Tom Walsh volvió a hacer historia el domingo al revalidar su título mundial indoor en lanzamiento de peso y alcanzar su séptima medalla mundial bajo techo, en World Athletics, una cifra que ningún otro atleta masculino había logrado hasta ahora. El dato agranda todavía más el palmarés del neozelandés, pero también sirve para mirar con otra perspectiva a un deportista al que durante años se ha entendido casi solo desde sus marcas, sus medallas y su potencia en el círculo. Detrás de ese competidor feroz hay una vida hecha de granja, disciplina, celos de juventud, bloqueos mentales, orgullo nacional y una búsqueda más reciente de equilibrio fuera del atletismo.
Antes de ser uno de los grandes nombres del peso mundial, Walsh fue un niño criado en el campo, rodeado de perros, ovejas, ganado y una rutina muy alejada de la imagen del atleta construido solo para competir. En sus recuerdos aparecen el fútbol como primer deporte, el críquet al mismo tiempo, el rugby, el hockey y un gusto natural por probarlo todo. También asoma pronto ese tono directo y sin adornos que lo ha acompañado siempre: recordó que de pequeño era más bien un jugador de “dar patadas en los tobillos y llevarse el balón”, y que una de sus primeras visitas al hospital llegó después de meterse la rueda de un coche Matchbox por la nariz. Aquella infancia, entre la vida de granja y el deporte, fue también el lugar donde empezó a formarse una disciplina que luego acabaría sosteniendo toda su carrera.
Una infancia de campo, deporte y disciplina
En ese aprendizaje temprano, sus padres ocupan un lugar central. Walsh ha contado que fueron exigentes con él desde pequeño, no desde la dureza gratuita, sino desde una idea muy clara del compromiso. Si empezaba una temporada, tenía que cumplirla entera; si jugaba en un equipo, no podía fallar a los demás. “No querían que me fallara a mí mismo ni a mis compañeros”, vino a resumir al mirar atrás, y esa educación terminó convirtiéndose en una de las bases de su carácter competitivo. También su padre, Peter, aparece en el origen del lanzador: había practicado peso en su juventud y fue su primer entrenador, aunque Walsh lo recuerda con ironía, reconociendo que no escuchaba demasiado “nada” de lo que le decía, en esa mezcla tan reconocible de aprendizaje y choque entre padre e hijo.
Esa formación no lo convirtió de inmediato en un joven seguro de sí mismo. Durante años, una parte importante de su crecimiento estuvo marcada por la comparación con Jacko Gill, el otro gran nombre joven del peso en Nueva Zelanda. Walsh ha admitido que sintió celos al verlo ganar títulos mundiales de categorías inferiores y convertirse en la referencia del país en su prueba. Con el tiempo, sin embargo, entendió que aquella mirada constante hacia el otro solo lo desgastaba. “Llegarás a darte cuenta, gracias a tus padres y a tu entrenador, de que el éxito solo llega cuando te preocupas de ti mismo y no de los demás”, escribió en una carta dirigida a su yo más joven. En ese mismo ejercicio de memoria dejaba otra de las claves de su evolución: “Centrarte en ti es una forma mucho más sana de afrontar las cosas, y cuando lo hagas verás que tus resultados mejoran”.
Los golpes que le cambiaron por dentro
Uno de los episodios que mejor explican cómo se fue construyendo Tom Walsh llegó en el Mundial sub-20 de Canadá, cuando descubrió que el problema no siempre estaba en el brazo ni en la técnica, sino en la cabeza. En el calentamiento se sentía bien, preparado para lanzar lejos, pero en la competición se bloqueó por completo, hasta el punto de no saber con qué mano lanzar o con qué pie iniciar el gesto en el círculo. Aquella confusión lo dejó tocado, aunque también le abrió una puerta importante. “Aprendiste rápido que no era la parte física la que necesitaba atención, sino la mental”, recordó después sobre una experiencia que lo llevó a trabajar con el psicólogo deportivo John Quinn. Años más tarde llegarían las grandes victorias, entre ellas su primer título mundial indoor en Portland, pero una parte importante del atleta que vino después empezó a formarse precisamente en aquel día incómodo y frustrante.
Con el tiempo, Walsh también entendió que el lanzamiento de peso había ocupado demasiado espacio en la forma en que se miraba a sí mismo. Antes de los Juegos de París reconoció que durante años llegó a sentir que su valor personal dependía demasiado de cómo lanzaba. “En los primeros años de mi carrera pensaba que el peso me definía como persona”, admitió. “No me malinterpretes, es una parte enorme de mi vida. Es difícil no ligar una gran parte de tu autoestima a cómo lanzas, sobre todo cuando eres un atleta individual”. Esa relación se volvió todavía más intensa durante la pandemia, cuando, según él mismo contó, perdió perspectiva y se obsesionó con el gesto, los vídeos, los entrenamientos y los programas. “Vi tantos vídeos, miré tantos vídeos de otras personas, programas y todo tipo de cosas, y me metí en un agujero en el que no necesitaba entrar”.
Un parentesis para ser padre y poner los pies en la tierra
Después de París, su vida volvió a cambiar de una forma mucho más cotidiana y profunda. Primero llegó la rehabilitación de la lesión; después, una pausa de un mes en octubre por el nacimiento de su primera hija. Ese paréntesis no solo lo alejó de la competición, sino que le dio otra medida del tiempo y de sí mismo. “Ella me pone los pies en la tierra de verdad”, explicó. “No le interesa que yo lance peso, así que es una nueva etapa de mi vida, pero sigo impulsado por los objetivos que creo que soy capaz de lograr”. En esa mezcla entre ambición intacta y vida más ancha aparece uno de los rasgos más interesantes del Walsh actual: sigue siendo ferozmente competitivo, pero ya no parece vivir encerrado solo en el resultado. Incluso al hablar de la vuelta admitía que todo se sentía distinto. “Es el periodo más largo en el que no he competido en 12 años, así que es diferente, pero también me emociona porque ha pasado mucho tiempo”.
Esa combinación entre dureza competitiva y emoción personal también se ve en cómo vive su relación con Nueva Zelanda. Puede mostrarse frontal cuando habla de rivales como Ryan Crouser, pero el tono cambia cuando aparece el país. En 2022, al ser nombrado abanderado junto a Joelle King para los Juegos de la Commonwealth de Birmingham, tuvo que contener las lágrimas. “Es un honor enorme”, dijo entonces. “Eso demuestra lo que significa para mí ser un kiwi orgulloso y recibir este privilegio que no recibe tanta gente”.

Los golpes que le cambiaron por dentro