Ramón Navarro creció junto al mar en Pichilemu, en la costa de Chile, antes de que Punta de Lobos fuera una referencia global para el surf de olas grandes. Su primera relación con el océano no llegó por una tabla, sino por su padre, pescador, con quien aprendió a pescar, bucear y entender el mar como una forma de vida. “Tuve una conexión con el océano mucho antes de empezar a surfear. Estaba en mi sangre, en mi ADN”, ha contado sobre una infancia marcada por el agua, las mareas y el trabajo familiar.
Navarro suele explicar que su padre no intentaba darle una lección ambiental, sino enseñarle un oficio. A través de esa vida de pescador, aprendió a respetar la vida marina y a mirar la costa como un espacio común, no como un recurso infinito. También conserva el recuerdo de playas con menos contaminación y menos impacto humano, una imagen que contrasta con la presión que años después empezaría a sentir su propio territorio. “Yo aprendí a conocer el mar primero. Como mi papá es pescador, yo aprendí a pescar y bucear. Esa conexión con el mar la tuve mucho antes del surf”, recordó en una entrevista con Surfing Latino.
Antes de surfear, aprendió a leer el mar
El surf llegó después, como una evolución natural de esa relación previa. Tenía 12 o 13 años cuando un surfista llegado desde la ciudad le prestó por primera vez una tabla. En aquel momento, no era habitual que los hijos de pescadores surfearan en la zona; quienes practicaban el deporte solían venir de Santiago o de otros entornos urbanos. Para Navarro, subirse a una tabla no fue descubrir el mar, sino aprender a leerlo desde otro lugar: ya conocía sus fondos, sus corrientes, sus tiempos y su carácter.
Esa forma de estar en el agua terminó definiendo su carrera como surfista de olas grandes. En Hawái, en un arrecife exterior de O‘ahu, otros surfistas lo recuerdan sentado en silencio, bajo, con bigote, agarrando los cantos de la tabla y levantando la vista solo para revisar el horizonte. Cuando llegó un set grande y varios se fueron al canal, Navarro se mantuvo dentro, remó una ola enorme y desapareció durante unos segundos en la zona de impacto. Apareció después lejos, sobre el hombro de la ola, volvió al grupo sin decir una palabra y volvió a sentarse en silencio. La escena resume parte de su carácter: calma, determinación y una relación con el océano construida antes que la fama.
Las olas grandes le dieron nombre, Punta de Lobos le dio una causa
Navarro construyó después una reputación internacional en algunas de las olas más exigentes del planeta. Fue quinto en el Eddie Aikau en 2009, viajó a Sudáfrica, Fiji y otros puntos del mundo, y dejó una de las imágenes más recordadas del surf moderno al atravesar un tubo gigante en Cloudbreak. Su nombre empezó a circular entre los grandes especialistas, pero su historia nunca quedó limitada al rendimiento. Las olas le dieron una plataforma; Punta de Lobos le dio una causa.
Su primer gran episodio ambiental llegó casi por accidente, según ha contado él mismo. En 2001, en Pichilemu, se proyectó un emisario submarino que iba a verter residuos en La Puntilla, una de las olas icónicas de la zona. La comunidad se unió contra el proyecto: pescadores, comerciantes, turismo y surfistas. Navarro, que ya empezaba a destacar en competiciones nacionales y en el Ceremonial, asumió un rol visible desde el surf. La oposición logró detener una obra que ya estaba aprobada, en parte porque los surfistas demostraron que los bancos de arena cambiaban y que los estudios técnicos no estaban entendiendo la dinámica real del lugar. “Ahí se me abrió una visión de decir: guau, de verdad tenemos nosotros un poder como surfistas y como comunidad para defender cosas que queremos”, explicó.
Defender Punta de Lobos era defender una forma de vida
La defensa de Punta de Lobos fue el siguiente gran paso. El lugar no era solo una ola de clase mundial, sino un paisaje cultural, una zona vinculada a la pesca tradicional, a la identidad local y a una forma de relación con el mar. Con la popularización del surf, el crecimiento del turismo y la presión inmobiliaria, el antiguo entorno de pescadores empezó a cambiar. Navarro se implicó junto a otros actores locales y organizaciones como Save The Waves para proteger el borde costero y evitar que el desarrollo terminara dañando aquello que hacía único al lugar.
Ese trabajo contribuyó a que Punta de Lobos fuera declarada World Surfing Reserve y quedara protegida como uno de los espacios más simbólicos del surf chileno. La conservación del área no se entiende solo desde la mirada deportiva, sino también desde la biodiversidad, el paisaje, la cultura local, los recursos marinos y los derechos de pesca tradicional. La Fundación Punta de Lobos mantiene desde entonces labores de conservación y restauración, dentro de una visión que intenta equilibrar surf, comunidad y protección ambiental.
Una causa que siguió más allá de una ola
La defensa de Punta de Lobos no fue una campaña aislada. Desde entonces, Navarro ha seguido participando en iniciativas para proteger la costa chilena, denunciar amenazas ambientales, apoyar procesos comunitarios y ampliar la conciencia sobre la relación entre océano, cultura y futuro. También ha trabajado en proyectos educativos como Parley Ocean School, donde ha destacado el impacto de llevar a niños al agua y ver cómo cambia su forma de mirar el mar. Para él, conocer un lugar es el primer paso para cuidarlo: “Cuando uno conoce y entiende un lugar, empieza a amarlo y cuidarlo”.
Su mensaje se ha vuelto especialmente generacional. Navarro insiste en que quienes han podido vivir la naturaleza tienen la responsabilidad de no cerrar esa experiencia a quienes vienen después. “Si nosotros tuvimos la oportunidad de vivirlo en la naturaleza, cómo le vamos a prohibir a las nuevas generaciones tener esta oportunidad de disfrutar la belleza de nuestro planeta”, ha dicho. En una fecha como el World Environment Day, su historia recuerda que la acción climática no siempre empieza en grandes discursos, sino en la defensa concreta de un hogar, una playa, una ola y una comunidad que aprendieron a vivir mirando al mar.
