La retirada de Christa Deguchi cierra la carrera competitiva de una de las figuras más singulares del judo reciente, pero también deja una historia que va más allá del oro olímpico y de sus dos títulos mundiales. Nacida el 29 de octubre de 1995 en Nagano, criada dentro del exigente sistema japonés y convertida después en referente para Canadá, su recorrido no se entiende solo desde el palmarés, sino desde una mezcla de identidad, familia, carácter y perseverancia que la acompañó hasta el final.
Hija de padre canadiense y madre japonesa, Deguchi creció entre dos herencias que terminarían marcando su carrera y su forma de estar en el deporte. Su padre, habitual en el circuito internacional como fotógrafo, y su madre la acompañaron en un camino que siempre tuvo una dimensión familiar muy visible. También la tuvo su hermana Kelly Deguchi, con la que compartió durante años entrenamientos, viajes, clasificación y la idea de alcanzar juntas una cita olímpica. “Este fue un viaje compartido”, explicó la propia judoca tras conquistar el oro en París. “En el ciclo de Tokio estaba sola, pero tener aquí a mi hermana en este ciclo, en este mismo proceso, significó que no estaba sola. Tenernos a las dos aquí fue algo enorme para nuestra familia. Es bueno compartir este viaje tan loco”.
La familia, Kelly y una historia construida entre todos
La dimensión familiar aparece una y otra vez en los recuerdos más importantes de su carrera. En los Juegos de París, uno de los momentos que más valoró fue haber podido vivirlo con los suyos. “Lo que más feliz me hizo fue poder traer a mi familia a los Juegos Olímpicos”, contó. Su abuela, Kesako Deguchi, viajó a Europa por primera vez para acompañarlas, con 85 años y después de haber salido de Japón solo en dos ocasiones anteriores para ver competir a sus nietas en Doha y Abu Dabi. “Estoy muy feliz de poder viajar, incluso con 85 años. Significa mucho para mí”, dijo la abuela, que había seguido a Christa desde que tenía tres años.
Ese peso del entorno también ayuda a explicar por qué su historia con Kelly ocupa un lugar especial. No fue solo una relación entre hermanas, sino una experiencia deportiva compartida, con todo lo que eso implica en un alto nivel tan exigente como el judo. Christa habló de la dureza del cuadro que le tocó a Kelly en París y de cómo reaccionó: “Al principio se quedó impactada, pero encontró fe en sí misma y reaccionó de forma muy positiva”. Y añadió una idea que resume bien lo que significó ese ciclo para ambas: “Kelly también tenía que ganar para venir aquí. Tener aquí a mi hermana hizo que no estuviera sola”. La familia se marchó de París con dos olímpicas, una medalla de oro y una acumulación de recuerdos difícil de medir.
Japón, Canadá y la decisión de abrirse paso fuera del sistema
La otra gran línea de su vida fue la identidad. Criada en Japón y formada en uno de los sistemas de judo más competitivos del mundo, Deguchi entendió pronto que el talento no siempre garantiza espacio. En 2017, ante las limitadas oportunidades internacionales que tenía en Japón, decidió representar a Canadá. La decisión no fue inmediata ni simple, pero sí definitiva. “Me cansé de pensarlo. Simplemente dije: ‘Sí. Vamos a hacerlo por Canadá’”, recordó sobre aquel momento, que llegó casi de golpe durante un trayecto en bicicleta hacia el entrenamiento. Con el tiempo, lo tuvo claro: “Me hice más fuerte, me convertí en mejor luchadora porque me uní a Canadá”.
Ese cambio no significó romper con una mitad de sí misma para abrazar otra, sino encontrar una forma más propia de juntar ambas. “Represento a las dos. ¿Qué tiene eso de malo?”, dijo al hablar de su identidad japonesa y canadiense, una frase que resume bien una trayectoria alejada de los relatos más rígidos sobre pertenencia. Competir por Canadá le abrió la puerta a más Grand Slams, Masters y Campeonatos del Mundo, pero también a una rivalidad interna que terminó siendo decisiva, la que mantuvo con Jessica Klimkait en -57 kilos. Solo una podía ir a los Juegos de Tokio y esa vez la plaza fue para Klimkait. “Estuve muerta por dentro durante unas semanas, quizá un par de meses”, admitió después. Con el tiempo, sin embargo, reinterpretó aquel golpe como parte del aprendizaje que acabaría llevándola a París: “Por eso lo intenté más fuerte para París”.

El judo como disfrute, libertad y pequeños ajustes
En esa evolución hay una idea que aparece con frecuencia en sus palabras y que ayuda a entenderla mejor que cualquier resumen épico: la de disfrutar del judo. Antes de los Juegos de París, explicó que durante buena parte del ciclo todo había girado en torno a la clasificación, al ranking y a la pelea por la plaza. Una vez allí, quiso cambiar el enfoque. “Antes de los Juegos todo giraba en torno a conseguir el billete. En los Juegos yo solo estaba aquí para divertirme con el judo”. Y precisó qué quería decir exactamente con eso: “Divertirse no es solo reírse o bromear. Es poder dar lo mejor de ti, jugar a este juego que todos elegimos practicar, jugarlo con respeto por todo el mundo y por el deporte”.
Ese modo de competir no borraba la dureza del camino. Ella misma reconocía que había sido “duro”, que había “dolido” y que en el tatami pasan muchas cosas a la vez. Pero insistía en que ahí estaba también la parte bonita: dar lo mejor de sí con libertad. Después de una derrota ante Mimi Huh en el Mundial, explicó que uno de los cambios para los Juegos fue muy simple: levantar más la cabeza y tirar más, sin buscar una revolución táctica total. Antes de la final olímpica, la indicación de su entrenador fue igual de precisa: mantener la cabeza arriba. “No hice nada especial después del Mundial, solo me centré en estar afilada”, contó. Esa mezcla de honestidad, detalle y ausencia de artificio aparece también cuando relativiza la épica de sus victorias: “Sé que gané la medalla, pero en cierto modo tuve suerte. No recuerdo tanto de la semifinal o de la final. Cualquiera de las dos judocas podría haber ganado esos combates”.
Una campeona cercana, con gatos, humor y vida propia fuera del tatami
Fuera de la competición, Deguchi ha proyectado una imagen poco rígida para una campeona de ese nivel: sonriente, cercana, con humor y bastante alejada del personaje solemne. Ella misma ha sido definida muchas veces por una personalidad más juguetona, incluso ‘goofy’, y por gustos que la conectan con una vida muy reconocible fuera del judo: los videojuegos, el anime, el snowboard y sus cuatro gatos, Tuna, Mayo, Salmon y Musubi.
Esa misma mirada aparece también en lo que quiere hacer después. Entre sus proyectos está lanzar en Nagano un torneo infantil por equipos con una regla muy concreta: que no haya entrenadores sobre el tatami, para que los niños aprendan liderazgo, responsabilidad e independencia. La idea enlaza bastante con lo que ella misma ha repetido sobre su carrera y sobre su forma de entender el judo: asumir decisiones, aceptar renuncias y construir un camino propio. “A veces tienes que renunciar a algo para poder ganar”, dijo en una de sus entrevistas más personales.
