Cuando el balón pesa más que el racismo
Javier Nieto
abril 1, 2026

“Musulmán el que no bote”, se escuchó anoche en el RCDE Stadium, en una parte del estadio, durante el amistoso de fútbol entre la selección española y Egipto. Fue un cántico racista dirigido a los jugadores egipcios y, una vez más, el fútbol siguió por encima de la educación. Hubo un aviso por megafonía y en los paneles del campo, pero no se detuvo el encuentro, no hubo una amenaza real de suspensión y nadie llevó la situación más allá de ese gesto mínimo. El partido siguió hasta el final y todo apunta a que quienes protagonizaron esos cánticos podrán volver a un estadio sin demasiadas consecuencias.

Ni siquiera hace falta entrar en demasiados matices para entender la gravedad de lo ocurrido. Fue un cántico racista, emitido en más de una ocasión, en un estadio lleno y en un partido internacional. Y ocurrió, además, en Barcelona, la ciudad en la que nació y creció Lamine Yamal, una de las grandes estrellas de la selección española y también musulmán. No sabemos si quienes lanzaron esos gritos lo saben o si simplemente no les importa. Pero el detalle retrata aún mejor el absurdo de una parte de la grada que convierte el fútbol en una excusa para soltar odio, aunque ese odio termine alcanzando también a jugadores a los que supuestamente deberían sentir cercanos.

Lamine Yamal no participó en la vuelta de honor con la que la selección agradeció el apoyo al público. Y cuesta no pensar si el estadio merecía ese gesto. Auqnue una parte sí, porque no conviene meter a todo un estadio en el mismo saco. Casi siempre son sectores concretos, muchas veces vinculados a entornos ultras o a posiciones políticas más extremas, los que protagonizan este tipo de episodios. Para algunos, el fútbol importa menos que el ruido, la provocación o el mensaje que quieren colocar. El balón está ahí, pero a veces solo como coartada.

El problema no es solo que ocurra, sino que sigue sin frenarse

Los cánticos racistas no fueron lo único que se escuchó en esa zona del estadio. También se pitó el himno de Egipto y hubo gritos contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Todo forma parte del mismo paisaje: gente que va al fútbol a descargar consignas, odio o frustración, sabiendo además que lo más probable es que casi nada pase. En España se han tomado medidas en los últimos años para impedir el acceso de grupos violentos o radicalizados a los estadios, y en algunos casos se localiza a aficionados concretos, se les sanciona y se intenta actuar. Pero sigue siendo insuficiente. Lo ocurrido en el campo del Espanyol vuelve a demostrarlo.

Después llegarán las reacciones habituales. Titulares duros, como el del AS, uno de los principales periódicos deportivos españoles: “Vergüenza mundial”, críticas de periodistas y políticos, comunicados de la RFEF o del propio Espanyol, condenas públicas y alguna investigación. Pero la sensación de rutina también forma parte del problema. Todo el mundo sabe ya cómo funciona esta secuencia: sucede algo grave, se denuncia, se condena, se promete firmeza y, a los pocos días, el foco cambia y el fútbol continúa como si nada.

Si los avisos por megafonía, los paneles, las multas y los comunicados no bastan, habrá que asumir de una vez que la respuesta debe ser más contundente. Parar un partido, suspenderlo o mandar a los jugadores al vestuario no debería parecer una medida extrema cuando lo extremo es normalizar insultos racistas en una grada. Y ahí también queda una cuestión incómoda para el propio fútbol: ¿por qué no se detiene e incluso se cancela el partido? ¿Por qué no lo hace el árbitro? ¿Por qué no se plantan también los protagonistas? Anoche, otra vez, el balón siguió rodando como si nada, ganó el fútbol por encima de la educación. Y cuando eso ocurre, el mensaje es muy claro: el racismo molesta, sí, pero todavía no lo suficiente como para parar el fútbol.