El movimiento olímpico vuelve a enfrentarse a una contradicción difícil de explicar. A escasos días de diferencia, los Juegos Olímpicos de Milano Cortina 2026 y los Juegos Paralímpicos de Milano Cortina 2026 conviven con dos criterios distintos sobre un mismo conflicto: la invasión de Rusia a Ucrania. Mientras el Comité Olímpico Internacional -COI-, presidido por Kirsty Coventry, mantuvo la prohibición de cualquier manifestación nacional rusa, el Comité Paralímpico Internacional -CPI-, liderado por Andrew Parsons, sí permite la bandera y el himno ruso en caso de victoria (ya llevan un oro). ¿Por qué dos organizaciones que comparten valores, símbolos y calendario adoptan posturas tan diferentes sobre un mismo asunto?
El COI mantiene desde hace años una línea clara. La invasión de Ucrania por parte de Rusia supuso un terremoto político y deportivo que llevó a expulsiones, vetos y sanciones en prácticamente todo el deporte internacional. El movimiento olímpico sólo ha permitido que los atletas rusos compitan bajo estrictas condiciones de neutralidad, sin bandera, sin himno y sin cualquier referencia estatal.
Dos Juegos, dos criterios
El mensaje es coherente con el posicionamiento de la mayoría de organismos internacionales. La ONU, la UE y gran parte de las federaciones deportivas mantienen una postura de rechazo hacia la agresión rusa. En ese contexto, el COI intenta preservar una neutralidad institucional que evite legitimar, aunque sea simbólicamente, al país agresor.
Pero el CPI ha optado por un camino distinto. En los Juegos Paralímpicos de Milano Cortina 2026 sí se permite que la bandera rusa ondee y que el himno suene si un deportista ruso conquista el oro. Y de hecho ya ha ocurrido. Rusia suma por ahora un oro y dos bronces, lo que la sitúa en la décima posición del medallero y ha provocado que el himno ruso ya haya sonado en Italia durante la competición paralímpica.
El precedente del skeleton ucraniano
La incoherencia se vuelve aún más evidente si se observan algunas decisiones recientes del propio COI. Durante los Juegos Olímpicos de Milano Cortina 2026, el atleta ucraniano de skeleton Vladyslav Heraskevych fue descalificado por utilizar un casco cuyo diseño rendía homenaje a atletas y entrenadores ucranianos fallecidos en la guerra contra Rusia. El motivo fue violar las normas de neutralidad política y el mensaje fue contundente. Ni siquiera un homenaje a víctimas de guerra puede aparecer en el escenario olímpico si se interpreta como posicionamiento político.
Sin embargo, pocos días después, en los Juegos Paralímpicos, la bandera del país invasor sí ha podido ondear y su himno sonar con normalidad. La paradoja resulta aún mayor si se observa el propio medallero paralímpico. Ucrania ocupa actualmente el segundo lugar, sólo por detrás de China, con diez medallas en total, tres de ellas de oro. Mientras los deportistas ucranianos compiten en lo más alto del podio, el país que invadió su territorio también puede escuchar su himno en los mismos Juegos.
La puerta a los soldados en 2030
La cuestión se vuelve todavía más delicada con otro debate abierto por Andrew Parsons. El presidente del CPI ha planteado la posibilidad de que soldados rusos -y presumiblemente también ucranianos- que resulten heridos y discapacitados en el conflicto puedan competir en los Juegos Paralímpicos de 2030.
El planteamiento se ha presentado como una cuestión de inclusión. Pero inevitablemente abre un debate incómodo porque esos soldados no son únicamente víctimas del conflicto. También pueden haber sido combatientes activos en la guerra. Algunos podrían haber participado en operaciones militares y todo lo que ello conlleva… incluyendo la muerte de otros seres humanos.
¿Tiene sentido abrir ese debate ahora? Más aún cuando, hace apenas unos días, el propio movimiento olímpico pedía la tradicional Tregua Olímpica, ese llamamiento simbólico para detener los conflictos durante la celebración de los Juegos. En ese contexto, plantear la participación de soldados heridos del conflicto parece, como mínimo, una decisión imprudente.
Un deporte que no habla con una sola voz
El mensaje inclusivo es de agradecer, como el que se mandó en la pacífica Villa Olímpica de París 2024, donde no hubo ningún problema. Sin embargo, la posición diferente con Rusia refleja que el deporte mundial no está hablando con una sola voz y eso genera desconcierto.
El movimiento olímpico y el paralímpico comparten historia, valores y escenario. Los Juegos se celebran en las mismas ciudades, utilizan las mismas infraestructuras y simbolizan una misma idea de deporte como herramienta de unión. Si esos valores son los mismos, resulta difícil entender por qué las decisiones políticas son tan diferentes.
Quizá este sea uno de esos debates que inevitablemente deberán abordar Kirsty Coventry y Andrew Parsons. No para uniformar todas las decisiones, pero sí para evitar que el deporte transmita mensajes contradictorios sobre uno de los conflictos más graves de nuestro tiempo.
Cuando la bandera que no puede aparecer en unos Juegos sí puede hacerlo en los siguientes, celebrados en el mismo lugar y apenas unos días después, la pregunta deja de ser deportiva. Y pasa a ser simplemente una cuestión de coherencia. No se trata de tener más sensibilidad con unos atletas que con otros, es de tener el mismo rechazo o aprobación a una guerra o una invasión.
