El show en el descanso de la Super Bowl 2026 fue seguido por 128,2 millones de espectadores. La cifra convierte la actuación en uno de los descansos más vistos de la historia del evento de la NFL. Pero el impacto no fue solo musical. Bad Bunny utilizó el mayor escaparate deportivo de Estados Unidos para lanzar un mensaje que mezcló identidad cultural, presencia del español y una frase final proyectada en pantalla: “Lo único más poderoso que el odio es el amor».
Aunque no fue el único: «Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y, si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX, es porque nunca dejé de creer en mí», dijo durante su presentación. Poco después recitaba como «quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya», en una canción que denuncia la presión que viven los habitantes de Puerto Rico por la gentrificación, así como la pérdida de cultura que vivió el archipiélago de Hawái tras convertirse en estado de EE.UU. De estos y muchos otros mensajes se seguía hablando una semana después. No del marcador, ni siquiera únicamente del espectáculo, sino del mensaje.
Un mensaje global amplificado por el deporte
La Super Bowl es el evento televisivo anual más visto en Estados Unidos y uno de los más seguidos del planeta. El precio de los anuncios de 30 segundos supera los siete millones de dólares, lo que da dimensión del escaparate. En ese contexto, el escenario deportivo se convierte en plataforma cultural. El mensaje proyectado al final de la actuación no se quedó en el estadio: fue reproducido en informativos, editoriales y redes sociales durante días.
El eco fue más allá del entretenimiento. En Puerto Rico se organizaron visionados colectivos y celebraciones públicas, mientras que medios internacionales analizaron el significado simbólico de un artista latino actuando en español ante más de 128 millones de espectadores. El deporte funcionó como catalizador de identidad, comunidad y conversación global.

Impacto medible: audiencia, economía y conversación
Al día siguiente de la actuación, sus reproducciones en streaming en Estados Unidos aumentaron un 175%, según datos recogidos por medios económicos estadounidenses. El deporte había amplificado algo más que un concierto: había multiplicado una narrativa. No se trata solo de espectáculo: es conversión en consumo, conversación y presencia cultural sostenida.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y quien este año no asistió al evento, también ayudó, aunque no a propósito, a propagar los mensajes de Bad Bunny al calificar su actuación como «absolutamente terrible, ¡una de las peores de la historia!», según publicó en su plataforma Truth Social. «Nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo», aseguró Trump.
El efecto llegó incluso a ámbitos inesperados. El pasado 6 de febrero, Ronald Aldon Hicks, de 58 años, fue designado arzobispo de Nueva York ante más de 2.000 fieles y autoridades. En su intervención, sorprendió al citar una frase asociada a la canción “NUEVAYoL” de Bad Bunny: “Si te quieres divertir con encanto y con primor sólo tienes que vivir un verano en Nueva York”. La referencia, en uno de los templos católicos más emblemáticos de Estados Unidos, evidenció que el mensaje del artista había traspasado la frontera del espectáculo deportivo para instalarse en el debate social y cultural.
No es el artista: es la estrategia
La cuestión no es Bad Bunny. La cuestión es entender lo que ocurre cuando el deporte cede su foco a un relato que conecta con capas sociales que no siempre consumen competición pura. La mezcla de espectáculo, identidad y mensaje convierte el evento en algo transversal. La NFL no pierde protagonismo: lo amplifica. El deporte se convierte en escenario de cultura popular.
Federaciones y ligas buscan audiencias nuevas, impacto digital y presencia en conversación pública. La Super Bowl demostró que un mensaje lanzado desde el corazón de un evento deportivo puede llegar a millones de hogares, generar crecimiento económico medible y seguir resonando días después en ámbitos tan distintos como la música, la política o la religión. La pregunta no es si debes llamar a Bad Bunny. La pregunta es qué relato estás dispuesto a proyectar cuando tengas un escenario deportivo capaz de reunir a más de 128 millones de personas frente a la misma pantalla.




