“La próxima vez que hagamos un ranking del Clásico Mundial, Venezuela es el número 1, los demás después que se arreglen”, dijo con orgullo Maikel García después de ser nombrado Jugador Más Valioso del torneo. El tercera base de 26 años se convirtió en una de las grandes caras del título de Venezuela tras la victoria por 3-2 sobre Estados Unidos en la final del martes, en un recorrido en el que bateó para .385, conectó un home run, impulsó siete carreras y volvió a aparecer en los momentos decisivos de una selección que dejó fuera a Japón, Italia y al equipo estadounidense en la fase final del Clásico Mundial de Béisbol.
El premio cerró de golpe un cambio de dimensión que él mismo ha contado sin adornos. “Siempre les digo a mis hermanos que están en Venezuela que todo puede cambiar en un año”, explicó al mirar atrás y recordar lo que había vivido poco antes. En 2024 se sintió atascado durante meses, con una temporada ofensiva muy pobre y la sensación de no terminar de encontrarse, pero 2025 cambió su sitio dentro del juego y también la manera en que se veía a sí mismo. “No creí en mi talento hasta 2025”, admitió. “Sabía que podía dar más, y por eso estoy aquí en el Clásico Mundial”. Ese salto, más mental que estadístico, es el que sostiene buena parte de su historia.
De las dudas al gran escaparate del Clásico Mundial
La evolución no se entiende solo en cifras, aunque las cifras la acompañen. Tras una campaña muy floja en 2024, Maikel García encontró en 2025 el impulso que le faltaba: aumentó su producción ofensiva, ganó un Gold Glove y empezó a sentirse, por primera vez, un jugador capaz de sostenerse entre los mejores. “Nunca imaginé ser el MVP de un Clásico Mundial, pero el plan de Dios es perfecto. Hoy me tocó a mí”, dijo ya con el trofeo en la mano. También dejó otra frase que ayuda a entender lo que supuso ese reconocimiento: “Eso fue enorme, y me motivó a trabajar más duro”.
En ese crecimiento aparece también una ambición muy concreta: hacerse un nombre propio dentro de una familia repleta de apellidos conocidos. Es primo de Ronald Acuña Jr., tiene vínculos con Alcides Escobar y con Kelvim Escobar, y forma parte de una estirpe de jugadores de béisbol que ha colocado a La Sabana en un lugar casi mítico dentro del mapa del béisbol venezolano. Pero él lleva tiempo insistiendo en otra idea. “Soy Maikel García”, dijo en una entrevista durante los entrenamientos de primavera. “Quiero que sepan quién es Maikel García”. Entrena en invierno con Acuña Jr., le observa y le pregunta, aunque bromee con que su primo apenas le da una receta mínima para batear: “Ve la bola y dale”.
La Sabana, el pueblo que ‘produce’ jugadores de la MLB
Buena parte de esa historia empieza en La Sabana, un pequeño pueblo pesquero de la costa centro-norte de Venezuela, aislado entre montañas y mar, con apenas unas calles y una relación casi obsesiva con el béisbol. Allí los niños crecen entre la playa, el río, los patios de las escuelas y los partidos improvisados de pelotica de goma, una escena que distintos miembros de la familia describen como una forma de vida más que como una afición. “Desde que tengo memoria, todo lo que hacíamos era jugar béisbol”, recordaba Kelvim Escobar al hablar de un lugar del que han salido decenas de jugadores profesionales y al menos ocho grandes ligas dentro de una misma red familiar.
El lugar tiene incluso su propia geografía de béisbol. El Estadio Óscar Santiago Escobar, levantado junto a la escuela y con un jardín central en forma de V porque detrás está el cementerio, resume bastante bien la singularidad de La Sabana. Los jugadores profesionales del pueblo han ido ayudando con dinero a sus reformas y regresan cada año para mantener vivo el vínculo con la comunidad. Allí se organizan torneos, fiestas y encuentros familiares en los que el béisbol sigue ocupando el centro de todo. “Los niños en cualquier parte del pueblo juegan pelota… en la calle, en la playa, en la escuela”, dijo Ronald Acuña Jr. al describir una rutina que explica por qué de un sitio tan pequeño siguen saliendo tantos jugadores.

El chico flaco al que casi nadie vio venir
En medio de ese entorno apareció un adolescente al que no era fácil imaginar en la élite. Cuando los Kansas City Royals lo invitaron a una prueba en la academia de la organización en la República Dominicana, Maikel García medía cerca de 1,80, pero pesaba apenas 57 o 58 kilos. Era tan delgado que, según él mismo recordó, hizo parte de aquella prueba con una camiseta normal porque con la de juego se enredaba al moverse. Le faltaba fuerza, no corría bien y durante sus primeros años en la estructura del club llegó a ser dosificado para que pudiera aguantar la temporada. “Me enfadé por eso”, recordó al hablar de aquellos días en los que incluso lo sentaron muy pronto en una temporada por su aparente fragilidad.
Aun así, los Royals vieron algo que otros no vieron. Alcides Escobar, que ya conocía bien la organización, fue quien avisó a los responsables del club de que en La Sabana había un primo al que convenía mirar. Detrás de aquel cuerpo frágil había pies rápidos para jugar, intuición, tacto con el bate, lectura de la zona y una manera muy natural de colocarse, lanzar y entender el juego. “Era un jugador de béisbol. Solo había que esperar a que el cuerpo creciera”, resumió Rene Francisco, uno de los hombres del club que más creyó en él cuando todavía no tenía fuerza ni presencia física.
Un título para su país y un nombre propio dentro del béisbol
Ese recorrido ayuda a entender por qué el último out del Clásico Mundial le dejó inmóvil durante unos segundos. Cuando le preguntaron en quién pensó en ese momento, no habló primero de él, ni de su familia, ni de su carrera en las Grandes Ligas. “Estaba pensando en la gente de Venezuela”, respondió. “Es un proceso duro para la gente en Venezuela y nosotros jugamos cada noche por ellos”. En otra comparecencia repitió la misma idea con una frase todavía más directa: “Nuestro país necesitaba esto, y nosotros también”.
Su torneo también estuvo atravesado por esa mezcla de orgullo y reivindicación. “No creían en nosotros, pero nosotros sí creíamos entre nosotros y lo conseguimos”, dijo después de la final. Y añadió otra frase que encaja con su momento y con el de su selección: “Subestimaron a Venezuela porque nunca habíamos ganado nada, pero somos poderosos”. El MVP del torneo, el tercera base de los Kansas City Royals y el muchacho que durante años quiso abrirse paso entre tantos apellidos ilustres terminó la noche más importante de su carrera mirando hacia el mismo sitio del que salió.
