Los Enhanced Games no son una provocación teórica ni un experimento marginal. Tiene nombres y apellidos, trayectorias reconocibles y pasado olímpico. Y eso cambia todo. El último ‘fichaje’, confirmado esta semana, ha sido el velocista británico Reece Prescod. No es un atleta cualquiera ni un desconocido en el atletismo europeo, sino que fue subcampeón continental, compitió en unos Juegos Olímpicos y sabe perfectamente qué significa llegar a la élite siguiendo las reglas. Precisamente por eso su decisión resulta tan inquietante. Claro está, los prometidos premios de 500.000 dólares a los ganadores y de 1 millón de dólares a quien supere un récord mundial son argumentos por los que les vale la pena tirar la imagen que se habían labrado durante toda su vida deportiva.
Esta es una de las noticias deportivas con las que se inicia 2026, un año en el que hace falta reforzar la moral, la ética y la confianza en las leyes establecidas —en todos los ámbitos— para continuar creciendo como sociedad global. Previstos para celebrarse en Las Vegas (Estados Unidos) entre el próximo 21 y el 24 de mayo, los Enhanced Games están impulsados por un grupo de inversores privados liderados por el empresario australiano Aron D’Souza o el grupo de inversión Apeiron de Peter Thiel. Se presentan como una competición paralela en la que se permite el uso de sustancias dopantes bajo supervisión médica, incluidas aquellas aprobadas por la FDA (Food and Drug Administration, la agencia federal de Estados Unidos encargada de regular medicamentos y productos sanitarios).
Un proyecto con nombres propios
Prescod se suma así a una lista que ya empieza a tomar forma. Antes anunciaron su participación el nadador británico Ben Proud, subcampeón olímpico y uno de los grandes especialistas mundiales en pruebas de velocidad, y otros atletas procedentes principalmente de la natación (como el australiano James Magnussen, dos veces campeón mundial de los 100 metros libres, además de una plata y dos bronces olímpicos) y el atletismo que han ido confirmando su presencia de manera individual, según han comunicado los propios organizadores.
No se trata de promesas frustradas ni de deportistas anónimos buscando atención. Son atletas con currículo, con finales olímpicas, con medallas internacionales y con reconocimiento dentro de sus disciplinas. Y con dinero hecho en sus carreras… El mensaje implícito es tan sencillo como peligroso: si el sistema no te ofrece más, siempre queda el atajo.
Dopaje regulado, valores diluidos
Los Enhanced Games se presentan como una supuesta alternativa moderna, “controlada”, casi higienizada. Bajo el argumento de la supervisión médica y la regulación farmacológica, se intenta maquillar lo esencial: la normalización del dopaje como vía para el espectáculo. No es una evolución del deporte. Es una renuncia explícita a sus principios básicos. No gana quien más talento tiene o quien mejor se sacrifica, sino quien está dispuesto a cruzar una línea que durante décadas se ha tratado de proteger.
La respuesta desde el atletismo tradicional no sorprende. Jack Buckner, director ejecutivo de UK Athletics y exatleta olímpico, calificó la decisión de Prescod como “especialmente repugnante”. No es una salida de tono ni una reacción corporativista. Es la voz de alguien que sabe lo que cuesta entrenar durante años, asumir derrotas y aceptar que el éxito no siempre llega, incluso haciendo las cosas bien.
El mensaje que recibe la sociedad
El problema no es solo competitivo, ni siquiera únicamente sanitario, aunque los riesgos para la salud sean evidentes y ampliamente documentados. El problema es cultural. ¿Qué se le está enseñando a la sociedad, y especialmente a los más jóvenes, cuando se presenta el dopaje como una opción válida, regulada y hasta emocionante? ¿Qué valor tienen entonces el esfuerzo, la paciencia o el respeto por unas normas comunes? Todo parece un fiel reflejo de la moral que está de actualidad en las calles recién estrenado este 2026.
El deporte siempre ha sido un espacio imperfecto, pero necesario. Ha servido para mostrar que detrás de un éxito hay trabajo invisible, sacrificios diarios y límites que no deben cruzarse. Los Enhanced Games dinamitan esa idea. Transforman el cuerpo del deportista en un laboratorio y el triunfo en una simple consecuencia de cuánto se está dispuesto a forzar la máquina, aunque el precio llegue después. Y, quizás, lo más peligroso sea que se nos quiera vender como progreso lo que, en realidad, es más bien una claudicación colectiva… Las luces de los focos del espectáculo parece que ciegan a algunos.




