Ryley Batt, de rechazar la silla de ruedas a querer ser el ejemplo de los niños
Javier Nieto
junio 3, 2026

Ryley Batt pasó buena parte de sus primeros años moviéndose por Port Macquarie, Australia, en monopatín. Nacido en 1989 con una deficiencia en las extremidades, sin piernas y con pocos dedos en las manos, rechazó usar silla de ruedas hasta los 12 años porque asociaba esa imagen a una idea de discapacidad que no quería aceptar. “Solo quería ser un chico normal y no quería subirme a una silla de ruedas porque, a mis ojos, pensaba que las sillas eran para personas discapacitadas”, ha contado. En una carta de niño a Papá Noel llegó a pedir piernas. Cuando no llegaron, pasó el resto del día de Navidad encerrado en su habitación.

La historia de Batt empieza en ese rechazo, pero no se queda ahí. Su abuelo, su “Pop”, fue una influencia enorme en su vida: compartieron pesca, trabajo en la granja familiar, esquí acuático, quad y una forma de entender el mundo desde la actividad, la familia y el aire libre. Durante los Juegos Paralímpicos de Sídney 2000, su abuelo intentó que viera la competición, pero Batt respondió con dureza: “No voy a ver a gente en silla de ruedas participar en deporte”. Entonces no asociaba la silla con atletas capaces de hacer cosas extraordinarias, sino con hospitales, enfermedad y limitación. Años después, su carrera terminaría girando precisamente alrededor de esa imagen que de niño no fue capaz de mirar.

La silla que primero rechazó

El cambio llegó en la adolescencia, cuando un programa de rugby en silla apareció en su entorno escolar. Al principio tampoco quiso acercarse demasiado al deporte adaptado, pero le llamó la atención ver a sus amigos sin discapacidad subirse a aquellas sillas de rugby, que él describía como dispositivos con aspecto de “Mad Max”, y chocarse entre ellos con entusiasmo. Cuando finalmente entró en una, encontró algo que había perseguido durante años: competir en igualdad. No solo competir, sino también destacar. “No solo competir, sino realmente sobresalir”, resumió sobre aquella sensación.

El rugby en silla cambió el significado de la silla. Dejó de ser una etiqueta que rechazaba y pasó a ser una herramienta de identidad, contacto, velocidad y pertenencia. Batt ha descrito el deporte como una mezcla de baloncesto, netball y balonmano, pero con contacto físico, y también como “coches de choque con esteroides”. El juego le dio una comunidad donde la discapacidad no era algo que esconder, sino parte de una experiencia compartida y de una búsqueda de excelencia. “El rugby en silla me ha permitido encontrar una comunidad y ver la vida con una mentalidad de vaso medio lleno”, ha explicado.

De Atenas a París, una carrera de seis Juegos

Batt debutó con los Australian Steelers siendo adolescente y se convirtió en el jugador de rugby en silla más joven en competir en unos Juegos Paralímpicos cuando participó en Atenas 2004. Después llegaron Pekín 2008, Londres 2012, Río 2016, Tokio 2020 y París 2024. En ese recorrido ganó el oro paralímpico en Londres y Río, la plata en Pekín y el bronce en París, además de consolidarse como una de las grandes referencias de su deporte por su velocidad, lectura táctica y mentalidad de equipo.

También ha visto cambiar el rugby en silla desde dentro. Lo que antes podía sostenerse con un par de sesiones semanales se convirtió en un trabajo diario de análisis, nutrición, psicología, recuperación y búsqueda de pequeños detalles de rendimiento. La competición internacional, según ha explicado, es ahora mucho más exigente, con varias selecciones capaces de ganar en un mismo torneo. En ese escenario, Batt pasó de ser el joven que necesitaba probarse a sí mismo a convertirse en un veterano que entiende el liderazgo como una responsabilidad. En Tokio fue cocapitán del equipo paralímpico australiano junto a Danni Di Toro, un honor que no presenta como un título perseguido, sino como una confianza recibida de sus compañeros y una obligación de “liderar desde el frente”.

El ritual antes del golpe

Antes de competir, Batt reduce el mundo a una secuencia muy concreta. Mide la comida para llegar al partido con el cuerpo asentado, se pone música en los auriculares, con espacio incluso para canciones country, aparta el teléfono y repasa escenarios en silencio. Después llega una parte casi artesanal: vendar, ajustar y preparar los guantes hasta que todo quede “absolutamente perfecto”. El último cambio mental llega con la camiseta verde y oro de Australia. “En cuanto me pongo esa camiseta australiana, es hora de jugar”, ha dicho.

Fuera de la pista, su equilibrio vuelve al exterior: la granja, los animales, las tareas prácticas y esa vida al aire libre que conecta con su infancia en Port Macquarie. No funciona como una huida del alto rendimiento, sino como otra forma de disciplina. También hay dolor físico, años de golpes y una exigencia acumulada que forma parte de la vida de un jugador veterano en un deporte de contacto. Pero su mirada se ha ido ampliando. Al principio, ganar significaba medallas, títulos y ser el mejor en la pista. Con el tiempo, su discurso se ha desplazado hacia los Steelers como equipo, la mentoría y una idea repetida: mostrar capacidades, no discapacidades.

Ser la imagen que no tuvo de niño

La frase más importante de Batt quizá no habla de una final, sino de televisión. En el podcast Win Well del Australian Institute of Sport, junto a Chris Bond, explicó que la prioridad de los paralímpicos es inspirar a la próxima generación de niños con discapacidad. Recordó que cuando era pequeño ya existían atletas como Louise Sauvage y Kurt Fearnley, pero no los veía en televisión ni en los grandes medios. “Así que ahora quiero estar en televisión. Quiero dar ejemplo. Quiero jugar dejándome el corazón y mostrarles a esos niños con discapacidad: ‘Eh, miradme. Sí, tengo una discapacidad, pero voy a salir ahí y voy a enseñarles lo que puedo hacer con mis capacidades y no con mi discapacidad’”.

Ese es el cierre natural de su transformación. El niño que no quiso ver los Paralímpicos de Sídney 2000 se convirtió en el deportista que quiere aparecer en pantalla para que otros niños no crezcan con la misma ausencia de referentes. Brisbane 2032 añade otra capa a esa historia: unos Juegos Paralímpicos en casa pueden cambiar lo que Australia espera del deporte y quién puede ser reconocido como héroe deportivo. Batt habla de la atmósfera paralímpica como una energía difícil de explicar hasta que se vive, y su propia vida resume ese cambio de mirada. La silla que evitó durante años terminó siendo su lugar en el mundo. Hoy, cuando le preguntan por aquella petición infantil a Papá Noel, su respuesta es otra: “Si me ofrecieran piernas ahora mismo, no las aceptaría”.