Cuando una multa no es suficiente para corregir un comportamiento machista
Javier Nieto
junio 2, 2026

El jugador paraguayo Adolfo Daniel Vallejo fue sancionado en Roland Garros con una multa de 65.000 dólares por sus comentarios sexistas sobre la jueza de silla Ana Carvalho después de perder ante el francés Moïse Kouamé. Vallejo sostuvo que un partido así “debe ser arbitrado por un hombre” y añadió que “es muy difícil para una mujer hacerlo”, al considerar que Carvalho no había controlado el ambiente del público. La directora del torneo, Amélie Mauresmo, calificó sus palabras como “claramente inaceptables” y afirmó que comentarios así no tienen sitio en Roland Garros.

En el tenis, como en cualquier deporte, los jugadores pueden enfadarse, discutir decisiones o sentir que una situación se les escapa dentro del partido. Lo que cruzó la línea fue convertir la autoridad de una jueza en una cuestión de género. El tenis, de hecho, suele conservar más respeto formal hacia jueces y juezas que otros deportes, pero este caso recuerda que ningún entorno competitivo está completamente protegido frente a comportamientos que nacen de la educación, la presión y los prejuicios de cada deportista.

La presión puede explicar el enfado, pero no justifica el machismo. En un deporte profesional, la protesta contra un juez o una jueza debería mantenerse dentro de un límite técnico, no convertirse en un ataque personal o discriminatorio. Por eso la educación deportiva importa tanto antes de llegar a la élite. Clubes, academias, familias, entrenadores y federaciones tienen un papel en formar deportistas que entiendan que el respeto al árbitro no depende del resultado, del ambiente ni de la tensión del momento. Y lo que los jóvenes y niños deportistas ven por la televisión o en redes sociales tiene una consecuencia significativa. En este caso, una sanción económica puede enviar un mensaje público, pero difícilmente cambia por sí sola una forma de reaccionar si no va acompañada de reflexión, formación y consecuencias proporcionales.

El dinero duele, pero el castigo deportivo pesa más

La multa a Vallejo es relevante y supone un castigo económico fuerte, cercano a la mitad del premio que obtuvo por alcanzar la segunda ronda. Probablemente un castigo insuficiente. Cuando una conducta es especialmente grave o se repite, otros deportes han demostrado que la consecuencia deportiva puede tener un impacto más claro: perder partidos, perder presencia competitiva y afectar al equipo o al entorno profesional del deportista.

El propio tenis tiene precedentes en los que la respuesta fue más allá de una sanción económica. Fabio Fognini fue expulsado del US Open en 2017 tras dirigir insultos obscenos y misóginos contra la jueza de silla Louise Engzell, y después recibió una multa y una sanción suspendida de dos Grand Slams que podía activarse en caso de reincidencia. La diferencia es importante: la sanción no solo castigaba el episodio, sino que dejaba una advertencia deportiva para el futuro.

Otros deportes ya han probado respuestas distintas

El fútbol ofrece ejemplos útiles. En 2015, Kerem Demirbay, entonces jugador de Fortuna Düsseldorf, hizo un comentario sexista a la árbitra Bibiana Steinhaus y el club lo castigó obligándole a arbitrar un partido femenino de categorías inferiores. Fue una respuesta simbólica y educativa: poner al jugador en el lugar de quien ejerce la autoridad arbitral y obligarle a mirar el juego desde una posición que había despreciado.

También hay castigos más duros. Gustavo Marques, defensa de Red Bull Bragantino, fue suspendido 12 partidos y multado con 30.000 reales brasileños por comentarios sexistas sobre la árbitra Daiane Muniz. En ese caso, el castigo afectó directamente a la competición. Ya no fue solo pagar una cantidad, sino perder partidos y generar un coste deportivo para el jugador y su club. Esa diferencia cambia el mensaje: una falta grave de respeto no es un gasto, es una conducta que puede apartarte del juego.

Proteger al árbitro protege también al deporte

La NBA y el rugby muestran otra vía. No son ejemplos centrados específicamente en actos machistas, pero sí en la protección de la autoridad arbitral. La NBA ha sancionado con partidos a jugadores por abuso verbal o contacto inapropiado con oficiales, como ocurrió con Bennedict Mathurin jugador de Indiana Pacers, por “contacto inapropiado y abuso verbal” contra la árbitra Natalie Sago durante un partido ante Cleveland Cavaliers. El rugby, por su parte, tiene muy interiorizada la idea de que el respeto al árbitro forma parte del juego y aplica sanciones cuando hay insultos, amenazas, contacto físico o faltas graves de respeto.

El fútbol también intenta reducir espacios de confrontación. Medidas como permitir que solo el capitán se dirija al árbitro buscan evitar protestas masivas, rodeos intimidatorios y discusiones constantes. El problema es más difícil cuando lo que se dice no se oye. Muchos jugadores se tapan la boca para hablar en el campo, a veces por cuestiones tácticas o privadas, pero también puede alimentar sospechas de insultos, amenazas o comentarios discriminatorios. No es fácil probarlo sin audio o imágenes claras, aunque el gesto evidencia una zona gris: si algo no puede decirse de manera natural en el campo, quizá no debería decirse ahí.

Machismo es mala educación y este caso concreto una forma de cuestionar la autoridad profesional de una persona solo por ser mujer. No vale solo una disculpa posterior. La respuesta y castigo debe tener códigos claros, sanciones consistentes y una educación previa. El objetivo no debería ser solo que un jugador pague por una frase, sino que todos entienda que esas actitudes y frases no pertenece al deporte profesional.