La no convocatoria de Lamine Yamal con la selección española ha abierto un nuevo debate sobre la relación entre clubes y federaciones. El joven jugador del FC Barcelona fue sometido el lunes 10 de noviembre a un tratamiento de radiofrecuencia por molestias en el pubis, justo el día en el que debía incorporarse a la concentración de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). El procedimiento, comunicado con apenas unas horas de antelación, provocó la «sorpresa y el malestar» de los servicios médicos de la Federación. El resultado fue la desconvocatoria oficial del jugador sin otra posible solución.
“Esto no se arregla entre entrenadores, debe ser entre instituciones”, subrayó Luis de la Fuente, seleccionador nacional, en una frase que resume la raíz del conflicto. No se trata de una discrepancia médica, sino de un problema de autoridad y comunicación institucional. La RFEF se ha visto en una posición frágil, dependiente de las decisiones unilaterales de un club —en este caso, el FC Barcelona— sobre una de las principales figuras de la selección española, convocada para disputar dos partidos oficiales de clasificación para el próximo Mundial de Fútbol. Todo apunta a que el club ha priorizado sus propios intereses por encima de los de la Federación, y no está claro si la decisión se tomó contando plenamente con la opinión del jugador.
El poder de los clubes y la fragilidad de las instituciones
El club catalán, que había alineado a Lamine en dos partidos de LaLiga antes del parón internacional, decidió realizar las pruebas justo en la fecha de la convocatoria. El gesto puede ser interpretado en la Federación como una falta de respeto institucional, más por la forma que por el fondo. No se discute la necesidad de cuidar la salud del jugador, pero sí el modo en que se gestionó la información.
El conflicto no está en este caso en el tratamiento médico, sino en el cuándo y en la ausencia de comunicación previa. También, podría preguntarse si Lamine Yamal era una pieza importante estos días para participar en los partidos de clasificación para el próximo Mundial de fútbol, o sin embargo, la selección española puede ganar y prescindir de él. Es probable que España pueda ganar y clasficarse sin Yamal, pero el procedimiento no se improvisa de un día para otro. Por tanto, el club podría haber informado con antelación y explicado sus motivos: prevenir una lesión, o proteger al jugador y evitar el quirófano en un futuro.
De haber existido ese diálogo, la RFEF habría comprendido la decisión y habría evitado desde luego un choque innecesario. En cambio, el silencio y la falta de coordinación generan desconfianza y exponen la relación institucional a una tensión que va más allá del caso concreto.
El jugador, en medio del conflicto
A sus 18 años, Lamine Yamal es ya una de las estrellas del fútbol español y mundial. Pero el episodio demuestra que los futbolistas son los primeros perjudicados cuando las instituciones no dialogan. De la Fuente ya había afirmado que el jugador estaba en condiciones de disputar ambos partidos y que “todo el mundo quiere jugar con la selección”. Las pruebas, sin embargo, cambiaron el escenario sin previo aviso, y la gestión del caso ha terminado por situar al joven futbolista en el centro de un conflicto que no le corresponde.
No se trata de si Lamine debía o no ser convocado. Se trata de cómo una decisión médica se convierte en una crisis institucional. El FC Barcelona defendió su criterio médico; la Federación, su derecho a ser informada. Entre ambos, el fútbol español da una imagen de descoordinación y debilidad institucional.




