El gobernador de Utah, Spencer Cox, parte de la delegación anfitriona de los Juegos de 2034, resumió en Milán una incomodidad que se repitió en zonas mixtas y ruedas de prensa cuando le preguntaron si Milano Cortina 2026 se había politizado. “Odio las preguntas que los medios les hacen a los atletas”, dijo. “Son chavales que están ahí fuera compitiendo. Creo que deberíais preguntarles por su deporte. Dejad que los políticos se ocupen de la política”. En la misma comparecencia, Cox añadió: “Nos encantan nuestros atletas y estamos agradecidos por ellos… Me gusta que vivamos en un país donde la gente puede decir lo que piensa… Nos importa la unidad”.
La frase sirve como punto de partida para una pregunta incómoda que atraviesa estos Juegos: si el escaparate empuja el debate hacia la pista, ¿de verdad los deportistas quieren callarse, o cada vez son más quienes deciden contestar? Con el Mundial 2026 a celebrarse en Estados Unidos, Canadá y México, y con los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 a poco más de dos años vista, el contexto político estadounidense vuelve a asomarse al calendario deportivo, con Donald Trump en la Casa Blanca y con asuntos como migración, guerras y derechos civiles ya instalados en el relato público.
“Que pregunten de deporte”… ¿y si no les dejan?
En Milano Cortina 2026 se vio un patrón: atletas intentando acotar el foco a la competición mientras el entorno político y mediático ampliaba el marco. El propio Cox defendió que “hay muchas divisiones” y que “nos importa la unidad”, pero el reparto de papeles se volvió borroso cuando la conversación saltó del hielo a las redes y volvió a los estadios. En ese clima, el presidente Trump respondió a declaraciones de deportistas y se apoyó en símbolos deportivos: tras unas palabras del esquiador Hunter Hess, publicó: “El esquiador olímpico estadounidense Hunter Hess, un auténtico perdedor, dice que no representa a su país… Si ese es el caso, no debería haber intentado formar parte del equipo… ¡Muy difícil apoyar a alguien así!”. Y el lunes, un día después de la final de hockey masculina entre Estados Unidos y Canadá, difundió un vídeo generado por inteligencia artificial en el que aparecía con la camiseta de USA golpeando a un rival canadiense antes de marcar.
El caso de Eileen Gu mostró cómo esa presión puede caer sobre decisiones deportivas tomadas años antes. Nacida en San Francisco y representante de China, la esquiadora respondió en Italia a las críticas del vicepresidente JD Vance con una mezcla de ironía y precisión: “Me siento halagada. Gracias, JD. Qué dulce”, dijo, antes de añadir: “Me siento como un saco de boxeo para una parte de la política estadounidense ahora mismo”. Gu fue más directa al explicar el foco sobre su elección: “Mucha gente compite por un país diferente… solo tienen un problema conmigo porque meten a China en una especie de entidad monolítica y odian a China. Así que no va realmente de lo que dicen que va”. Y remató: “Y también, porque gano”.

Cuando la identidad pesa más que el marcador
En un plano distinto, Alysa Liu dejó un relato menos centrado en consignas y más en biografía, control personal y límites con el ruido exterior. Con el oro colgado, la patinadora habló de su ruptura con el deporte tras Beijing 2022 y del desgaste de la exposición: “Odiaba patinar cuando lo dejé. No me importaban las competiciones… Odiaba la fama. Odiaba las redes sociales. No me gustaban las entrevistas. Odiaba todo eso”. En su regreso, su prioridad no fue el resultado sino la autonomía: “Proteger mi identidad es mi objetivo principal… Ser una persona con los pies en el suelo es lo que me mantiene”.
Esa misma tensión apareció en el debate interno de Team USA alrededor de migración y del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos -ICE-. Hess explicó su posición antes de la ceremonia inaugural: “El hecho de llevar la bandera no significa que represente todo lo que está pasando en Estados Unidos”. Y añadió: “Para mí, se trata de representar a mis amigos y a mi familia… Si está alineado con mis valores morales, siento que eso es lo que represento”. El campeón olímpico Chris Lillis marcó una línea similar: “Amo a Estados Unidos. Nunca querría representar a otro país en los Juegos Olímpicos”, antes de precisar: “Me rompe el corazón lo que está ocurriendo… Espero que cuando la gente vea competir a los atletas entienda que esa es la América que intentamos representar”. En paralelo, Gus Kenworthy, ahora con Team GB, elevó el tono sobre ICE: “Personas inocentes han sido asesinadas y ya es suficiente… No podemos quedarnos esperando mientras ICE continúa operando con poder sin control en nuestras comunidades”, y pidió a los senadores “límites reales y mecanismos de rendición de cuentas”.
Regla 50: el límite que no se negocia
En el terreno institucional, el Comité Olímpico Internacional -COI- volvió a invocar la Regla 50 y sus directrices sobre expresión en zona de competición con el caso del ucraniano Vladyslav Heraskevych, descalificado tras negarse a retirar un casco con imágenes de atletas muertos en la guerra. “Estas personas sacrificaron sus vidas y por eso puedo estar aquí hoy. No las voy a traicionar”, dijo. El portavoz del COI, Mark Adams, defendió la aplicación estricta del criterio: “Queremos que todos los atletas tengan su momento… Entendemos su dolor y queremos que lo exprese, pero en la zona de competición no se permite ningún mensaje”. La presidenta del COI, Kirsty Coventry, se reunió con el deportista y reconoció la carga del gesto: “Nadie está en desacuerdo con el mensaje. Es un mensaje poderoso de recuerdo… El problema era encontrar una solución dentro del terreno de juego. Lamentablemente, no pudimos”.
La tensión con Ucrania no terminó ahí. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Heorhii Tykhyi, pidió una investigación interna al COI después de que una voluntaria nacida en Rusia, Anastasia Kucherova, portara el cartel de Ucrania en la ceremonia de apertura. “El hecho de que el COI eligiera a una persona rusa para llevar el cartel de Ucrania es despreciable. Va más allá de cualquier moralidad humana o de cualquier principio”, afirmó en una comparecencia oficial, junto a una petición de disculpas y aclaraciones sobre quién autorizó la decisión. Kucherova explicó después su elección: “Cuando caminas junto a estas personas, entiendes que tienen todo el derecho a sentir odio hacia cualquier ruso. Sin embargo, creo que es importante hacer aunque sea un pequeño gesto para mostrar que quizá no todas las personas piensan igual”.
Con el Mundial 2026 y los JJOO de Los Angeles 2028 en el horizonte, el interrogante se desplaza de sede, no de fondo: ¿será un entorno seguro para aficionados si las protestas se concentran en ciudades anfitrionas?, ¿puede afectar la percepción a turismo y compra de entradas?, ¿qué espacio quedará para que jugadores y selecciones eviten pronunciarse cuando el debate ya esté fuera del estadio? En paralelo, Ucrania sigue en la repesca y su posible presencia en el torneo añade una capa de atención simbólica a un verano que vuelva a servir como altavoz.




