El deporte no es un laboratorio social: el COI y Kirsty Coventry han fijado un límite necesario
Víctor García
marzo 30, 2026

El Comité Olímpico Internacional ha tomado una decisión que no busca agradar a todos, sino ser fiel a la esencia del deporte. La introducción de criterios como el test SRY no es un capricho ni un gesto ideológico, sino una postura específica para proteger el deporte femenino. Con la llegada de Kirsty Coventry al COI se ha resuelto este debate y se ha tomando una decisión que anteriormente se había evitado. Hay valentía en asumir el coste político de una medida que inevitablemente divide, pero que responde a una realidad del alto rendimiento.

Quizás el error de fondo del debate ha sido mezclar dos dimensiones que no funcionan con las mismas reglas. Por un lado, los derechos individuales, el ámbito personal, la identidad… Por otro, el deporte de élite, que es una estructura basada en categorías, normas y estandarización (donde hay dinero y maneras de ganarse la vida en juego).

Nadie discute que en su vida privada cada persona debe poder vivir como quiera. Pero el deporte profesional no es la vida privada. El deporte profesional es una competición regulada donde se segmenta por edad, por peso, por discapacidad… y también por sexo. No como una imposición cultural, sino como una necesidad competitiva. Las federaciones internacionales como World Athletics, World Aquatics o World Rugby ya habían avanzado en esa dirección y el COI ha consolidado esta tendencia.

Un debate global, no un consenso

La reacción a esta decisión tomada la semana pasada ha sido inmediata y organizaciones como Sport & Rights Alliance o ILGA World han denunciado la medida como discriminatoria. También, gobiernos como el de Francia han hablado de “paso atrás” y una parte de la comunidad científica también cuestiona la necesidad de este tipo de pruebas.

Al mismo tiempo, otras voces han respaldado la decisión como el colectivo Sex Matters o figuras históricas del deporte femenino, quienes han insistido en que la categoría femenina existe precisamente para compensar diferencias biológicas. Y que sin esa protección, simplemente dejaría de existir como espacio competitivo justo.

El apoyo político de Estados Unidos

Entre todas las reacciones, destaca el respaldo institucional desde Estados Unidos. La administración de Donald Trump ha apoyado públicamente esta línea, en el contexto además de unos Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 que marcarán el siguiente gran escaparate global.

El deporte no puede absorber todos los debates sociales sin perder su propia lógica. No puede convertirse en un espacio donde las reglas se redefinen constantemente en función de presiones externas. Porque entonces deja de ser un sistema fiable para los propios atletas. Y es que no es una cuestión de excluir, sino de preservar. Porque sin reglas claras, no hay competición. Y sin competición justa, el deporte pierde su razón de ser.

El respaldo desde dentro del propio deporte refuerza aún más la decisión. Figuras como Martina Navratilova, Sharron Davies o Nancy Hogshead llevan años defendiendo que la equidad exige reconocer el sexo biológico en la competición. Otras como Kaillie Humphries han celebrado la medida como “un gran día para el deporte femenino”, mientras que deportistas como MyKayla Skinner han reaccionado con un contundente “ya era hora”. Incluso voces como Tyler Clary han apelado al sentido común: las diferencias biológicas importan. No es un bloque unánime, pero sí significativo, y refleja que esta decisión no solo se debate en despachos o instituciones, sino también en el terreno donde realmente importa: el de quienes compiten.