Kathrin Marchand, la médica y remera que reaprendió a vivir en la nieve tras un ictus
Javier Nieto
marzo 14, 2026

Kathrin Marchand compite estos días en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milano Cortina después de haber pasado ya por los Juegos Olímpicos y por los Paralímpicos de verano, un recorrido que la ha colocado en un lugar inusual dentro del deporte alemán. Pero detrás de la remera que volvió tras un ictus y de la esquiadora que se abrió paso en poco más de un año hay una mujer que creció midiendo su vida por el esfuerzo, el trabajo y la capacidad de seguir adelante cuando el cuerpo pedía otra cosa.

Mucho antes de esa secuencia de regresos, Marchand ya vivía el deporte como algo natural. “Hago deporte desde que era niña”, recordó en una entrevista con la Federación Internacional de Esquí y Snowboard -FIS-. Empezó en la gimnasia, pasó por el hockey hierba y terminó entrando en el remo a los 14 años, casi como una continuación lógica de su entorno: “Toda mi familia era una familia de remeros, así que me cambié a ese deporte”.

Del remo a una vida marcada por la autoexigencia

Durante años, el remo le dio estructura, rutina y una identidad muy definida. También la acostumbró a convivir con la exigencia. Una lesión de hombro la apartó durante un mes y la dejó fuera de una de las asociaciones importantes de su carrera con Kerstin Hartmann, una situación que ella misma ha situado entre los momentos que más la marcaron. “Aprendí de verdad a llevarme al límite por mi cuenta”, vino a resumir sobre una etapa en la que entendió que, incluso dentro de un deporte de equipo, había combates que tenía que librar sola.

Cuando dejó el alto nivel tras los Juegos de Rio 2016, Marchand creyó que estaba entrando en otra vida. Quería terminar sus exámenes, ejercer como médica y disfrutar de una normalidad que había quedado aplazada durante años. Pero cambió el bote por los turnos de hospital sin abandonar del todo la misma lógica de fondo. Su jornada se llenó de guardias, trabajo y un ritmo que apenas dejaba espacio para los demás. “Antes del ictus estaba tan centrada en trabajar para llegar a ser médica que no tenía tiempo para mis amigos ni para mi familia. Solo trabajaba”, explicó después.

El ictus que la frenó y cambió su forma de entender el cuerpo

En 2021, con 31 años, sufrió un ictus que interrumpió de golpe esa inercia. Durante meses tuvo que volver a los gestos más básicos y asumir algo que hasta entonces no había formado parte de su manera de mirarse. En rehabilitación estaba rodeada de pacientes de más de 70 años, y aquel contraste la obligó a aceptar que ella también era paciente. “Hasta mi ictus pensaba que era una persona sana. Y, de repente, estaba enferma”, contó a ‘ntv’. Más adelante, cuando ya pudo mirar atrás sin el vértigo del primer impacto, llegó a formular una idea que resumía bien el cambio: “Cuando sobrevives a un ictus, tienes el honor de seguir viva”.

Ese periodo alteró también su relación con el esfuerzo. Marchand, que durante años había entendido el rendimiento como una suma de disciplina y resistencia, empezó a hablar del cuerpo en otros términos. “Aprendí que las pausas son más importantes que el propio ejercicio. Aprendes que tu cuerpo no es una máquina”, explicó. El deporte reapareció entonces con otro significado, ya no como una obligación ligada al resultado, sino como una forma de rehabilitación y de reconocimiento. Volvió al agua poco a poco, animada también por una vecina que remaba y la empujó a subirse otra vez al bote. Allí encontró una sensación que seguía intacta: “El remo es meditativo”. En el movimiento repetido, en el agua y en el aire libre, podía concentrarse en una sola cosa y dejar fuera el ruido del resto.

Un comienzo torpe

Su regreso no terminó ahí. Después del remo llegó el esquí de fondo, una disciplina en la que apareció como una novata con mentalidad de veterana. Marchand ha contado que se fijaba en Johannes Høsflot Klæbo por “aprendizaje visual”, fascinada por la limpieza de su técnica y por la manera en que subía sin aparente rigidez. Al principio, sin embargo, la escena era mucho menos elegante: en los primeros vídeos se la veía torpe, casi tropezando, y ella misma los compartía sin problema. También ahí encontró algo que no esperaba: la libertad de empezar desde cero, sin el peso de las expectativas. “Fue muy bonito aprender algo nuevo y ver que puedes mejorar, que puedes ser mejor si inviertes tiempo y energía”, explicó. El esquí, además, la sacó de una costumbre muy arraigada en el remo: “En el remo nunca estoy sola, pero en el esquí tengo que ocuparme de mí misma”.

A esa adaptación se sumó otra capa más difícil de explicar. Marchand convive con una discapacidad que muchas veces no se percibe a simple vista: ve un tercio menos con ambos ojos y mantiene limitaciones en el lado izquierdo del cuerpo. Eso la ha llevado en más de una ocasión a dar explicaciones que no siempre quiere dar, sobre todo cuando compite bien y desde fuera alguien concluye que “no tiene nada”. Con el tiempo ha optado por dejar esa parte en manos de los clasificadores y concentrarse en una vida más equilibrada. Sigue trabajando como médica, pero menos horas que antes; reparte sus días entre el agua, la nieve, el gimnasio, el descanso y la gente cercana. Y cuando mira hacia delante, lo hace sin la rigidez de otras etapas: primero aparecen los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 en remo; después, quizá, haya tiempo para seguir bromeando con esa otra meta que lanzó estos días entre risas, su posible salto a ‘Let’s Dance’ en 2029.