La Women’s National Basketball Association -WNBA- y el sindicato de jugadoras negocian un nuevo convenio colectivo en un momento de fuerte crecimiento del negocio. El plazo fijado para alcanzar un acuerdo es el 10 de marzo y, de no cerrarse un marco antes de esa fecha, el inicio de la temporada previsto para el 8 de mayo podría verse alterado en un calendario que incluye draft universitario, draft de expansión y la apertura de la agencia libre para cerca de un centenar de jugadoras.
En su última propuesta, la liga ha planteado un límite salarial de 5,65 millones de dólares por franquicia para 2026, lo que supondría un salario medio estimado de 535.000 dólares por jugadora. La cifra multiplica casi por cuatro el actual tope de 1,5 millones por equipo y representaría el mayor salto estructural en la historia salarial de la competición. El sindicato de jugadoras -WNBPA- considera, sin embargo, que el incremento no refleja el crecimiento reciente de ingresos y reclama un límite de 9,5 millones por franquicia.
La diferencia entre ambas propuestas asciende a 3,85 millones por equipo y año, lo que, extrapolado al conjunto de la liga, supone una brecha superior a 46 millones anuales. Según publicó The Athletic, la liga estima que aceptar las exigencias sindicales generaría pérdidas acumuladas de 460 millones de dólares durante la vigencia del nuevo convenio, proyectado entre cinco y seis años. Pero no es que las jugadoras quieran más dinero sin una razón coherente. Reclaman más porque entienden que el modelo de reparto no está reflejando el nuevo tamaño del negocio. Es decir, quieren un trozo más grande del pastel porque el pastel ha crecido.
El reparto de ingresos y el precedente de 2025
Más allá del tope salarial, el núcleo del conflicto está en el porcentaje de ingresos futuros que se destinaría a las jugadoras. La WNBA propone un 15 % de los beneficios, mientras que el sindicato aspira a un 27,5 %. La discusión no es únicamente porcentual, sino metodológica: qué base se utiliza para calcular ese reparto y qué gastos se imputan antes de determinar el beneficio distribuible.
En 2025, por primera vez en su historia, la liga generó suficiente negocio como para activar la cláusula de reparto extraordinario contemplada en el convenio anterior. En total, cerca de 16 millones de dólares, de los cuales la mitad se distribuirá equitativamente entre las jugadoras y la otra mitad se canalizará a través de contratos de marketing con un máximo de 250.000 dólares por jugadora. Para el sindicato, haber cruzado ese umbral evidencia que el crecimiento es estructural; la liga sostiene que el incremento de ingresos aún convive con una estructura de costes que obliga a priorizar la sostenibilidad.
La liga defiende que estas fuertes inversiones estructurales —expansión, vuelos chárter, infraestructuras y desarrollo comercial— se deben a una inversión para consolidar el crecimiento, y que deben amortizarse antes de elevar el porcentaje destinado a salarios. El sindicato sostiene que haber activado por primera vez el reparto extraordinario demuestra que la etapa de consolidación ya ha comenzado.

No frenar el avance
El contexto competitivo añade presión a las negociaciones. Antes del arranque de la temporada, la WNBA debe celebrar el draft de expansión para las nuevas franquicias Toronto Tempo y Portland Fire, el draft universitario y la apertura del mercado de agencia libre, además del inicio de la pretemporada previsto para el 19 de abril. La ausencia de un nuevo marco regulatorio condiciona decisiones contractuales, planificación deportiva y valoración de activos en un momento de expansión.
La comisionada Cathy Engelbert ha defendido que «se trata de encontrar un equilibrio entre un aumento sustancial de salarios y beneficios y la sostenibilidad a largo plazo de la liga», mientras que el comisionado de la NBA, Adam Silver, ha pedido «urgencia» para cerrar el acuerdo y no frenar «el increíble avance que hemos visto en el baloncesto femenino». Desde el sindicato, su directora ejecutiva, Terri Jackson, ha señalado que «lo que hemos propuesto es muy realista» y ha rechazado que se cuestione el compromiso de las jugadoras tras más de 16 meses de negociaciones.
La llegada de nuevas audiencias, mayores contratos televisivos y el impulso comercial derivado de figuras como Caitlin Clark han incrementado el valor de mercado de la competición y alimentado las demandas sindicales. La comparación con la NBA resulta útil desde el punto de vista estructural —en la definición de ingresos relacionados con el negocio y en los mecanismos de reparto—, aunque las magnitudes económicas de ambas competiciones responden a escalas distintas. El resultado de esta negociación determinará no solo el salario medio de las jugadoras, sino también el diseño institucional de una liga que ha pasado de centrarse en la visibilidad a discutir la arquitectura de su crecimiento económico.




