La invitación de Axel Clerget a Senegal para dirigir la segunda edición de la masterclass ‘On the Road to Dakar’, junto a Nicolas Messner, director de medios y de Judo for Peace de la Federación Internacional de Judo -IJF-, ofrece una buena puerta de entrada a su historia. El campeón olímpico y mundial por equipos mixtos y medallista mundial francés acudió a Dakar dentro de una iniciativa apoyada también por Solidaridad Olímpica, la Unión Africana de Judo y la Federación Senegalesa de Judo, pero su presencia allí no encaja solo por el palmarés. Encaja, sobre todo, por una idea que atraviesa su vida desde niño. “La transmisión es un deber”, explicó en Senegal, al resumir una convicción aprendida en casa y reforzada con los años.
Ese sentido de la transmisión no es casual en alguien criado dentro de una familia en la que el judo era una forma de vida. La familia Clerget suma 21 dan de judo entre sus distintos miembros, con padre, madre, hermana y hermano vinculados a la disciplina, y él mismo ha contado más de una vez que prácticamente creció sobre un tatami. “Debía de tener menos de un año. Mi padre es profesor de judo, así que desde que era muy pequeño estaba sobre un tatami”, recordaba en una entrevista. Empezó a los cuatro años en el club de su padre, en Saint-Dizier, y una de sus primeras memorias felices tiene mucho de niño fascinado por el juego y la jerarquía del dojo: “Recuerdo la primera vez que derribé a un campeón. Estaba superfeliz. Para mí era una proeza, era un sueño”. Antes de ser un judoka de resultados, Clerget fue un niño moldeado por ese ambiente familiar, por la repetición y por una cercanía casi física con el judo desde el principio.
El judo como herencia familiar y forma de estar en el mundo
Nacido en Saint-Dizier, en Haute-Marne, y llegado a París todavía joven para entrar en el INSEP, Clerget ha contado que el cambio le pesó. “Llegué a París a los 18 años. Era una ciudad muy grande. Era difícil para mí, que venía del campo”, explicó en un perfil audiovisual de la IJF. En esa misma pieza añadió algo aún más revelador: “No pensaba que fuera capaz de ser campeón”. Esa frase le da una textura distinta a su carrera. Frente al relato más plano del deportista destinado al éxito, en Clerget aparece un judoka que avanzó con sacrificio, con horas y horas de entrenamiento y con una relación más trabajada que natural con la idea de llegar arriba.
La parte más decisiva de esa historia llegó cuando paró. En 2009 tomó una decisión poco habitual en un deportista en plena carrera: dejó el judo durante nueve meses. “Estaba harto, ya no sabía por qué estaba ahí”, resumió años después. La pausa no fue un capricho ni un desvío anecdótico, sino un corte profundo. Le sirvió para recuperar el sentido de lo que hacía y para volver a una idea mucho más limpia del deporte. “Volví al judo por una cosa muy simple: en la vida cotidiana no se viven emociones tan hermosas como en el judo”. Esa frase ayuda a entender buena parte de su trayectoria posterior. Clerget no regresó solo para seguir compitiendo, sino porque redescubrió el placer, la intensidad emocional y la verdad personal que encontraba en el tatami. En otra entrevista lo resumió con la misma claridad: “Ahora disfruto tanto que no me veo dejándolo”.
Un proyecto de vida entre la fisioterapia, el judo y la paternidad
Su carrera tampoco se entiende sin la otra vida que construyó fuera del tatami. Clerget se formó como fisioterapeuta y defendió durante años un doble proyecto que lo aparta del perfil más convencional del campeón de élite. Mientras seguía compitiendo, estudiaba, trabajaba y acumulaba cansancio. Él mismo ha explicado que durante siete años vivió entre la fisioterapia y el judo, casi siempre en situación de sobrefatiga, sin verdaderos espacios de recuperación. Aun así, esa vía profesional le dio algo que considera decisivo: seguridad. “Era muy importante para mí tener ese doble proyecto”, dijo en una charla años después de graduarse. “Me permitió liberarme y comprometerme al ciento por ciento después, sabiendo que, de un día para otro, si tenía una gran lesión o si me cansaba del alto nivel, podía volver a mi profesión”. En su caso, estudiar no fue una distracción del rendimiento, sino una forma de respirar dentro de una carrera exigente.
Esa mezcla de oficio, cuidado y madurez terminó marcando también su mejor versión deportiva. Clerget explicó en una entrevista que durante mucho tiempo fue el número cuatro o cinco francés y que llegó a terminar sus años de estudio alrededor del puesto 150 del mundo antes de dar el salto. Ya más maduro, cambió cosas en su preparación, trabajó la alimentación, empezó a apoyarse en un preparador físico y en una psicóloga, y dio más valor a la calidad que a la cantidad. “Me siento mejor ahora, soy más inteligente, he acumulado horas y horas de trabajo”, decía en una entrevista de prensa, donde añadía que había aprendido a conocerse y a entrenarse mejor. En otra conversación habló incluso de lo que supuso la paternidad para relativizar la presión: “Tener un hijo cambió mi forma de ver la vida. Soy mucho más feliz cada día. Me permitió relativizar el judo, disfrutar mucho más. Y sé que, pase lo que pase, mi hijo siempre estará ahí”. Son frases que explican bien por qué su trayectoria tardía parece más construida desde la serenidad que desde la urgencia.
Un campeón tardío
Con todo eso a cuestas, Dakar se entiende mejor. Clerget llegó a Senegal para enseñar, pero también para observar y dejarse afectar por lo que veía. Allí habló del respeto que le mostraron los jóvenes judokas, del uso de la palabra “maestro”, cada vez menos habitual en Europa, y de la disciplina con la que repetían y escuchaban. También se sorprendió por el nivel técnico del grupo, especialmente en la movilidad en suelo, y por la capacidad de los participantes para trabajar con seriedad y atención. Pero lo que más le marcó fue el plano humano. Después de años viajando por el mundo gracias al judo, dijo que seguía impresionándole encontrarse con sociedades capaces de hacer mucho con muy poco. “Saben hacer mucho con muy poco, y eso es una fuerza”, señaló al hablar de Senegal. Más que una frase sobre carencias materiales, era una forma de reconocer una riqueza humana y una resistencia que le dejaron huella.
Por eso el viaje a Dakar parece también una continuación natural de su propia biografía. Clerget ya no aparece ahí solo como el judoka francés con medallas, ni solo como el especialista del ne-waza al que algunos rivales llamaban ‘la Anaconda’, ni solo como el fisioterapeuta que aprendió a convivir con las lesiones y el desgaste. Aparece como alguien que ha pasado por la infancia de dojo, la duda, la pausa, la reconstrucción y la madurez, y que ahora mira el judo también desde la transmisión. La frase con la que resumió la experiencia en Senegal probablemente explica mejor que ninguna otra esa evolución personal: “Hay un tiempo para uno mismo, un tiempo con los demás y un tiempo para los demás”. En el caso de Axel Clerget, ese tiempo parece haber llegado sin borrar nada de lo anterior, sino ordenándolo.

Un proyecto de vida entre la fisioterapia, el judo y la paternidad