero hablar de esto con todo el mundo porque he pasado mucho tiempo pensando en ello”. Y remató con una frase que suena a intención más que a eslogan: “Es muy guay y quiero compartirlo”.

Cuando piensa en lo que viene, aparece otro cambio de escenario: la universidad. Fue admitida en Oberlin College y aplazó el inicio de sus estudios para preparar los Juegos. La forma en la que lo explica no tiene tono de anuncio, sino de expectativa personal. “Para la mayoría, ir a la universidad significa conocer gente nueva, y para mí no es diferente”, dijo. “Tengo ganas de salir de mi burbuja y conocer a todo tipo de personalidades”.