El patinaje artístico llega a los Mundiales de Praga, que se disputan del 24 al 29 de marzo, aunque sin la presencia del doble oro olímpico de Alysa Liu en Milano Cortina 2026 que no solo la colocó en la cima deportiva, sino que la convirtió en una celebridad de alcance generalista en apenas unas semanas. Su irrupción tras los Juegos, con cerca de 8 millones de seguidores en Instagram, presencia en la Semana de la Moda de París, paso por la fiesta de Vanity Fair, una llave de la ciudad de Oakland y murales en su honor, puede verse también reflejado en otros ejemplos dentro del ecosistema olímpico.
El dato relevante no está solo en la velocidad de ese salto, sino en lo que provoca alrededor. En Estados Unidos y en la International Skating Union -ISU- la lectura es inmediata: cuando una atleta rompe el techo del nicho y entra en la cultura popular, cambia al mismo tiempo la conversación sobre audiencias, patrocinio, licencias, participación y construcción de nuevas referencias para el deporte.
La oportunidad que deja Alysa Liu para su federación
En las cuatro semanas posteriores a los Juegos, U.S. Figure Skating detectó incrementos de entre el 20% y el 30% en inscripciones de programas de iniciación en varias pistas del país, por encima de los repuntes de alrededor del 10% o menos registrados en otros ciclos olímpicos. El ejemplo más citado es el de una pista de Albuquerque, en Nuevo México, que recibió 300 inscripciones en febrero, una cifra equivalente a la que suele registrar en un año completo. No es un detalle menor para la federación, porque la afiliación representa entre el 30% y el 40% de sus ingresos.
La reacción no se queda en la base de practicantes. La ISU ha movido ya una solicitud de propuestas para acuerdos combinados de patrocinio y derechos audiovisuales, con la intención de aprovechar la ola posterior a Milano Cortina 2026, y en esa búsqueda aparecen mercados que no figuraban entre los tradicionales polos del patinaje, como México, Indonesia o Tailandia. El organismo mantiene además que la prioridad pasa por ampliar la distribución y evitar que el deporte quede encerrado detrás de demasiados muros de pago, una cuestión especialmente sensible en un momento en el que la visibilidad digital condiciona buena parte del crecimiento.
Los Juegos ya no solo reparten medallas: también multiplican audiencias
Ese cambio de escala no nace únicamente del resultado deportivo, sino del tamaño del escaparate. En Tokio 2020, más de 100 millones de usuarios únicos visitaron las plataformas digitales olímpicas o utilizaron la aplicación oficial durante la primera semana de competición. NBC acumuló 2.500 millones de minutos de streaming, un 77% más que en PyeongChang 2018, mientras que las publicaciones olímpicas en TikTok, Instagram, Facebook, X y Weibo generaron 3.700 millones de interacciones. Las cuentas olímpicas sumaban entonces 75 millones de seguidores, una masa crítica que explica por qué un atleta puede pasar de ser conocido en su disciplina a instalarse en la conversación general en cuestión de días.
París 2024 dejó una secuencia todavía más clara. Según los datos de seguimiento en redes recopilados durante los Juegos, Rebeca Andrade ganó 9,13 millones de seguidores en Instagram, un 333% más; Simone Biles, 5,12 millones, un 68% más; Ilona Maher, 2,73 millones, un 277% más; Sunisa Lee, 1,46 millones, un 96% más; Jordan Chiles, 946.000, un 161% más; Noah Lyles, 748.000, un 94% más; y Stephen Nedoroscik, 422.600, con un crecimiento del 2.414%. Los Juegos, en ese sentido, ya no solo premian una actuación concreta: también redimensionan de forma súbita la comunidad, el valor comercial y la capacidad de influencia del deportista.
De Rebeca Andrade a Ilona Maher: la fama ya no depende solo del podio
La otra derivada es que el crecimiento no se limita a quienes dominan el medallero. Henrik Christiansen, nadador noruego, convirtió unos vídeos sobre los muffins de la villa olímpica en una identidad reconocible que le dio una visibilidad internacional inédita y le abrió un discurso propio sobre marca personal, contenido y promoción de la natación. Antes ya había ocurrido en Tokio 2020 con perfiles que aprovecharon TikTok, Instagram o los formatos cortos para enseñar la trastienda de la competición, desde las residencias de atletas hasta escenas cotidianas que antes no llegaban al público. El atleta olímpico ya no es solo rendimiento en pantalla: también es relato, tono, cercanía y capacidad de sostener atención fuera de la prueba.
En el patinaje, además, esa transición se encuentra con un límite estructural que condiciona su explotación digital: la música. La complejidad de licencias y autorizaciones ha reducido durante años la presencia estable de highlights y clips en plataformas sociales y de streaming, justo en el terreno donde hoy se decide buena parte de la conversación. Por eso, junto al efecto inmediato que genera una figura como Alysa Liu, la discusión dentro del sector alcanza también a los formatos, a la duración de las carreras y a la necesidad de construir perfiles que permanezcan más de un ciclo olímpico. Con los Mundiales ya en marcha en Praga, la cuestión no es solo cuánto crece una atleta en dos semanas, sino qué parte de ese impulso consigue quedarse en el deporte cuando baja el volumen de los Juegos.
