Cristian Ribera entró este martes en la historia del deporte brasileño al conquistar en Milano Cortina 2026 la primera medalla de Brasil en unos Juegos Paralímpicos de Invierno. La plata llegó en el sprint clásico, después de una final decidida por apenas siete décimas frente al chino Liu Zixu, pero lo primero que salió de él al cruzar la meta no tuvo que ver con el cronómetro. “Estaba llorando porque me di cuenta de que mi sueño se había hecho realidad. Mi sueño y el de mi familia”, dijo tras una carrera que sus padres siguieron allí mismo, en Italia.
La escena del podio, sin embargo, empieza mucho antes de la nieve. Empieza en Rondônia, en el norte de Brasil, el día en que nació con artrogriposis múltiple congénita y los médicos le dijeron a su madre que apenas le quedaban unas horas de vida. “Le preguntaron a mi madre: ‘¿tienes fe?’. Pues comienza a rezar porque a tu hijo le quedan como máximo dos horas de vida”. Sobrevivió, pero la familia recibió otra advertencia: sin los cuidados adecuados, su vida seguía en riesgo.
Su madre, Solange Ribera, dejó atrás a su marido y a sus otros hijos para llevarse al bebé, con solo tres meses, a São Paulo, a unos 3.000 kilómetros, en busca del tratamiento que necesitaba. “Viajábamos a diario entre ambas ciudades porque yo necesitaba someterme a cirugías y todo el tratamiento era allí. Fue muy duro”, recordó después el propio Cristian, que hasta hoy ha pasado por 21 operaciones. Madre e hijo se instalaron en casa de familiares en Jundiaí, a una hora en coche de la gran ciudad, y durante años la rutina giró alrededor de hospitales, desplazamientos y operaciones.
Prepararse para ser olímpico en invierno a 30 o 35 grados
Años después, el resto pudo reunirse con ellos en São Paulo, y esa red familiar siguió ahí cuando el deporte apareció ya no solo como actividad física, sino como una forma de autonomía. Tener acceso a esos cuidados le abrió después otro camino. Antes de encontrar el esquí, Ribera pasó por atletismo, natación, tenis en silla de ruedas, boccia, capoeira e incluso skate. Ya quería ser deportista desde muy joven, y en 2015 una presentación de la Federación Brasileña de Deportes de Nieve -CBDN- en Jundiaí le cambió el rumbo. “Nadie lo conocía y yo soy un tipo curioso, por lo que fui y me gustó mucho”, contó sobre aquel primer contacto con el esquí con ruedas, un deporte casi insólito en un país tropical.
La paradoja terminó definiendo su carrera: un brasileño del asfalto que entrenaba para competir sobre nieve. Durante años trabajó con rollerski, en carreteras y circuitos donde muchas veces el calor rondaba los 30 o 35 grados. “No tenemos nieve en Brasil, pero usábamos esquís con ruedas, que simulan el esquí real sobre el asfalto”, explicó en una de sus entrevistas. La nieve real no la vio hasta 2016, en Suecia, y poco después ya estaba soñando con representar a Brasil en unos Juegos Paralímpicos de Invierno. En PyeongChang 2018, con 15 años, fue el atleta más joven de la competición y terminó sexto en los 15 kilómetros, entonces el mejor resultado de la historia de Brasil en unos Juegos de invierno, olímpicos o paralímpicos.

Una familia que también aprendió a vivir y a triunfar sobre esquís
La historia de Cristian Ribera tampoco se entiende sin su familia. Su hermano mayor, Fábio, acabó convirtiéndose en su entrenador. Su hermana pequeña, Eduarda Ribera, ‘Duda’, también llegó al esquí de fondo y representó a Brasil en los Juegos Olímpicos de Invierno. Sus padres, Solange y Adão, viajaron a Italia para verle en el podio histórico de 2026. Cuando habló de esa red más cercana, Cristian no separó nunca el resultado del entorno que lo sostuvo: “Siempre trabajamos tan duro, hice esto por ellos”. Y después remató: “Mi compromiso es porque ellos me enseñaron”.
Esa cercanía también aparece en los detalles más ligeros de su vida diaria. Con su hermana compartía estrategias en competición, pero fuera del circuito hablaban de Fórmula 1, jugaban a videojuegos y se mandaban memes. Él mismo la animó públicamente cuando ella debutó en los Juegos Olímpicos de Invierno con una frase que retrata bien esa relación: “Ver tu crecimiento y tu evolución es —y siempre será— una de mis más grandes alegrías”. Y entre amigos arrastra desde hace años un apodo que rompe cualquier solemnidad: ‘Porco Loco’. Lo explicó con humor al contar que apoya al Palmeiras y que, cuando empezó a patinar, un profesor le dio una camiseta verde con ese nombre escrito. “Mis amigos empezaron a llamarme así”, dijo.
Más que medallas
Esa dimensión familiar convive con otra más amplia. Ribera ha explicado también que su carrera no habla solo de resultados, sino de cómo el deporte puede discutir la manera en que se mira a las personas con discapacidad. “Creo que en todas partes sigue habiendo un poco de prejuicio contra nosotros, las personas con discapacidad, pero el deporte nos ayuda mucho a superarlo y a demostrar a la gente que somos capaces de hacer cualquier cosa”, dijo en una entrevista anterior.
Por eso, cuando habla de lo que el para deporte le ha dejado, no se queda en los podios. “El para deporte me hizo quien soy; me dio mi independencia”, explicó antes de estos Juegos, después de años en los que su vida había pasado de hospitales y rehabilitación a concentraciones, viajes y mundiales, y antes de que llegara la primera medalla paralímpica de invierno de Brasil y de Ribera.
