Vivimos en un mundo donde la guerra ocupa el centro de la escena internacional y de nuestro día a día sabiendo que la globalización nos acerca -más que nunca- un bombardeo de otro continente. Presenciamos un mundo plagado de conflictos abiertos, posiciones irreconciliables, líderes que no negocian ni ceden y que no contemplan el punto medio. En ese contexto, hubo un momento en el que alguien planteó exactamente lo contrario, Pierre de Coubertin.
Hace justo 130 años, el 6 de abril de 1896, en Atenas, arrancaron los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Aquello era casi rudimentario: atletismo, gimnasia, esgrima, lucha, halterofilia, ciclismo, tiro y natación. Sin espectáculo, sin industria, sin ruido. 241 atletas -sólo hombres- de 14 países. Poco más. Pero suficiente para poner en marcha una idea, una filosofía que hoy en día arrastra a más de 10.000 deportistas en los Juegos de verano, cerca de 3.000 en los de invierno, más de 200 países, decenas de disciplinas y nuevas modalidades que reflejan una sociedad distinta. Una estructura global que mueve millones y que forma parte del equilibrio geopolítico del mundo. Y, sin embargo, el principio original sigue siendo el mismo.
Competir sin aniquilar
Detrás de todo estaba el francés Pierre de Coubertin. Y Coubertin no pensaba en audiencias ni en patrocinadores. Pensaba en cómo evitar que las naciones solo se relacionaran a través del conflicto armado. Su propuesta era tan sencilla como profunda: sustituir la confrontación destructiva por una confrontación reglada y sana. Que los países se enfrentaran, sí, pero dentro de unos límites. Que compitieran sin necesidad de eliminar al otro. Que midieran fuerzas sin convertir esa medición en una guerra.
Más de cien años después, el mundo vuelve a una lógica que Coubertin cuestionó a través del deporte. Da la impresión de que el conflicto ya no se gestiona, se prolonga. Y la victoria vuelve a entenderse como la desaparición del otro.

En ese escenario, el Movimiento Olímpico y sus Juegos funcionan como un recordatorio inspirador (e incómodo para los actuales líderes) que demuestran que es posible otra forma de enfrentarse y lograr ‘victorias’ sin tener que eliminar a un oponente o dominarle por la fuerza. El conflicto no tiene por qué derivar en destrucción. Hay otro tipo de artes y negociaciones para competir entre países y lograr beneficios sin tener que pulsar un gatillo. Al mismo tiempo, el deporte sirve para entender que se puede aceptar una derrota sin que eso suponga un colapso existencial.
Lo que diría Coubertin
Si Coubertin pudiera dirigirse hoy a los líderes que sostienen esos conflictos y tuviera delante a Donald Trump, Vladimir Putin o Benjamin Netanyahu, por ejemplo, no apelaría a la emoción ni a grandes discursos. Iría a algo más básico. Les diría que el enfrentamiento no es el problema, que el problema es cómo se gestiona. Que competir es inherente a cualquier sociedad, pero que convertir esa competición en destrucción es una elección suya. Y va en contra del espíritu de la humanidad.
Les pondría un ejemplo sencillo y evidente: miles de atletas de países enfrentados compiten entre sí, aceptan unas reglas comunes y asumen el resultado sin que eso implique desaparecer. ¿Por qué ese mismo principio no puede trasladarse al ámbito político? No sería una propuesta utópica. Sería una constatación de progreso humano y de toda una civilización global. El deporte lleva más de un siglo demostrando que esa lógica funciona.
Los Juegos Olímpicos y las guerras
Los Juegos Olímpicos nunca han sido ajenos a la realidad del mundo. Han convivido con guerras, tensiones y contradicciones constantes. De hecho, valiosa es su Tregua Olímpica que este invierno no fue respetada por los dirigentes armados.
Y también su límite porque el olimpismo no puede detener una guerra. Coubertin no cambió el mundo. Pero planteó una idea que, 130 años después, vuelve a ser incómodamente necesaria.
