Lauren Betts y la salud mental como base del éxito
Javier Nieto
julio 18, 2026

Lauren Betts recibió el miércoles en Nueva York el premio ESPY a la mejor deportista universitaria femenina. La jugadora de los Washington Mystics, elegida en el cuarto puesto del Draft de la Women’s National Basketball Association -WNBA-, dedicó el discurso a la depresión y al valor de pedir ayuda. “La salud mental no está separada del éxito. Es la base de todo lo que haces. Las personas más fuertes son las que tienen el valor de permitir que alguien las acompañe durante su sufrimiento”, afirmó.

Betts llegó al escenario después de conducir a la Universidad de California en Los Ángeles -UCLA- hacia su primer campeonato de la National Collegiate Athletic Association -NCAA- y de ser reconocida como la jugadora más destacada de la Final Four. Detrás de esos premios aparece una niña nacida en España que quiso encogerse para evitar las burlas, una adolescente condicionada por la presión de ser la número uno de su generación y una universitaria que ingresó voluntariamente en un hospital cuando comprendió la gravedad de sus pensamientos. “Soy hija, compañera, hermana y amiga. El baloncesto es lo que hago, pero no quien soy”, explicó durante una rueda de prensa de la Final Four.

De una infancia española a querer desaparecer en Colorado

Lauren nació en Vitoria-Gasteiz en 2003 mientras su padre, Andy Betts, desarrollaba una carrera profesional que llevó a la familia por diferentes países europeos. Elegido por los Charlotte Hornets en el Draft de la NBA de 1998, el pívot británico jugó durante 14 años en Europa y pasó por Real Madrid, Baskonia, Joventut de Badalona, Cajasol Sevilla y Gipuzkoa Basket, además de competir en Italia, Grecia y Ucrania. Sus contratos hicieron que Lauren viviera en Barcelona, Sevilla, Málaga y San Sebastián. Su madre, Michelle Betts, había ganado el campeonato universitario de voleibol de 1993 con Long Beach State. “Tuve una infancia mágica, viviendo en España y viajando a todos esos países”, recordó Betts en ‘The Players’ Tribune’.

La familia se instaló en Colorado cuando ella tenía ocho años y el cambio alteró la relación que mantenía con su cuerpo. En el nuevo colegio recibió comentarios sobre su altura, su peso, su voz y un acento que mezclaba influencias británicas y españolas. Algunos compañeros la llamaban “alienígena” o “jirafa” y se abalanzaban sobre ella cuando recorría los pasillos. Lauren comenzó a utilizar ropa ancha, colores oscuros y peinados discretos para reducir la atención. “Si pudiera, literalmente me encogería. O me volvería invisible para que nadie pudiera verme. Estaba agotada”, relató a ‘ESPN’. El profesor Dane Swanson, también muy alto, se convirtió entonces en una de las pocas personas con las que sentía que podía identificarse.

El baloncesto convirtió su altura en un lugar seguro

Betts practicó baile, fútbol y natación competitiva durante su infancia. Empezó a jugar al baloncesto porque varias compañeras de fútbol se habían apuntado a un equipo y quería continuar pasando tiempo con ellas. La pista cambió el significado de su altura: allí podía ocupar espacio, destacar y relacionarse con otras personas desde una cualidad que hasta entonces le había provocado vergüenza. “Cuando empecé a jugar al baloncesto fue liberador. Se convirtió en mi lugar feliz”, escribió. El deporte que comenzó como una actividad compartida con sus amigas acabó llevándola, con 15 años, a conseguir una de las doce plazas de la selección estadounidense sub-16.

Durante el Campeonato de las Américas de 2019 en Chile, una compañera le comunicó en mitad de una cena que ‘ESPN’ la había situado como la mejor jugadora de su generación. Betts desconocía hasta entonces el alcance de aquellas clasificaciones. “Ahí fue cuando llegó la presión. Sentí que tenía que demostrar constantemente que merecía estar en esa posición”, recordó. Llegó a Stanford en 2022 como la principal promesa del país, pero disputó sus 33 partidos como suplente y promedió menos de diez minutos. Ha definido aquella temporada como “miserable” desde el punto de vista físico y mental: terminó asociando su valor personal con los puntos, los minutos y la producción deportiva. Después de aquel curso se trasladó a UCLA buscando un entorno en el que pudiera recuperar la confianza.

La mañana en que Lauren Betts pidió ayuda

En enero de 2024, durante su primera temporada en Los Ángeles, los meses de ansiedad y depresión desembocaron en una crisis especialmente grave. Betts se despertó una mañana con pensamientos suicidas y comprendió que no podía continuar con su rutina. Llamó a una responsable del equipo, que fue a recogerla, e ingresó voluntariamente en el hospital de UCLA. Tras recibir atención médica, se apartó temporalmente de los estudios y se perdió cuatro partidos. Durante aquellos días seguía preguntándose qué pensarían sus compañeras y llegó a sentirse culpable por las derrotas sufridas durante su ausencia.

Michelle permaneció una semana con ella después del alta y la acompañó en su regreso al equipo. Antes de volver a entrenar, Lauren reunió a sus compañeras en la sala de vídeo y les explicó que sufría depresión. Esperaba haberlas decepcionado; encontró abrazos, lágrimas y agradecimiento por haber pedido ayuda. “Comprendí que me querían por ser yo, porque soy Lauren y soy su amiga”, escribió. Comenzó entonces un tratamiento con sesiones de terapia casi diarias. Su terapeuta, Joy, la ayudó a separar su identidad del rendimiento y a reconocer cuándo necesitaba detenerse. “Mi salud mental no es perfecta. Es un proyecto continuo”, señaló.

La red que la acompañó hasta la WNBA

Su madre continúa siendo el “lugar seguro” al que recurre para hablar de los asuntos más personales. La entrenadora Cori Close y el cuerpo técnico de UCLA situaron su recuperación por delante del regreso a la competición; la asistente Shannon LeBeauf se convirtió en una figura maternal, y Dawn Staley, entrenadora de South Carolina, mantuvo contacto con Michelle durante el periodo más complicado. Betts también recuerda a Ervin Johnson, uno de sus primeros entrenadores, que la defendió delante de los compañeros que llevaban años acosándola y les dijo: “Esta chica saldrá en la televisión nacional”. Su hermana Sienna Betts completó esa red al reunirse con ella en UCLA durante su última temporada universitaria. Las dos habían jugado juntas de niñas y volvieron a compartir equipo cuatro años después, antes de conquistar el primer título de la NCAA de la universidad.

Ocho días después de ganar el campeonato, Betts fue seleccionada por Washington en el cuarto puesto del Draft. Quince días después de la final ya vestía el uniforme de los Mystics durante la jornada de medios. “Siento que todavía no he podido respirar desde que dejé UCLA. Intento ir día a día, respirar y permanecer presente”, explicó a ‘The Washington Post’. Durante el Draft agradeció a Joy el trabajo mental que le permitía presentarse cada día en la pista. Tres meses más tarde, apareció ante las cámaras para recoger el ESPY y dedicarlo a quienes atraviesan experiencias parecidas: “Proteger mi paz es algo que he perseguido con la misma determinación que mis sueños”.