El primer golpe de Bosnia ante Qatar no lo dio Edin Dzeko. Tampoco Miralem Pjanic, ni uno de los nombres que durante años sostuvieron a la selección. Lo dio Kerim Alajbegovic, un chico de 18 años nacido en Colonia, hijo de bosnios, que abrió el marcador en el minuto 29 con una acción individual que acercó a Bosnia y Herzegovina a la fase eliminatoria del Mundial por primera vez en su historia. El 3-1 final tuvo valor deportivo, pero también dejó una imagen de cambio: la Bosnia de siempre seguía allí, con Dzeko como símbolo, pero el relato empezaba a escribirse también desde otro lugar.
Alajbegovic puede representar una Bosnia distinta a la de Dzeko, pero no separada de ella. Dzeko es la memoria de la generación que sobrevivió al asedio de Sarajevo, llevó al país a su primer Mundial en 2014 y convirtió la camiseta bosnia en una forma de reconocimiento internacional. Alajbegovic pertenece a otra geografía: nació en Alemania, se formó en academias alemanas y austríacas, y llegó a la absoluta después de pasar por categorías inferiores bosnias. No es el heredero futbolístico de Dzeko; es el heredero emocional de una camiseta de la que Dzeko ha sido el símbolo (con permiso de Pjanic) y goleador más de una década.
Dos Bosnias en la misma camiseta
La historia de Dzeko explica una parte esencial de la relación de Bosnia con el fútbol. Su infancia quedó ligada a Sarajevo, a parques y campos marcados por la guerra, antes de que su carrera lo llevara a convertirse en el gran símbolo deportivo del país y en el primer embajador de UNICEF de Bosnia y Herzegovina. En una carta dirigida a los niños bosnios antes del Mundial, resumió ese recorrido como el paso de una infancia atravesada por la guerra a una vida que acabó pareciéndose a un cuento de hadas. Su figura mantiene ese peso porque une memoria personal, selección y reconocimiento internacional.
A los 40 años, Dzeko sigue siendo una referencia dentro de un grupo que empieza a cambiar. En una entrevista reciente admitía que no imaginaba seguir jugando a esa edad, pero también explicaba que la experiencia se ha convertido en una parte esencial de su valor. Esa presencia ayuda a entender la transición que vive Bosnia: el capitán que llevó al país a su primer Mundial en Brasil 2014 todavía acompaña a una nueva generación que intenta llevar a la selección más lejos en 2026.
El padre, la diáspora y el camino desde abajo
Alajbegovic, en cambio, cuenta otra parte de Bosnia: la de la diáspora. Nació en Colonia el 21 de septiembre de 2007, creció futbolísticamente entre el 1. FC Köln, Bayer Leverkusen y Red Bull Salzburg, y volverá a Leverkusen tras una etapa en Austria. Su mapa personal no empieza en Bosnia, pero desemboca en ella. Colonia es el lugar de nacimiento; Leverkusen y Salzburgo, el camino de formación; Bosnia, la elección que conecta su carrera con la historia familiar.
En esa trayectoria aparece una figura clave: Semin Alajbegovic, su padre. También fue futbolista, aunque en escalones modestos del fútbol alemán, y hoy actúa como una presencia importante en la carrera de Kerim, entre el apoyo familiar, la experiencia de jugador y el papel de agente. Su historia añade una capa humana al perfil del hijo. No es solo el padre que acompaña desde la grada, sino alguien que conoce el camino desde abajo, las categorías menores, los límites del fútbol y la dificultad de llegar a la élite.
Ese vínculo familiar ayuda a entender por qué la historia de Alajbegovic no es simplemente la de un talento formado fuera que elige una selección. Es también la historia de una generación nacida lejos, pero educada emocionalmente cerca del país de sus padres. En publicaciones y medios locales bosnios se ha vinculado a la familia con Bugojno, ciudad natal de su padre, un detalle que encaja con esa geografía doble: Alemania como lugar de vida, Bosnia como raíz familiar y la selección como espacio donde ambas identidades pueden encontrarse.

Una transición que ya empezó con Dzeko en el campo
La conexión entre Dzeko y Alajbegovic no es solo simbólica. Antes del gol ante Qatar, ambos ya habían compartido un momento decisivo en el camino hacia el Mundial. En el duelo de clasificación ante Gales, Alajbegovic asistió a Dzeko y después marcó el penalti ganador. Esa secuencia resume mejor que cualquier etiqueta la transición que vive Bosnia: no se trata de un joven esperando a que el gran símbolo se marche, sino de un joven que empieza a ganar partidos con el símbolo todavía sobre el césped.
Bosnia se va recomponiendo y la selección sigue apoyada en veteranos como Dzeko, pero empieza a encontrar aire en jugadores más jóvenes como Alajbegovic, Ermin Mahmic y otros nombres de una generación que crece entre el país y su diáspora. No tiene la profundidad de talento de las grandes selecciones europeas, pero sí una identidad que se amplía.
La carrera de Alajbegovic se ha acelerado en poco tiempo. Pasó por el 1. FC Köln, entró en la cantera de Bayer Leverkusen, se marchó al Red Bull Salzburg y Leverkusen activó después una cláusula para traerlo de vuelta. Antes de aparecer en el Mundial, ya era uno de los jóvenes seguidos en el fútbol europeo.
